El coche eléctrico avanza en los garajes particulares y se atasca en los de las empresas. Los compradores individuales ya eligen un modelo con enchufe en el 25% de sus matriculaciones, pero las compañías solo lo hacen en el 10% de sus pedidos. La brecha entre ambos mundos, quince puntos de diferencia, define el ritmo real de la electrificación en España.
La cifra no es un capricho estadístico. Las flotas corporativas mueven un volumen enorme de matriculaciones cada año, y su lentitud condiciona el mercado de segunda mano, la red de recarga y hasta los objetivos climáticos del país. Si las empresas no aceleran, el vehículo eléctrico seguirá siendo cosa de particulares.
Un 10% corporativo frente al 25% particular: la brecha que lastra las flotas
Los datos dibujan un patrón incómodo. Quien compra a título privado, con su dinero y su garaje, se ha lanzado al eléctrico con más decisión que la gran empresa, que maneja presupuestos de flota mucho mayores. La paradoja tiene nombre: los departamentos de compras corporativos son más conservadores que el ciudadano de a pie.
Hay razones de peso detrás de esa prudencia. Una compañía no mira solo el precio de la etiqueta, sino el coste total de propiedad durante los cuatro o cinco años que dura el contrato. Ahí entran la recarga en la sede, el mantenimiento, el seguro y, sobre todo, el valor residual con el que el vehículo regresará al mercado de ocasión.
A eso se suma la logística. Instalar puntos de recarga en un aparcamiento de empresa exige obra, potencia contratada y una inversión que muchas pymes no amortizan con las tarifas actuales. La gran corporación lo resuelve; la pequeña, que es mayoría en el tejido productivo, lo aparca.
La gran empresa tiene presupuesto para electrificar su flota, pero no para asumir el riesgo de que el vehículo pierda valor antes de tiempo.
Existe, además, un efecto psicológico que conviene no ignorar. El particular compra con la emoción y la calculadora a partes iguales; la empresa compra con un comité, un informe y una previsión de tesorería a tres años. Nada de eso favorece al eléctrico cuando el precio de la tecnología sigue siendo volátil.
El precio de la gasolina devuelve el eléctrico al primer plano

El encarecimiento de los carburantes ha reavivado el interés por enchufar el coche. Los análisis del sector señalan que cargar en casa cuesta en torno a un tercio menos que repostar gasolina, una diferencia que empieza a pesar en el bolsillo de cualquiera.
Parte del fenómeno se explica por el propio mercado de empresas. Las grandes comercializadoras de flotas compran por volumen y planifican a varios años, de modo que cualquier duda sobre la reventa se multiplica en sus balances. Un particular asume ese riesgo una vez; una compañía de alquiler lo asume mil veces al año.
Ese tirón se deja notar también en el mercado de ocasión. La subida de la gasolina está disparando la demanda de eléctricos de segunda mano, que empiezan a revalorizarse tras años de caídas. Es una señal relevante: si el valor residual deja de ser un problema, uno de los principales frenos corporativos empieza a ceder.
Para quien gestiona una flota, la pregunta ha cambiado. Ya no es si el eléctrico sale más barato de mantener, sino si aguanta el uso intensivo de un comercial que hace 200 kilómetros al día y si la empresa tiene dónde enchufarlo cada noche.
Lo que revela la brecha: la empresa no es más racional, es más lenta
He cubierto el sector del automóvil durante años y este dato del 10% frente al 25% no me sorprende. Me confirma algo que se repite en cada ciclo: la empresa no compra peor que el particular, compra más tarde. Y la lentitud, en una transición tecnológica, se paga.
El marco regulatorio empuja en la dirección contraria a la que eligen las flotas. La presión para reducir emisiones y las ventajas fiscales para vehículos de empresa deberían decantar la balanza hacia el enchufe. Sin embargo, la brecha no se cierra porque el cuello de botella no es el impuesto, sino la infraestructura y la incertidumbre sobre el valor futuro.
Ahí está la contradicción que conviene vigilar. Si la gasolina sigue encareciéndose y el mercado de ocasión consolida su repunte, el coste total de propiedad del eléctrico se volverá indiscutible incluso para el comité de compras más conservador. Si los precios del carburante se moderan, la flota corporativa volverá a aplazar la decisión otro ejercicio.
Ayudas públicas como las canalizadas a través del IDAE han tratado de acortar esa distancia, pero el incentivo llega sobre todo al comprador final y no siempre al departamento que firma la compra de la flota.
El problema trasciende la contabilidad de cada empresa. Las flotas representan una porción considerable de las matriculaciones anuales, así que su retraso arrastra la cuota global del eléctrico y complica cumplir los objetivos de descarbonización comprometidos con Bruselas.
Las próximas matriculaciones del cuarto trimestre serán el termómetro. Si el 10% corporativo empieza a subir, hablará de un cambio real; si se queda clavado mientras el particular sigue avanzando, el coche eléctrico en las empresas seguirá siendo la asignatura pendiente de la movilidad española.





