Para la mayoría de los emprendedores encontrar uno o varios ‘mecenas’ es fundamental para dar forma a sus ideas o poder sobrevivir con sus negocios. La ‘caza del inversor’ es un deporte bastante practicado en el ecosistema y cada vez más de moda, que ha ido poco a poco sustituyendo a la a veces anticuada pero sana ‘búsqueda de clientes’.

El orden lógico de las cosas, con permiso del crowdfunding, es que los fundadores pongan fondos propios, toquen puertas entre amigos, familiares y conocidos desprendidos (Friends, family & fools), visiten algún banco para que les digan ‘No’ y hasta se acaben agenciando un ENISA antes de intentar engatusar a un business angel o fondo de capital riesgo. Aunque algunos piensen en seducir a un inversor desde el día cero y pongan todos sus esfuerzos en meterse a estos benefactores en el bolsillo.

Tener a una de estas figuras de su lado es, para los emprendedores, como contar con un padre que les aportará seguridad, confianza y serenidad. O al menos, así debería ser. Los buenos inversores proporcionan dinero, dan orientación y motivación, facilitan contactos, proponen ideas y no interfieren excesivamente en la manera en la que los fundadores gestionan sus empresas. Pero, ¿qué ocurre cuando un business angel se comporta de otra manera? ¿Y si éste quiere ostentar todo el poder por haber puesto capital? ¿Qué es lo que pasa cuando un inversor se transforma en la peor pesadilla de un CEO o un equipo de socios?

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Eso es lo que le ocurrió a Fátima Mulero, una emprendedora especialista en aunar proyectos tecnológicos con la diversidad funcional y el autismo. Esta graduada en Educación Primaria con mención en Necesidades Educativas Específicas y en Psicología es la actual CEO de auTICmo, una compañía que presta servicios tecnológicos para personas con Trastorno del Espectro Autista o Síndrome de Asperger, así como para sus familiares o profesionales y entidades especializadas. La startup ha sido ganadora de los Premios JES 2017, de la Universidad Europea de Madrid, que reconocen las mejores iniciativas puestas en marcha por jóvenes emprendedores sociales.

En 2015 Mulero había fundado junto a otros dos socios Uniq Techrapy, una startup enfocada en terapias basadas en nuevas tecnologías para niños con autismo y otros problemas de desarrollo cognitivo. No necesitaron mucho tiempo para que las cosas comenzaran a irles bien y, en breve, recibieron interés por parte de algunos ‘capitalistas’.

Gracias a los contactos hechos durante su estancia en Barcelona para el programa Imagine Express 2014, le presentaron Pete Pallarés, un emprendedor afincado en Silicon Valley. Pallarés es fundador y CEO de Center for Social Dynamics (también llamada CSD Autism Services), una red de centros de autismo que cuenta con diversos focos en el país norteamericano. Pete a su vez le introdujo a la emprendedora extremeña a su hermano Rafael, que quería poner dinero en Uniq Techrapy. Aunque el último no contaba con experiencia en invertir en startups y su carrera se había enfocado más hacia la gestión inmobiliaria, Fátima lo vio como una buena oportunidad para su proyecto, impresionada por la trayectoria en su ramo de más de 15 años de Pete y su enfoque internacional.

“Conocimos a un catalán que tenía una red de centros de autismo en EE.UU y esta persona nos presentó a su hermano. Yo quería desarrollar una app para fomentar la autonomía de personas con autismo y nos ofrecía entrar él como inversor para poder hacerla. El trato era que ellos ponían la parte de dinero y nosotros el proyecto” cuenta la emeritense para MERCA2. El acuerdo que se estableció en un principio era que Rafael entraba como inversor e iba a ayudar en temas logísticos, porque en aquella época “visitábamos a muchos clientes en persona”. Lo que ella no se esperaba es que Pete nunca les echaría una mano ni tampoco lo que iba a ocurrir poco después con la gestión de la compañía que había fundado.

