La amenaza rusa vuelve al sur de Europa y hay quien sospecha del motivo. El analista internacional Cristian Lamesa sostiene en Negocios TV que la alerta sobre un supuesto plan de Moscú para atacar con drones infraestructuras críticas en España, Italia y Francia responde menos a un peligro verificable que a una operación de guerra psicológica destinada a asustar a los europeos. Antes de dar por buena la versión, propone una pregunta incómoda: quién gana con ese relato.
La conversación parte de una información publicada por El Mundo que sitúa a la CIA y a Lituania como origen de la advertencia. Para Lamesa, que la agencia estadounidense esté detrás del aviso no resultaría en absoluto llamativo. Recuerda que la CIA ha funcionado históricamente como instrumento al servicio de intereses corporativos, con episodios como su papel en Centroamérica junto a la United Fruit Company. Su lectura es que la versión está construida con un propósito más político que informativo.
El cuco ruso y la puerta trasera de Ceuta
El analista recurre a una metáfora doméstica para explicar el mecanismo. En su Argentina natal, cuenta, se asusta a los niños con el cuco cuando se portan mal; en España se estaría haciendo algo parecido con un cuco ruso que nunca termina de aparecer. La diferencia, apunta, es que mientras se agita ese temor hay presiones reales sobre territorio español, con la situación de Ceuta y Melilla como ejemplo de urgencia concreta.
Lamesa contrapone ese escenario a las advertencias de la ministra de Defensa, Margarita Robles, sobre misiles rusos capaces de alcanzar Madrid, y a los aviones de combate desplazados a Rumanía mientras el foco, a su juicio, debería estar en las fronteras propias. Todo forma parte del mismo menú informativo, sostiene: un peligro fantasioso que sirve para distraer de lo que él considera defensa pendiente.
Bálticos, Suiza y el contagio de la rusofobia
Para el analista hay actores con interés directo en ampliar el relato. Los países bálticos y Polonia, afirma, quieren contagiar a países más lejanos la rusofobia que él considera evidente en ellos. Italia y España, con vínculos históricos con Rusia que no encajan en ese marco, serían el objetivo natural de esa extensión. Como detalle simbólico recuerda que fue un español quien fundó Odesa por orden de la emperatriz Catalina II.
También le llama la atención el giro suizo. Suiza, subraya, ha obtenido ventajas económicas notables de su neutralidad, igual que Austria y, en su día, Finlandia, cuya economía floreció con ese estatus y hoy atraviesa dificultades. Lo que se está preparando en Europa, concluye, es una preparación psicológica de los pueblos a base de miedo irracional, un terreno abonado antes de cualquier decisión política de mayor calado.
A los españoles se les avisa de que viene el cuco ruso mientras les fuerzan la puerta de atrás de su propia casa.
— Cristian Lamesa, analista internacional
Por qué descarta un ataque ruso contra España
Lamesa no ve ningún interés ruso en atacar España o Italia. Reconoce que Moscú ha advertido de que las industrias bélicas de países de la OTAN que abastecen a Ucrania son objetivos legítimos, y añade que, en su opinión, habría que agradecer que no haya pasado a los hechos. Pero insiste en que España e Italia estarían muy atrás en cualquier lista de represalias y en que un eventual cambio de gobierno abriría la puerta a recuperar puentes de entendimiento.
En ese punto introduce un argumento jurídico muy discutido: sostiene que la Carta de las Naciones Unidas todavía contempla a Alemania y Japón como países enemigos y que eso habilitaría a Rusia para un ataque preventivo si se siente amenazada. Es una lectura controvertida, presentada como debate abierto y no como consenso. Lo que sí subraya es que una respuesta rusa a una hostilidad abierta de la OTAN no se parecería a lo visto en Ucrania, sino a un empleo de medios mucho más destructivos.
Ucrania: negociar sin detener la ofensiva
El repaso histórico que hace el analista es extenso. Sostiene que Rusia mantuvo relaciones cordiales con gobiernos ucranianos prooccidentales, que no intervino tras las elecciones de 2004 y 2005, que aceptó los acuerdos de Minsk buscando una salida sin pérdida de soberanía para Kiev y que vio cómo aquellos compromisos se desmoronaban. Cita las declaraciones posteriores de los garantes europeos como prueba de que se trataba de ganar tiempo para armar a Ucrania.
Sobre la semana de la Asamblea General de la ONU en Nueva York, con contactos entre Rusia y Estados Unidos, interpreta que Moscú se sienta a hablar pero no va a frenar sus avances. La lección aprendida, dice, es que ya no aceptará gestos de buena voluntad que después se conviertan en rearme del adversario. Negociar y detener la ofensiva, en su lectura, son dos cosas que Rusia ha dejado de vincular.
Irán, Ormuz y el desgaste de Washington
En el tramo dedicado a Oriente Medio, Lamesa analiza la cumbre de mediadores con Irán y el rechazo de Donald Trump a la propuesta presentada. Cree que Teherán sube la apuesta y tiene capacidad real para escalar el conflicto hacia el océano Índico, con el estrecho de Bab-el-Mandeb y Ormuz como piezas decisivas. Ve a Estados Unidos con pocas herramientas y a Israel en una posición de desesperación.
Su apuesta es un punto medio negociado, con China o Rusia como posibles facilitadores, reparaciones económicas para Irán y algún mecanismo de mantenimiento del tráfico en Ormuz. También apunta un factor interno: la guerra empieza a pasar factura al bolsillo de los votantes estadounidenses y las elecciones de medio término quedan cada vez más cerca. Un Trump que oscila entre la amenaza y la invitación a cenar, dice, no oculta esa presión.
Qué se juega el lector europeo
El valor de este análisis no está en sus predicciones, sino en el recordatorio de que cada alerta tiene una fuente y un interés. En los últimos dos años, varios países de la OTAN han denunciado incursiones de drones e incidentes en infraestructuras, y la discusión sobre el gasto en defensa ha pasado a ocupar el centro del debate público europeo. Ese contexto hace verosímil la preocupación, pero no convierte en hecho cualquier escenario que se filtre a la prensa.
Conviene, por tanto, separar dos planos. Uno es la verificación: qué se sabe, con qué pruebas y con qué atribución. Otro es la interpretación: qué se deduce de todo ello. Lamesa ofrece una lectura claramente crítica con las élites europeas y con la OTAN, y la defiende con datos históricos discutibles en algunos puntos. Escucharla no obliga a compartirla, pero sí a tomarse en serio la pregunta de fondo sobre quién se beneficia de que la ciudadanía viva con miedo.
El riesgo de equivocarse existe en las dos direcciones. Descartar por sistema cualquier amenaza deja a las instituciones sin margen de reacción, y amplificarla sin filtros erosiona la confianza pública y justifica decisiones que se toman en otro lugar. La ciudadanía europea también paga la factura de una alarma permanente que rara vez viene acompañada de pruebas verificables.
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Puedes ver el análisis completo en el vídeo original de Negocios TV en YouTube.





