El parlamento del este de Libia ratificó esta semana, por unanimidad, el corredor marítimo con Turquía. El Mediterráneo oriental vuelve a estar en tensión. Y lo que me interesa no es el gesto político, sino el subsuelo: bajo esa franja de agua hay reservas de gas estimadas en varios cientos de miles de millones de dólares.
Turquía lo cerró en 2019 con el Gobierno de Acuerdo Nacional, el ejecutivo reconocido entonces por la ONU en el oeste del país, y el parlamento rival del este frenó el texto durante años. Ese veto acaba de desaparecer. La cámara oriental ha revertido su posición y ha dado cobertura política a un eje que ya no es solo turco-libio: Ankara mantiene hoy relaciones comerciales y militares con las dos mitades de Libia, incluido el entorno del mariscal Khalifa Haftar, al que suministra armamento y programas de formación. El Ministerio de Exteriores turco celebró la votación sin matices.
Grecia no ha tardado en responder. Atenas sostiene que el trazado ignora sus islas —Creta, Karpathos y Rodas— y que vulnera la zona económica exclusiva que reclama en torno a ellas. Su Ministerio de Exteriores calificó el memorando de nulo y subrayó que cuenta con el respaldo comunitario: Bruselas ya lo había declarado null and void por contravenir el Derecho del Mar y los derechos soberanos de terceros Estados.
Qué se reparten Turquía y Libia bajo el lecho marino
El texto dibuja una franja continua entre la costa sur de Turquía y la costa norte de Libia. Los detalles que importan:
- Alcance: el corredor enlaza ambas costas sin pasar por las aguas que Atenas atribuye a Creta, Karpathos y Rodas.
- Recursos: los descubrimientos recientes apuntan a reservas de gas natural valoradas en cientos de miles de millones de dólares, que Ankara y Trípoli quieren explotar de forma conjunta.
- Empresas: la petrolera estatal turca TPAO y la National Oil Corporation libia ya preparan planes de prospección sísmica frente a la costa libia.
- Reconstrucción: constructoras turcas han firmado contratos por miles de millones en la reconstrucción del país norteafricano, lo que refuerza el interés económico del acuerdo.
«I raised yesterday’s Libyan vote on a maritime MoU with Türkiye and stressed that it infringes upon the sovereign rights of third states.» — Kaja Kallas, alta representante de la UE para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad, publicación en X
La secuencia importa. Primero se firma, después se ratifica y solo entonces llegan las prospecciones. Cuando Turquía y Libia empiecen a extraer hidrocarburos de la franja en disputa, la fricción diplomática se convertirá en un contencioso con buques, plataformas y licencias sobre la mesa.
El Derecho del Mar no cierra la disputa: la complica
He repasado el marco jurídico que invocan ambas partes y el resultado es incómodo: ninguno de los dos relatos es aritméticamente falso. Grecia se apoya en la Convención de la ONU sobre el Derecho del Mar, cuyo artículo 121 concede zona económica exclusiva a las islas habitadas con vida económica propia. Cita además el fallo del Tribunal Internacional de Justicia de 2022 que condenó a Colombia por autorizar actividades pesqueras en aguas nicaragüenses: cuando los intereses se solapan, dictaminó La Haya, procede una delimitación equitativa que pondere litorales y condiciones geográficas.
Turquía no ha firmado nunca esa convención y, por tanto, no acepta el arbitraje de un tribunal de la ONU. Su argumento es geográfico: si cada isla griega frente a sus costas obtuviera una zona económica exclusiva completa, el país quedaría prácticamente encerrado en el Mediterráneo. No es una lectura extravagante, y ahí está el problema. Los propios especialistas en Derecho del Mar discrepan sobre qué sería un reparto justo en este caso concreto.
Lo que veo aquí es un vacío de arbitraje. Sin convención firmada, sin tribunal aceptado y sin reparto pactado, la única instancia que queda es la correlación de fuerzas.

Hay un segundo damnificado, y es europeo: el gasoducto EastMed, diseñado para transportar gas de Israel y Chipre hacia Grecia, sigue en fase de planificación. El corredor turco-libio cruza su trazado previsto, y Ankara ya ha advertido de que cualquier cable o tubería sobre su plataforma continental requiere su consentimiento. La consecuencia a medio plazo es una región partida en dos bloques energéticos y de defensa: el eje Turquía-Libia frente a una alianza respaldada por Bruselas con Grecia, Chipre, Egipto e Israel.
El hito que vigilo no es diplomático, sino técnico: la primera campaña sísmica conjunta de TPAO y la NOC frente a la costa libia. Ahí se sabrá si el corredor es un mapa o una realidad.
🌍 El impacto en España y Europa
Traduzco lo anterior a lo que afecta al lector español, sin exagerar el alcance.
- Euríbor e hipotecas: la conexión es indirecta. Un Mediterráneo oriental más tenso eleva la prima de riesgo energético de la eurozona y complica la desinflación; si el BCE retrasa recortes por ese motivo, el Euríbor a doce meses tarda más en bajar y las hipotecas variables acusan el retraso.
- Gas e inflación: el canal directo es el TTF neerlandés. Un pico del gas encarece la electricidad mayorista y presiona la cesta de la compra, con especial incidencia en el consumidor español.
- Empresas: las constructoras e ingenierías del IBEX con negocio en el norte de África compiten por la reconstrucción libia con rivales turcos ya instalados, y las compañías gasistas pierden opciones si EastMed se aparca.
- Política europea: Bruselas queda atrapada entre su discurso jurídico y su necesidad de rutas de gas alternativas. Eso inclina al BCE hacia la prudencia.




