La grasa no se derrite con sudor, se pierde con decisiones inteligentes. Luis Gil no habla de dietas milagro ni de fuerza de voluntad. Habla de cuerpo. De biología. De cómo estamos hechos, aunque a veces no nos guste la respuesta. Para él, la razón principal por la que engordamos no es que seamos “débiles”, sino que estamos programados para un mundo que ya no existe. “Nuestro metabolismo, nuestros genes, nuestro cuerpo está diseñado para pasar hambre… nuestros genes no han entendido que tenemos la nevera llena”, explica. Dicho de otro modo: llevamos un cuerpo preparado para la escasez caminando por un planeta de abundancia.
Y claro, cuando llega más energía de la que necesitamos, el organismo hace lo que siempre ha hecho para sobrevivir: guardarla. Como quien mete leña en un cobertizo por si viene el invierno. El problema es que ese invierno, hoy, casi nunca llega.
Menos promesas rápidas, más entender cómo funciona tu cuerpo

Lejos de vender soluciones exprés, Luis defiende algo mucho más incómodo… y más honesto: aprender cómo funciona el cuerpo y adaptar la alimentación a la vida real de cada persona. Sin rigideces. Sin castigos. Con cabeza.
Uno de los temas estrella es el ayuno intermitente. Para Gil puede ser una herramienta útil, sí, pero solo si la persona se siente bien con ella y tiene cierta “flexibilidad metabólica” (es decir, si su cuerpo sabe manejarse sin picos constantes de azúcar).
Y que mal aplicado puede generar ansiedad. Un detalle que suele pasar desapercibido es cómo se rompe ese ayuno: “Es mejor hacerlo con algo más denso, rico en grasa y proteína, y no directamente con fruta”. ¿Por qué? Porque meter azúcar —aunque sea natural— con el estómago vacío dispara la glucosa como una cerilla en paja seca.

Más allá del ayuno, hay un gesto sencillo que cambia mucho: el orden de lo que comes. Primero verduras bajas en azúcar, luego proteínas y grasas, y al final los carbohidratos, ya sea arroz, pasta, legumbres o fruta. No es una manía: ese orden suaviza los picos de azúcar en sangre y hace que el cuerpo responda de forma más estable. A veces no se trata de qué comes, sino de cómo lo comes.
Ejercicio sí… pero lo que comes pesa más

Aquí Luis es muy claro, incluso un poco incómodo: el ejercicio es fundamental para la salud, pero no es el factor decisivo para perder grasa. “Lo importante, al final, es lo que te llevas a la boca”. Puedes entrenar todos los días, pero si la alimentación no acompaña, el resultado será limitado. También desmonta ideas muy extendidas: sudar no significa quemar grasa (solo pierdes agua y sales) y no existe la pérdida localizada. El cuerpo decide de dónde quita grasa según su genética. No según lo que tú quieras.
Otro frente importante son los ultraprocesados, el azúcar y los productos “light”. Gil recomienda reducirlos al mínimo. Para que nos hagamos una idea, una sola lata de refresco puede llevar alrededor de seis cucharadas soperas de azúcar. Y lo “light” suele ser un espejismo: menos grasa, sí… pero más almidones y azúcares añadidos. El resultado es peor saciedad y más descontrol. Comes creyendo que te cuidas, pero el cuerpo recibe justo lo contrario.
La salud metabólica no depende solo del plato. El estilo de vida manda. El sueño, por ejemplo, es un regulador hormonal clave: cuando dormimos mal, sube el cortisol, aumenta el apetito por lo rápido y lo estimulante, y se facilita el almacenamiento de grasa. A mí me pasa: duermo poco y al día siguiente mi cuerpo pide dulce como si no hubiera un mañana.








