rastro reciclaje
Una imagen de un domingo en el Rastro de Madrid, cuna castiza del reciclaje.

Desde hace años, el reciclaje se ha convertido en bandera de ecologistas irredentos. Creo que es licito y bueno para el desarrollo de un medio ambiente limpio. Desde luego que no es un invento moderno. Los que ya tenemos cierta edad y peinamos canas –yo no, que mi cabeza está límpida como el cielo de una noche estrellada–, recordamos con amor y cierta nostalgia cuando nuestras madres nos mandaban a un recado, que solía consistir en ir a por el pan a la tahona, o llevar los envases de cristal de los yogures y traer unos nuevos. Se reciclaba todo, hasta las chapas de los botellines que los chavales transformábamos en magníficos equipos de futbol, con los que vivíamos tardes gloriosas de partidos en campos pintados con tiza en la acera, o éramos capaces de ganar el Tour de France con la chapa de Luis Ocaña.

Los botellines de cerveza se llevaban más vacíos que el ataúd de Drácula por la noche, a la bodega del señor Amancio, que te pagaba la fianza depositada anteriormente si no los querías comprar llenos de nuevo. Mención aparte eran los tebeos y las novelas. Acudías al local de la señora Rita, y por una módica cantidad cambias el ejemplar de Joyas Literarias Juveniles o de El Jabato ya leído, por otro.

Vamos, que todo está inventado y tengo la sensación de que volvemos al pasado. Un pasado, que por cierto y por mucho que algunos digan nefasto, para los niños de mi generación, resultó ser muy, muy feliz.

Sin embargo, el mejor ejemplo de reciclaje combinado con la picaresca patria que he visto fue una mañana en el Rastro de Madrid. Imaginen la escena: una pequeña calle adyacente a la de Ribera de Curtidores repleta de turistas, curiosos, gachupines, piqueros y advenedizos. Las aceras repletas de vendedores de fortuna, ilegales, que trabajan al aire, como expresa el argot. Un ojo en la mercancía extendida sobre una sabana y otro por si aparecen los municipales de paisano o de uniforme y salir de najas para evitar el decomiso de la mercancía y la correspondiente multa. Un anciano gitano de edad indefinida se encuentra sentado en una silla plegable. A sus pies, cuatro cachivaches a la venta, encontrados o afanados dios sabe dónde. Con ojos de colibrí, observa a un matrimonio de guiris, altos, ya mayores y piel tan blanca que transparentan un mapa de venas sonrosadas. Se han detenido en un contenedor de escombros y miran con afán un ventanal de madera, sin cristales, que alguien ha tirado allí. Los turistas dan vueltas, conversan entre ellos, tocan la madera. El gitano los mira, deja que engorde la presa. De repente, se levanta y se dirige hacia ellos. Ni corto ni perezoso, les dice:

─¿Les gusta? Autentica madera de roble. Perteneció a la casa de un marqués. Por 150 euritos, es suyo.

Los guiris, avisados por el guía turístico de que deben regatear, contestan.

Mucho euro. Cien y no más.

El anciano sabe que los tiene en sus redes. Pone cara de resignación y responde:

Qué le vamos hacer payo. Pierdo dinero, pero hoy estoy salaó y tengo que dar de comer a cinco niños y un perro. Vengan esos cien euritos y llévatelo que me voy a echar a llorar.

Los extranjeros cargan a duras penas con el ventanal tras abonar el dinero religiosamente. El gitano vuelve a su silla, satisfecho. Ha hecho la venta del día, y el ventanal, una vez reparado lucirá para regocijo de los dueños y envidia de los vecinos, en una casa de Montreal o de Tenesse con la etiqueta de Antigüedad Española.

Eso es reciclar, si señor. Y el gitano, un monstruo de la ecología.