La CNMV exigirá más responsabilidad a los influencers y estudia profesionalizar sus consejos en redes

El supervisor admite que buena parte de los creadores que dan consejos de inversión en redes no encaja en su perímetro de supervisión. El plan pasa por acuerdos con plataformas y por obligar a declarar quién paga.

La CNMV pide ‘más responsabilidad’ a los influencers y abre la puerta a profesionalizar su actividad. El supervisor bursátil quiere que el ahorrador que sigue consejos de inversión en redes sociales sepa quién le habla, cuánto cobra por hacerlo y qué respaldo tiene lo que dice.

No es una advertencia nueva. Lo nuevo es el tono. La Comisión Nacional del Mercado de Valores ha dejado de mirar a los creadores de contenido financiero como una anécdota del ecosistema digital y empieza a tratarlos como una pieza más del mercado. Carlos San Basilio, presidente del organismo, lo condensó en una frase que funciona como criterio: ‘Es fundamental que el inversor minorista tenga confianza en el sistema’.

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La traducción operativa de ese mensaje es más incómoda de lo que parece. Un creador debe distinguir cuándo informa y cuándo recomienda, advertir de sus conflictos de interés y no confundir entretenimiento con asesoramiento financiero. Tres reglas que, vistas en el timeline, no siempre se cumplen.

De la advertencia al estatuto del creador

El regulador no ha anunciado un registro ni un examen oficial. Habla de estudiar la profesionalización de una labor que hoy vive en un limbo: quien aconseja sobre dinero en redes no siempre es una empresa de servicios de inversión, no siempre está supervisado y, aun así, condiciona decisiones de ahorro reales. Ahí está el problema.

El terreno que preocupa al supervisor incluye los clubes de inversión, los grupos de pago con señales y los cursos que prometen rentabilidad sin explicar el riesgo. Cinco Días lo resumió con una fórmula difícil de mejorar: pagar para perder dinero. Prescripción personalizada, ánimo de lucro y ausencia de supervisión: el cóctel que la CNMV lleva meses señalando.

Un consejo de inversión no cambia de naturaleza porque se grabe en vertical: cambia la responsabilidad de quien lo da y la indefensión de quien lo sigue.

En paralelo, el supervisor ha abierto la puerta a colaborar con las grandes plataformas de redes sociales para reforzar la educación financiera. Es la parte amable del plan y, posiblemente, la única que puede desplegarse a corto plazo: si el algoritmo va a repartir contenido financiero de todos modos, mejor que una parte de ese contenido tenga detrás a alguien que responde ante un supervisor.

El negocio que casi nadie declara

El incentivo del creador no coincide con el del inversor. Un vídeo que dice ‘no inviertas en esto’ rinde menos que otro que dice ‘esto se va a multiplicar’. La afiliación con brókers, los enlaces con comisión, los cursos de pago y las comunidades de suscripción han convertido el consejo financiero en un producto de atención, y la atención se compra con promesas.

Ahí es donde el inversor minorista queda expuesto. El creador conoce su modelo de ingresos y el seguidor no. La mayoría de los creadores que vive de la afiliación no publica esas comisiones; el seguidor, mientras, solo ve el vídeo. Cuando algo sale mal, el rastro se borra con una publicación eliminada y una cuenta nueva.

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El problema no es el formato, es la rendición de cuentas

He cubierto suficientes presentaciones de resultados como para desconfiar de las soluciones que consisten en pedir responsabilidad sin decir a quién se le exige. La CNMV acierta en el diagnóstico y choca con un límite estructural: su perímetro alcanza a las entidades que prestan servicios de inversión, y buena parte de los influencers que mueven dinero no encaja en esa categoría. Sin encaje, la supervisión depende de la colaboración voluntaria.

El precedente europeo marca la dirección. El criterio que se ha ido imponiendo en el mercado único, con la Autoridad Europea de Valores y Mercados como referencia, es que una recomendación de inversión no deja de serlo por el canal que utiliza. El formato no altera la obligación. Si ese criterio se traslada al ámbito español con instrumentos concretos —guías interpretativas, exigencias de transparencia sobre remuneraciones, acuerdos con plataformas—, el sector tendrá que elegir entre profesionalizarse o convertirse en publicidad vigilada.

Hay una contradicción que no conviene barrer. Profesionalizar el consejo en redes puede expulsar a voces que hoy hacen divulgación honesta y gratuita, mientras deja intacto el negocio de quien opera desde jurisdicciones ajenas. La frontera entre educar y asesorar no la marca el número de seguidores; la marcan la intención y la contraprestación económica.

Mi impresión es que este debate se resolverá antes por la vía de la transparencia que por la de la prohibición. Obligar a declarar quién paga y cuánto cambia el comportamiento de un creador más que cualquier advertencia legal. Y a la CNMV le interesa hacerlo desde la pedagogía: una guía se lee, una sanción se recurre.

El próximo movimiento no será una norma, sino un criterio. Cuando ese criterio se publique sabremos si el supervisor apuesta por exigir o solo por recomendar. Hasta entonces, el ahorrador que sigue consejos de inversión en redes sociales tiene una sola protección real: preguntar cuánto gana quien le aconseja.


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