¿Alguna vez has mentido de forma piadosa? Seguramente, todos en más de una ocasión hayamos caído en la mentira para salir de un apuro o para no hacer daño a otra persona. Mentir, en sí, no tiene por qué ser una mala conducta, pero el problema viene cuando recurrimos a ella de forma constante para agradar a otros, e incluso para presumir de una vida perfecta. Este mal hábito puede llegar a convertirse en una patología en algunos individuos.
Así que, ¿alguna vez te has preguntado cómo funciona la mente de un mentiroso? Según un estudio de la Universidad de Massachusetts, más del 60% de los adultos miente en una conversación. Ahora bien, no todas las mentiras pesan igual, ni afectan de la misma manera. Cuando una persona recurre a la mentira de forma repetida, el cerebro aprende llegando a cambiar la forma de reaccionar.
Así funciona la mentira en las personas
Si alguien miente por primera vez, suele aparecer una emoción, que es la culpa, la incomodidad o el arrepentimiento, ya que estamos engañando u ocultando información a otra persona. Pero si la mentira se repite y se vuelve costumbre, esa reacción se va mermando, y es ahí donde mentir se vuelve más fácil, porque desaparece esa barrera emocional.
Debemos destacar que en la mentira hay un componente biológico, pero también de entretenimiento. Dicho en otras palabras, viene a ser que el mentiroso se hace, no nace.
La amígdala y la culpa: el freno natural
En la parte más biológica, la estructura que más se relaciona con la mentira es la amígdala. Se trata de una zona del cerebro vinculada a la supervivencia y a la gestión de las emociones. Siendo su función principal unir los sentimientos con la reacción del cuerpo y con la conducta.
Para que se pueda entender mejor este concepto, lo explicamos a través del siguiente ejemplo: imagínate que estás comiendo en el jardín y aparece una avispa. Si te dan miedo:
- Tu cuerpo puede reaccionar con un subidón de pulsaciones.
- Y tu conducta cambia: te levantas y te metes dentro.
Con la mentira sucede algo similar en nuestro interior. Cuando dices algo que no es verdad, la amígdala se activa y esa reacción funciona como un límite: te incomoda para recordarte que no estás siendo sincero. Pero si una persona miente una y otra vez, esa amígdala se acostumbra, creando tolerancia y haciendo que la culpa desaparezca.
El entrenamiento del mentiroso
Para mentir de forma habitual, hay dos ingredientes que no fallan: memoria y frialdad emocional. Porque mantener una mentira requiere recordar detalles, sostener versiones y no derrumbarse cuando te preguntan.
En este punto, los expertos han observado una serie de diferencias en la corteza prefrontal de los mentirosos patológicos: menos sustancia gris y más materia blanca. Traducido a un lenguaje sencillo, esto se relaciona con una mayor conectividad del cerebro, lo que facilita enlazar recuerdos e ideas con rapidez. Por eso, una persona que miente con frecuencia puede construir relatos coherentes y responder más rápido sin quedarse en blanco.
Pero, ¿y si somos demasiado sinceros con los demás? Entonces caemos en el ‘sincericidio’. Es un término no oficial que viene a definir a aquellas personas que dicen todo lo que piensan sin importarles los sentimientos ajenos. Incluso, dan su opinión sin que nadie se la haya pedido, llegando a ofender a otros y buscando más su propio desahogo que el bienestar de los demás.
El caso contrario ocurre con la sinceridad. Cuando aplicamos este concepto a nuestra vida, lo hacemos de una forma honesta y sin doble sentido. Así que, quizá, a la hora de expresar nuestra opinión o lo que pensamos, lo mejor sea actuar con prudencia y respeto hacia los demás, y hablar solo si es necesario, porque, en caso contrario, lo mejor será callar.