El inversor que se autoproclamó CEO

Un cambio que resultó decisivo fue que a las pocas semanas de entrar, Rafael propuso hacerse con el 50% de la compañía, lo que a la postre le daría más poder. A los dos o tres meses Uniq Techrapy comenzó a facturar una cifra bastante alta, “más incluso de lo que estábamos capacitados en ese momento”. Fue entonces cuando Rafael Pallarés mostró sus cartas y le dio “la vuelta” al pacto de socios. “Obviamente quien pone dinero lo que busca es dinero. Él exigía que su dinero se multiplicara a la velocidad que estaba creciendo hasta que llegó un momento en el que decidió que como él estaba poniendo el capital, él debía tomar las riendas de la startup y tenía que ser el CEO”, relata la fundadora de auTICmo.

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“Argumentaba que a mí me faltaba visión global-económica o algo así y que por ello las decisiones a nivel ejecutivo las tomaría él a partir de entonces”, recuerda. A Fátima le sonó raro al principio, pero en aquella época contaba con poca experiencia y pensaba que al venir de una familia con dinero y ser bastante más mayor que ella, quizás sí tenía cierto sentido que su nuevo mecenas comenzara a ejercer como consejero delegado. “Él me sacaba veinte años, así que pensé que por experiencias vitales quizá si tuviera esa visión que decía. Se escudaba mucho en su hermano y que nos iba a ayudar, algo que no pasó nunca”.

Una de las primeras decisiones de Pallarés en su nuevo cargo fue subir los precios “porque estábamos teniendo un nivel de demanda alto” pasando a cobrar la hora de 20 euros a 50 y reducir los salarios de los trabajadores. De esa manera Uniq tendría mayores beneficios y él, más rédito. “El equipo me venía a mi pidiendo explicaciones y preguntándome que a qué venía que las condiciones empeoraran cuando realmente la empresa como tal estaba mejorando y todos éramos conscientes de esto”, rememora Mulero. Pese a los recortes en los sueldos, el inversor autoproclamado consejero delegado exigía a la plantilla unas horas de dedicación más amplias. “Quería que trabajáramos sábados, domingos y por la noche. Fue ambición pura y dura”, se lamenta.

El clima no tardó en enrarecerse en la startup por esta situación y por los malos modos del nuevo CEO. “Psicológicamente me fue mermando”, reconoce esta experta en autismo. “Me gritaba a mí y a todos delante de todo el mundo. No tenía ningún problema en hacerlo. Él pensaba algo así como: ‘Esto está yendo bien, todo tiene que ir mejor y todo tiene que hacerse como yo diga’”.

De cara al exterior y a los ingresos las cosas seguían mejorando, sin embargo, Uniq de manera interna era un auténtico polvorín. “A los seis meses, cuando más volumen de clientes teníamos, nos quedamos sin equipo literalmente”, subraya Fátima. “Se largaron porque se les redujo el sueldo y porque empezó a haber un mal ambiente importante en la empresa. La gente no estaba a gusto ya que al ponerse al mando todo se enrareció. Parecía que sus decisiones venían tomadas únicamente por cómo se levantaba cada mañana”, critica. Al mandamás no pareció importarle demasiado esta pérdida de talento porque pensaba que “si estos lo dejan, ya vendrán otros”.

La traca final

Desde entonces las cosas fueron de mal en peor, aunque Mulero continuó aguantando el temporal. Todo estalló en el verano de 2016. Uniq había encargado el desarrollo de una aplicación móvil por la que habían pagado 15.000 euros. “Me vine a Extremadura una semana a ver a mi familia por temas personales de salud y cuando volví a Barcelona después de una semana no tenía equipo y esta persona se había aliado con el de la empresa que había desarrollado la app. Nunca llegó a subirla a Google Play, la App Store ni nada, pero nadie nos devolvió el dinero” se queja. “Luego por redes sociales nos enteramos de que los dos se iban de barcos, fines de semana recreativos y cosas así”.

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Durante los días en su ciudad natal Mulero fue al banco y se percató de que “esta persona se había hecho una transferencia de 6.000 euros porque sí. Entonces ahí sospeché que estaba pasando algo”, evoca. “Cuando vi que había hecho las transferencias de dinero, descubrí que al financiero también le había hecho transferencias duplicadas los meses de mayo y junio. Me quitaron el acceso a Drive, me cambió las contraseñas del email corporativo. Me encontré de la noche a la mañana las cuentas de la empresa vacías y sin tener acceso a la documentación. Ya no era administradora de hecho”, matiza. Cuando regresó a Barcelona lo único que pudo hacer fue retirarle a él y al responsable financiero los poderes para que no pudieran hacer transacciones de ningún tipo. “Siempre he creído que llevaba tiempo por detrás maquinando para liármela en esa semana de vacaciones”, intuye.

