Mallorca, Marsella y las capitales y destinos de costa donde la saturación turística ha disparado el rechazo vecinal y las protestas

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Barcelona: el espejo español de la protesta francesa contra la masificación

aerial view of city buildings during daytime
Foto de Logan Armstrong en Unsplash

Barcelona es el espejo español obligado del malestar que estos días ha incendiado Francia. A comienzos de octubre, unos 600 manifestantes —cifra de la Guardia Urbana— recorrieron el centro convocados por la Asamblea de Barrios por el Decrecimiento Turístico, con el respaldo de 120 colectivos, y los Mossos les impidieron acercarse a la Sagrada Família. La marcha se coordinó con otras de Mallorca, Granada, Palma, Lisboa o Venecia dentro de la alianza Sud d’Europa contra la Turistització, y coincidió con la peor oleada de disturbios francesa en años: unas 550.000 personas en la calle el 17 de octubre, el Louvre bloqueado el día 19 y restricciones nocturnas en París, Marsella, Lyon, Lille y Niza. El sustrato es común —vivienda y coste de vida—, con una diferencia: en la capital catalana el turismo lleva una década señalado como la cara visible del problema.

Los datos explican la intensidad. La ciudad ronda los 16 millones de visitantes anuales frente a 1,6 millones de residentes, y siete de cada diez barceloneses sostienen que no puede acoger a más, según una encuesta difundida este verano. El ayuntamiento ha convertido ese límite en política: los 10.500 pisos turísticos quedarán sin licencia en 2028, la tasa turística puede alcanzar los 12 euros por noche y Collboni quiere doblar el recargo a los cruceristas. El comisionado de turismo sostenible, José Antonio Donaire, lo resume en «ni un turista más». El flanco débil es la coherencia: el Gobierno central aprobó en septiembre el plan DORA III, con 1.760 millones para El Prat y partidas preparatorias para ampliar la pista, y 5.500 personas marcharon contra el proyecto el 20 de septiembre.

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