El mayor análisis de ADN antiguo de la península ibérica reconstruye 243 biografías genéticas entre los siglos I y VIII. El resultado incomoda a la intuición: Roma movió mucha más gente que los visigodos.
Firman el trabajo el Instituto de Biología Evolutiva (IBE), centro mixto del CSIC y la Universitat Pompeu Fabra, el Museu de Ciències Naturals de Barcelona, la Universidad de Harvard y la Universidad del País Vasco. Lo publica la revista Cell. Es el primer retrato genético sistemático y a gran escala de la Hispania romana, tardoantigua y visigoda: un mapa de vecinos, no de reyes.
Los números son toscos y elocuentes. De 66 individuos del periodo imperial, 55 —el 83%— presentaban alguna ascendencia vinculada al Mediterráneo oriental, sobre todo a Anatolia, la actual Turquía.
Ocho de cada diez. En una franja que iba de Gallaecia a Baetica y que hoy reparte provincias entre tres países.
La huella italiana, en cambio, resulta casi anecdótica: solo ocho de 269 individuos de épocas romana y tardoantigua mostraban afinidad con Italia o el Mediterráneo central. Conviene no leerlo como un censo de pasaportes. El ADN dibuja parecidos entre poblaciones, no lugares de nacimiento; cualquiera de esos individuos pudo embarcar en Ostia después de dos generaciones en la Galia.
El imperio no exportaba italianos: movía personas de un extremo a otro de un territorio con tres continentes y las mezclaba durante siglos.
Carles Lalueza-Fox, director del Museu de Ciències Naturals de Barcelona y corresponsable del estudio, admite que el patrón desconcierta —curiosamente, este resultado ya se ha encontrado en Italia o en los Balcanes— y recuerda que, con la excepción de Roma, algunas de las ciudades más pobladas del Imperio estaban en Oriente, como Éfeso, Antioquía o Alejandría. El flujo, dice, debía de ser constante.
La explicación encaja con la geografía imperial. Puertos y calzadas funcionaban como un sistema circulatorio que bombeaba comerciantes, soldados, funcionarios y esclavos de una punta a otra del mundo romano. Que Hispania recibiera sobre todo gente de Anatolia no es una rareza local: el mismo patrón aparece en otros puntos del Mediterráneo.
Antes de la conquista islámica, el norte de África ya había dejado una impronta profunda. En el sureste peninsular, 33 de 34 individuos romanos presentaban ascendencia norteafricana, con una contribución media del 27%. En la basílica cristiana de Cortijo Coracho, cerca de Lucena (Córdoba), apareció en 30 de 31 personas. Allí se identificó una familia de 16 miembros repartida en cuatro generaciones. Comunidades asentadas, no visitantes de paso.
Cómo se lee un origen en un hueso de dos mil años
El equipo trabajó sobre huesos y dientes recuperados en excavaciones arqueológicas. Extrajo fragmentos de ADN y comparó sus variantes con las de poblaciones antiguas de medio continente. Añadió 35 nuevas dataciones por carbono 14 para fijar la antigüedad de restos que flotaban en el tiempo.
La escala ayuda a entender lo que se ha hecho. Entre el siglo I y el VIII transcurren unos 700 años, es decir, unas 28 generaciones. Cada genoma analizado corresponde a una persona que nació, trabajó y murió en un lugar concreto; leerlos juntos equivale a levantar un censo con veintiocho relevos.

Dos hermanos enterrados a 725 kilómetros y tres princesas suevas
Entre los 243 genomas hay una historia que se lee como un relato de viaje. Dos hermanos con ascendencia del centro y norte de Europa acabaron sepultados a 725 kilómetros de distancia: ella en Hostalot-Ildum (Castellón), junto a la Vía Augusta y con dos alfileres de oro entre los ajuares; él en una necrópolis de Mérida. Es una distancia mayor que la que separa Madrid de Barcelona, y aún sobra un trecho. Probablemente fueron inmigrantes de primera generación, aunque se desconoce la ruta que siguieron.
En Mérida aparecieron además tres jóvenes enterradas con joyas de tradición germánica, conocidas como las princesas suevas. Una de ellas tenía ascendencia local. Su ajuar, en cambio, hablaba de una élite llegada de fuera. Pablo Carrión, primer autor del estudio, subraya en el comunicado del centro que una identidad vinculada a grupos migrantes —visigoda o sueva— no implicaba necesariamente origen extranjero: también se adquiría mediante alianzas familiares, políticas y culturales.
La entrada de suevos, vándalos y alanos en el 409 y la consolidación del reino visigodo dejaron, eso sí, rastro genético. En 53 de 164 individuos de aquel periodo aparece ascendencia del centro y norte de Europa, sobre todo en tumbas de élite. La contribución se estima entre el 12% y el 22% según la región y el contexto social; la mayoría conservó el perfil diverso heredado de Roma.
Una Iberia más diversa que la actual y una pregunta abierta
El hallazgo obliga a matizar un lugar común. En Britania y en los Balcanes, las migraciones posteriores al dominio romano reconfiguraron la población de forma mucho más profunda; en Hispania, la estructura demográfica resistió. Eso no convierte a los visigodos en una anécdota: reordenaron el poder, la lengua administrativa y la cultura material. Simplemente no sustituyeron a la gente. La historia política y la historia de los cuerpos corrieron por caminos distintos, y ese desacople es, a mi juicio, lo más valioso del trabajo.
Hay dos cautelas que conviene poner sobre la mesa. La primera es metodológica: la ascendencia genética indica parecido con poblaciones de referencia, no una ruta migratoria, de modo que un individuo con afinidad anatolia pudo nacer en Tarraco. La segunda es cronológica: el estudio cubre los siglos I al VIII y deja fuera el tramo que explicaría por qué la península actual es genéticamente más homogénea que la tardoantigua. Lalueza-Fox apunta a la Reconquista y a los últimos siglos como causas probables, pero lo sitúa en el terreno de la hipótesis, no del resultado.
El equipo ya trabaja en el periodo islámico con cientos de genomas procedentes de decenas de yacimientos. Ahí se juega la siguiente pieza del rompecabezas: cuándo, cómo y cuánto se mezcló una península que fue de las más cosmopolitas del imperio. Sobre el contexto histórico de ese periodo, la entrada de Hispania en Wikipedia sirve como punto de partida. La conclusión provisional del investigador es difícil de discutir: por su posición geográfica, la península ibérica tiene una historia genética más compleja que otras regiones de Europa.
🔬 Ficha del Descubrimiento
- Qué se ha descubierto: el análisis de 243 genomas antiguos demuestra que la inmigración llegada con Roma transformó la población de la península ibérica mucho más que las migraciones germánicas posteriores.
- Dónde: yacimientos de la península ibérica, entre ellos Hostalot-Ildum (Castellón), Mérida (Badajoz) y Cortijo Coracho, en Lucena (Córdoba).
- Institución responsable: Instituto de Biología Evolutiva (IBE, CSIC-UPF), Museu de Ciències Naturals de Barcelona, Universidad de Harvard y Universidad del País Vasco, con publicación en la revista Cell.
- Cuándo: estudio publicado en octubre de 2026; los restos analizados abarcan del siglo I al VIII.
- Impacto a futuro: reordena el peso real de las migraciones históricas en el genoma europeo y abre el análisis genético del periodo islámico peninsular.