El perjuicio para la hoy CEO de auTICmo no se quedó ahí. “No presentaron las cuentas anuales. Se supone que era mi función como administradora, pero para eso teníamos contratado un responsable financiero que llevara todo eso al día y una gestoría. En las cuentas se tenían que reflejar los porqués de esas transacciones porque si no, no nos dejaban disolver la empresa. Además, habíamos presentado un préstamo a la Kutxa de 20.000 euros para duplicar la inversión de él. Al tener un préstamo tampoco podíamos disolver la sociedad”, explica. La emprendedora llevó a Rafael Pallarés a juicio y casi dos años después aún no se ha resuelto el litigio, aunque el inversor sí ha sido imputado por apropiación indebida. Hasta hace un par de meses la emeritense aún tenía que pagar los autónomos societarios de su ex empresa, porque “al estar en juicios tampoco podían darla de baja”.

Sin embargo, parece que lo que le pasó a Fátima no es algo aislado o poco frecuente. La fundadora de auTICmo confiesa que durante los años que ha pasado moviéndose en el ecosistema de Barcelona ha comprobado de primera mano como otros emprendedores se lamentan del mismo problema: los inversores se creen una especie de ‘dueños del cortijo’ que quieren hacer y deshacer a su antojo. La queja es frecuente pero la mayoría prefieren callar y no contar qué les ocurre para evitarse problemas en el sector o por miedo a que les ‘cierren el grifo’. Aunque hemos tocado numerosas puertas y conocíamos algunas de estas situaciones, solo hemos recibido negativas por respuesta para participar en este reportaje.

En un principio Fátima no quiso que el tema saliera demasiado a la luz y solo contó la verdadera historia a algunos allegados. Pensaba que airearlo podría causarle más problemas que beneficios y perjudicarle en el ámbito tan especializado en el que se mueve. Aún así, ha tenido que rendir cuentas con clientes y otros compañeros del sector y salir del paso como ha podido. “A él quizás le haya dado más igual porque ha recuperado su dinero, pero para mí, que tengo un proyecto más específico de tecnología dentro del autismo casi me hunde mi carrera profesional. He tenido que dar doscientas mil explicaciones en el sector de por qué no hemos seguido”. Ahora que el litigio se aproxima a su final la emprendedora ha decidido no callar más y quiere que “las cosas se sepan para explicar realmente qué ocurrió”.

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Además, cree que su experiencia puede suponer un aprendizaje para otros fundadores de empresas emergentes que priorizan por encima de todo la búsqueda de financiación y apoyos económicos. “Estamos obsesionados con captar inversión. Parece que la gente escucha ‘inversor’ y dice… ‘¡yo quiero uno!’. Creo que hay que tener muchísima precaución”, recomienda. “Yo le echo la culpa a toda esta burbuja que hay respecto al emprendimiento. A los weekends, a los summits, allí te venden que te busques un socio, CTO, CFO y ‘palante’. Mucha gente se obsesiona con tener inversión y creo que muchas veces no se traslada la importancia de que un inversor no sea alguien que solo te ponga el dinero. Inversores buenos y con criterio tampoco abundan”, sentencia.

Mulero ha podido reponerse del golpe, tanto económicamente como moralmente, aunque reconoce que desde que le ocurrió aquello mira con lupa la posible entrada de cualquier business angel o fondo de capital riesgo en sus proyectos y prefiere autofinanciarse en la medida de lo posible. “Inicialmente no quieres montar nada, pero luego vuelves a intentarlo. Si tiene que caer tu startup, desde luego que no sea por eso”, aconseja.

La fundadora de auTICmo no duda de que “dejar entrar a ese inversor fue el error más grande que he podido cometer en mi vida. En la tercera startup en la que estoy metida estoy literalmente sola, en cuanto a inversión, y voy con pies super de plomo. Ahora estamos en una aceleradora y estamos planteándonos en un punto una inversión y, sinceramente, a día de hoy prefiero no crecer a que esto vuelva a pasarme porque te hunde tu startup”, asevera.