La Agencia Internacional de la Energía ha inyectado ya 290 millones de barriles de petróleo en el mercado global desde el pasado 11 de marzo, el 72,5% de los 400 millones comprometidos en la acción colectiva de emergencia más ambiciosa desde la crisis de Libia de 2011. La cifra equivale a casi tres días completos de consumo mundial y resume la gravedad de un shock de oferta que mantiene en vilo a las grandes economías importadoras.
El desencadenante es conocido: el recrudecimiento del conflicto en Oriente Próximo y el bloqueo efectivo del Estrecho de Ormuz, por donde transita una quinta parte del crudo mundial. Desde primeros de marzo, las interrupciones en este paso estratégico obligaron a la Agencia Internacional de la Energía a activar un mecanismo de liberación coordinada de reservas que no se veía desde hace más de una década.
El director ejecutivo de la AIE, Fatih Birol, ha confirmado esta semana el ritmo de las inyecciones y ha lanzado una advertencia que el mercado no puede ignorar: la escalada de hostilidades está lejos de remitir y las amenazas se extienden ya al estrecho de Bab el-Mandeb, la ruta alternativa que muchos operadores estaban utilizando para sortear Ormuz. «Las amenazas al estrecho de Bab el-Mandeb exacerban aún más estas preocupaciones», señaló Birol en su última comparecencia.
El bloqueo de Ormuz y la respuesta de emergencia
El 11 de marzo de 2026, los países miembros de la AIE anunciaron una acción colectiva sin precedentes recientes: poner a disposición del mercado 400 millones de barriles de crudo procedentes de sus reservas estratégicas. El objetivo era doble: contener la escalada de precios y garantizar que las refinerías no se quedaran sin materia prima en plena temporada de alta demanda estival.
Cuatro meses después, el balance es contundente. Se han liberado ya 290 millones de barriles, el 72,5% del total comprometido, y las inyecciones continúan a un ritmo constante. La AIE no ha fijado una fecha de cierre para el programa, lo que sugiere que el organismo con sede en París contempla la posibilidad de prolongar las liberaciones si la crisis de Ormuz no encuentra una salida diplomática a corto plazo.
Las reservas estratégicas de los países miembros suman todavía más de 1.000 millones de barriles bajo control gubernamental directo, un colchón considerable pero no infinito. La experiencia de crisis anteriores —desde la guerra del Golfo de 1991 hasta el huracán Katrina en 2005— enseña que la eficacia de estas liberaciones depende de la rapidez con la que se activen y de la credibilidad que transmitan a los mercados. En esta ocasión, ambos factores han jugado a favor.
La rapidez de la acción colectiva de marzo evitó una espiral de precios que habría disparado la factura energética global en plena recuperación económica posinflacionaria.
Los cuatro amortiguadores que evitan el colapso
Pese al bloqueo parcial de Ormuz, los mercados de crudo no han entrado en pánico. La razón no es una, sino la combinación de cuatro factores que han funcionado como amortiguadores simultáneos.
El primero es la capacidad de los propios productores del Golfo Pérsico para utilizar vías alternativas de exportación. Aunque los volúmenes han caído respecto a los máximos de finales de junio, siguen siendo notablemente superiores a los niveles de marzo y abril, lo que indica que una parte relevante del crudo sigue encontrando salida por rutas secundarias, especialmente a través de oleoductos que evitan el paso marítimo.
El segundo amortiguador ha venido de productores externos a la región. Estados Unidos, Brasil, Venezuela y Kazajistán han aumentado sus exportaciones de forma coordinada o por simple incentivo de precios, compensando una porción significativa del crudo que deja de llegar desde el Golfo. Venezuela, en particular, ha duplicado sus envíos en lo que va de año, aprovechando la relajación temporal de algunas sanciones.
El tercer factor, y quizá el más determinante para la estabilidad de precios, ha sido la drástica reducción de las importaciones chinas. China ha recortado casi a la mitad sus compras de crudo en los últimos meses, una decisión que responde tanto a la acumulación previa de inventarios como a una desaceleración industrial que modera la demanda. Sin este ajuste, la presión alcista sobre el Brent habría sido mucho más intensa.
El cuarto pilar son las propias reservas de la AIE, cuya inyección continua de barriles ha proporcionado un alivio significativo al mercado físico, evitando que la escasez percibida se tradujera en picos de precio insostenibles para las economías importadoras.
China ha actuado como estabilizador involuntario del mercado global al reducir sus importaciones de crudo a la mitad, amortiguando un shock que de otro modo habría disparado el Brent muy por encima de los cien dólares.

El espejismo de la calma: productos refinados y GNL mantienen la presión
Sin embargo, la aparente estabilidad del mercado de crudo oculta un desequilibrio creciente en los mercados de productos refinados. El propio Birol ha advertido de que «no hay lugar para la complacencia» porque la actividad de las refinerías no se ha recuperado al mismo ritmo que las entregas de crudo. Traducido: hay petróleo suficiente para alimentar las refinerías, pero la capacidad de transformación y la logística de productos refinados —diésel, gasolina, queroseno— están mucho más tensionadas.
Este desajuste tiene implicaciones directas para el consumidor europeo. Los precios de los carburantes en España y en el resto de la UE no reflejan solo la cotización del Brent, sino los diferenciales de refino y los costes logísticos, ambos al alza. La factura en el surtidor podría mantenerse elevada incluso si el crudo sigue contenido.
En paralelo, el mercado de gas natural licuado (GNL) atraviesa una situación similar. El aumento de los flujos procedentes de Estados Unidos y Canadá ha compensado alrededor del 70% de la pérdida de suministro a través de Ormuz, pero cualquier retraso adicional en la reanudación de las exportaciones del Golfo prolongaría el ajuste en un momento crítico: Europa necesita recomponer sus reservas de cara al invierno 2026-2027.
La interconexión energética europea, que tantas veces se ha invocado como solución teórica, se enfrenta aquí a una prueba real. Si los mercados de GNL se mantienen tensionados hasta octubre, los precios del gas de cara a la temporada de calefacción podrían repuntar con fuerza, trasladando la crisis desde el petróleo hacia el gas y la electricidad.
España, con sus seis plantas regasificadoras y su capacidad de almacenamiento, parte de una posición comparativamente ventajosa dentro de Europa. Pero ni siquiera la península ibérica es inmune a un shock global de GNL: los precios en MIBGAS acabarían reflejando la tensión internacional, y la factura del gas para hogares e industrias notaría el impacto en el último tramo del año.
El verdadero riesgo no está en las próximas semanas, sino en lo que ocurra a partir de septiembre. Si el bloqueo de Ormuz persiste, la AIE tendrá que decidir si amplía el volumen de la acción colectiva más allá de los 400 millones iniciales. Con más de 1.000 millones de barriles aún en reserva, hay margen técnico para hacerlo. La cuestión es política: una decisión así requiere unanimidad entre los países miembros y una lectura compartida de que la crisis de suministro justifica seguir drenando los depósitos estratégicos.
Por ahora, Birol y la AIE mantienen el pulso. Pero la complacencia, como el propio directivo ha repetido, no cabe en un tablero con dos estrechos bloqueados y un invierno a la vuelta de la esquina.





