Hallan 18 cráneos en Egipto que confirman sacrificios humanos rituales en los albores de los faraones

El análisis forense de 46 cráneos de la Primera Dinastía conservados en Cambridge identifica fracturas perimortem en 18 de ellos. La autora advierte de que los datos son incompletos y aún no permiten descartar muertes naturales.

Un análisis forense de 46 cráneos refuerza la tesis de los sacrificios humanos en el Egipto de los primeros faraones. Dieciocho de ellos conservan fracturas compatibles con una muerte provocada, no con un accidente ni con el simple paso del tiempo. El trabajo lo firma la bioarqueóloga Roselyn Campbell y lo publica la revista Frontiers in Environmental Archaeology.

El escenario tiene nombre propio: Umm el-Qaab, en Abidos, en el Alto Egipto. En árabe significa la madre de las vasijas, por los millones de fragmentos de cerámica acumulados sobre un terreno árido. Allí eligieron los primeros faraones levantar sus complejos funerarios y emprender su viaje al más allá. Junto a las cámaras reales aparecieron, en excavaciones antiguas, los enterramientos que ahora se reinterpretan.

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Las tumbas de la Primera Dinastía que analiza el estudio están datadas entre el 3.078 y el 2.900 a.C., hace unos 5.000 años. Eran obras de ingeniería notables. A las cámaras funerarias de los reyes se sumaban recintos para rituales y decenas, incluso cientos, de hileras de sepulturas modestas dispuestas alrededor del recinto real, como una corte que ni siquiera en la muerte podía alejarse del trono.

Cada una de esas tumbas sencillas contenía un ataúd simple y un ajuar mínimo: piezas de cerámica, herramientas de cobre, puntas de proyectil, o figuritas de marfil. Los títulos inscritos en las estelas permiten identificar entre los enterrados a funcionarios, asistentes y artesanos vinculados a la corte. Y ahí aparece la pista principal. A diferencia de otros recintos funerarios, muchos de aquellos sirvientes parecen haber sido enterrados al mismo tiempo que el soberano.

Una sucesión fortuita de tantas muertes naturales resulta improbable. De ahí la hipótesis que llevan años sosteniendo los investigadores, conocida como sacrificio de sirvientes: provocar la muerte del servicio cuando fallecía el rey. Los motivos pudieron ser varios, desde asegurar acompañamiento y más servidumbre en el más allá hasta exhibir el poder del soberano. Tampoco puede saberse si aquellas muertes fueron voluntarias, dentro de una creencia que prometía beneficios en el otro mundo, o impuestas desde arriba.

Dieciocho cráneos con fracturas y un corte en el ojo

La evidencia se guarda en la Duckworth Collection de la Universidad de Cambridge: 46 cráneos procedentes de esas tumbas milenarias, revisados ahora con métodos forenses contemporáneos. De los 46, 18 presentan lesiones vinculadas a su propia muerte, el 39 % del total.

De cada diez cráneos analizados, casi cuatro conservan todavía la marca de lo que les ocurrió el día en que murió su rey.

Son fracturas lineales que en un primer momento se interpretaron como causas naturales y que hoy se clasifican como lesiones perimortem, producidas en torno al momento del fallecimiento. Junto a ellas aparecen daños causados por armas cortantes y, en uno de los individuos, un corte en el ojo. La reconstrucción que propone la autora apunta a una muerte rápida: pérdida de conocimiento seguida de una hemorragia interna fatal.

Cómo distinguir el golpe de una maza de una caída fortuita

Buena parte del trabajo consiste en descartar explicaciones alternativas. Una maza, el arma que los egipcios empleaban contra sus enemigos, habría dejado fracturas con hundimiento del hueso y no grietas lineales. Una caída habría dañado de forma notable otros huesos además del cráneo, y de eso no queda constancia en las anotaciones originales. El razonamiento es de eliminación. Ahí está su fuerza y también su límite.

El propio estudio pide prudencia. Los 28 cráneos restantes no muestran ninguna lesión visible, y eso admite varias lecturas: una muerte natural, métodos que no dejan rastro —la asfixia, por ejemplo— o daños del esqueleto que sencillamente no se conservaron. Campbell califica sus datos de incompletos e imperfectos y reivindica la ventaja de revisar viejos descubrimientos con los conocimientos y las técnicas de hoy.

Por qué la práctica desapareció tras la Primera Dinastía

A mí me convence más el método que la certeza. Cambiar el cristal con el que se mira un hueso viejo es, muchas veces, más productivo que abrir una zanja nueva en el desierto. Pero conviene decirlo con claridad: el estudio documenta lesiones compatibles con una muerte intencionada, no una prueba indiscutible de sacrificio ritual. Lo que se analiza son cráneos, no esqueletos completos, y las notas de la excavación original no registran el resto del cuerpo. El 39 % es un suelo, no un techo. La cifra real de víctimas, si existió, pudo ser mayor.

Conviene además no confundir el hallazgo con su titular. La palabra confirmación circula mucho antes de que la ciencia la firme, y este es un buen ejemplo: 18 fracturas lineales sostienen una hipótesis, no la clausuran. La arqueología de los orígenes del Estado egipcio lleva un siglo discutiendo si aquellos enterramientos acompañaron al rey en vida o le siguieron en la muerte, y el trabajo de Campbell inclina la balanza sin romperla.

La pregunta que sigue abierta es por qué esta práctica dejó de aparecer en los enterramientos faraónicos después de la Primera Dinastía. No hay respuesta cerrada. La propia investigadora anuncia un libro, State-sanctioned Violence and Human Sacrifice in Early Dynastic Egypt, que publicará Routledge y en el que promete profundizar en su interpretación de las víctimas y del poder que las envió al otro mundo. Habrá que leerlo con la misma calma con la que ella ha leído los huesos.

🔬 Ficha del Descubrimiento

  • Qué se ha descubierto: Lesiones perimortem en 18 de los 46 cráneos de la Primera Dinastía conservados en Cambridge, compatibles con muertes provocadas junto al faraón.
  • Dónde: Tumbas de Umm el-Qaab, en Abidos (Alto Egipto); los cráneos se conservan en la Duckworth Collection de la Universidad de Cambridge.
  • Institución responsable: Estudio de la bioarqueóloga Roselyn Campbell publicado en la revista Frontiers in Environmental Archaeology.
  • Cuándo: Enterramientos datados entre el 3.078 y el 2.900 a.C.; el análisis forense se acaba de publicar.
  • Impacto a futuro: Refuerza la hipótesis del sacrificio de sirvientes y reabre el debate sobre por qué la práctica desapareció tras la Primera Dinastía.

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