Momias incas: el análisis forense revela sacrificios infantiles con coca y ayahuasca

El análisis toxicológico publicado en Antiquity detecta cocaína en el cabello de las ocho momias y cocaetileno en dos de ellas. La harmina hallada en las uñas de la Doncella de Ampato sugiere brebajes con plantas de ayahuasca.

El cabello de ocho momias incas guarda todavía la química del sacrificio. Un equipo internacional ha detectado cocaína en todas las muestras de cabello analizadas, alcohol de maíz en dos de ellas y harmina, un alcaloide vinculado a la ayahuasca, en las uñas de la Doncella de Ampato. Los resultados, publicados en la revista Antiquity, reconstruyen con técnicas toxicológicas modernas cómo se preparaba a los niños y jóvenes que los incas entregaban a sus dioses en las cumbres de los Andes hace unos 500 años.

Cocaína en todos los cabellos: la coca como ofrenda y como medicina

Para el análisis se tomaron restos de queratina de cabello y uñas de ocho cuerpos recuperados en montañas de Perú y Argentina. La queratina funciona como un archivo químico: las sustancias que atraviesan el organismo dejan ahí una huella que sigue siendo legible siglos después. La técnica no es nueva; lo que ha cambiado es la sensibilidad de los equipos, capaces ahora de leer concentraciones que antes resultaban invisibles.

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La cocaína y su metabolito, la benzoilecgonina, aparecen en las ocho muestras de cabello. Los autores lo interpretan como consumo de hojas de coca, una planta con doble papel: ofrenda para las divinidades y remedio práctico. En alturas donde el aire escasea, la coca amortiguaba el mal de altura, el hambre y el cansancio de quienes subían hacia los santuarios.

El alcohol dejó otra firma distinta. En dos momias, la de Chuscha (Argentina) y las del volcán Llullaillaco, el equipo identificó cocaetileno, un compuesto que solo se forma cuando la cocaína y el etanol coinciden en el organismo. La lectura más plausible apunta a la chicha, la bebida fermentada de maíz que, según los relatos históricos, se administraba a los niños para atenuar sus sentidos y tranquilizarlos en la última etapa de la ceremonia.

La ceremonia tenía nombre: la capacocha, el sacrificio humano con el que el Imperio inca veneraba a sus principales divinidades. Los niños y las jóvenes elegidos actuaban como mensajeros entre el mundo de los vivos y el de los dioses y los antepasados. Sus muertes no respondían solo a la fe: servían también para conjurar sequías, hambrunas y cualquier alteración del orden cósmico.

Cada cuerpo conserva una receta ligeramente distinta, como si el ritual se adaptara al niño, al lugar y a la divinidad que lo recibía.

La pista de harmina en las uñas de Juanita

El resultado más comentado llega de la momia de Ampato número 1, la Doncella de Ampato, conocida como Juanita. En sus uñas aparecieron cantidades pequeñas de harmina, un alcaloide asociado a plantas del género Banisteriopsis, algunas de las cuales se emplean tradicionalmente en la preparación de la ayahuasca. El hallazgo abre preguntas sobre los brebajes ceremoniales de las montañas sagradas, aunque el propio equipo frena: no se encontraron otros compuestos que permitieran confirmar que se tratara de una preparación alucinógena completa.

Las uñas crecen despacio, de modo que registran ventanas de tiempo largas: funcionan como una caja negra de las últimas semanas o meses de vida. Esa ventana, en este caso, se cerró hace medio milenio. Cuando aquellos niños subieron a las cumbres, el Imperio inca vivía sus años finales y los primeros españoles ya habían tocado las costas del continente. El vínculo entre plantas psicoactivas y comunicación con lo sagrado, por cierto, recorre buena parte de la tradición amazónica.

Por qué este hallazgo reescribe la letra pequeña de la capacocha

Durante décadas, la capacocha se explicó con las crónicas coloniales: textos escritos por españoles años después de la conquista, con la mirada puesta en lo que ellos querían que significara. La arqueología fue corrigiendo ese relato. Ahora la arqueología toxicológica hace algo parecido con la química: no describe el ritual ideal que aparece en los papeles, sino lo que de verdad ingirió un puñado de individuos concretos antes de morir. Y lo que aparece no es un protocolo uniforme, sino una gradación.

El hallazgo encaja con una idea que gana peso entre los especialistas en el mundo andino: la capacocha no fue una liturgia idéntica de Ecuador a Chile, sino una familia de ceremonias con un núcleo común y un margen enorme de variación local. Las sustancias administradas cambiaban según la persona y el lugar sagrado, quizá en función de las prerrogativas de cada divinidad. Hay además un matiz interesante para el estudio de las drogas rituales: la coca aparece en todos los individuos, mientras que la combinación con alcohol y el contacto con la harmina son excepcionales. Eso sugiere una coreografía con pasos fijos y otros opcionales.

Conviene poner los límites sobre la mesa. Ocho individuos son una muestra pequeña, y la ausencia de un compuesto no demuestra que no se consumiera: hay sustancias que no dejan rastro detectable en cabello ni en uñas, y los autores lo advierten. Tampoco puede determinarse la composición exacta del brebaje de Juanita. Aun así, el trabajo está publicado en Antiquity, una revista con revisión por pares, y su parte analítica es difícil de discutir: los métodos toxicológicos modernos han leído queratinas de cinco siglos con una precisión que hace veinte años era territorio de la especulación.

Me interesa especialmente lo que no cierra. La harmina de las uñas apunta a un brebaje, pero no lo identifica; podría proceder de una planta del género Banisteriopsis o de otra fuente vegetal que no ha dejado firma. Esa ambigüedad no es un defecto del estudio: es la forma honesta en que la química forense habla del pasado. Cada nueva técnica que se aplique a estas momias, algunas conservadas congeladas durante cinco siglos, irá rellenando huecos. Las cumbres siguen ahí, y los cuerpos, también.

🔬 Ficha del Descubrimiento

  • Qué se ha descubierto: restos de cocaína y benzoilecgonina en el cabello de las ocho momias analizadas, cocaetileno (cocaína más alcohol de maíz) en dos de ellas y harmina en las uñas de la Doncella de Ampato.
  • Dónde: cumbres andinas de Perú y Argentina, con momias procedentes de Ampato, Chuscha y el volcán Llullaillaco.
  • Institución responsable: equipo internacional de investigadores cuyo trabajo publica la revista Antiquity, editada por la Universidad de Cambridge.
  • Cuándo: los sacrificios se celebraron hace unos 500 años; el estudio toxicológico se ha publicado ahora, tras analizar queratina de cabello y uñas.
  • Impacto a futuro: permite reconstruir la preparación real de la capacocha y abre la puerta a aplicar toxicológica forense a otros rituales antiguos.

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