Donald Trump ya no esconde hacia dónde empuja. En los últimos días Washington ha redoblado la presión sobre Kiev para que se siente a negociar con Moscú y, casi al mismo tiempo, ha ido retirando piezas del apoyo que mantenía en pie al ejército ucraniano. El colofón sería una cumbre a tres bandas entre Putin, Xi Jinping y el propio Trump para decidir el futuro de la guerra. Sin Ucrania en la mesa. Y sin Europa.
El análisis es de DW Español, que en su programa del miércoles 21 de octubre de 2026 reunió a la investigadora Ana Solís, de la Universidad de las Fuerzas Armadas Alemanas, y al analista Argemino para desentrañar qué hay detrás de ese movimiento. La conclusión que comparten ambos es incómoda: no estamos ante un bache táctico, sino ante un cambio de época.
De las sanciones al Starlink: las señales del abandono
El inventario que hace el programa es elocuente. Trump ha levantado sanciones al combustible ruso. El sistema satelital Starlink, del que depende buena parte de la coordinación militar ucraniana, dejo de operar con normalidad. Se interrumpió de forma temporal el flujo de inteligencia y se retrasaron entregas de armas. A eso se suma la invitación cursada a Putin para el G20 que Estados Unidos celebra este año en Florida, mientras a Zelenski, según el relato del espacio, no se le espera. Son gestos concretos, con efectos medibles sobre el terreno.
Solís no reduce todo al calendario electoral. Admite que las elecciones de medio mandato del 3 de noviembre pesan —Trump podría perder la mayoría en ambas cámaras y necesita algo que vender—, pero sostiene que el giro es estructural y responde a dos realidades. La primera, constatable: el peso relativo de Estados Unidos ya no es el de la Guerra Fría, y Washington prefiere concentrarse en su propio continente y en el Asia-Pacífico antes que proyectar fuerza en Europa. La segunda es más instintiva: el presidente lee el mundo como un reparto entre víctimas y depredadores, da la guerra de Ucrania por perdida y cree que cuanto antes se cierre, mejor.
Argemino añade matices: el abandono viene de lejos, de los primeros compases de la administración, y lo que ha cambiado en las últimas semanas es la velocidad. Forzar un armisticio antes de noviembre encajaría con la lógica de quien gobierna pensando en el titular del día siguiente.
El orden de 1945 se desmonta desde dentro
El analista enumera los indicadores que, a su juicio, dibujan algo mayor que una disputa bilateral. Estados Unidos ha salido de una treintena larga de organismos de Naciones Unidas, acumula una deuda de más de 4.000 millones de dólares con la organización, presiona y sanciona al Tribunal Penal Internacional, se retira de estructuras de mando de la OTAN y recorta el intercambio de inteligencia. La lectura es que Washington está desmantelando el sistema que él mismo diseñó en 1945, y que pasa de una estrategia marítima de reglas y comercio abierto a un continentalismo de viejo cuño: control de territorio, recursos y tributo. De ahí la idea de un G3, un mundo repartido en esferas de influencia entre Estados Unidos, China y Rusia.
Estados Unidos no está corrigiendo el orden que creó en 1945: lo está abandonando, y con él la lógica de reglas que sostuvo su propia hegemonía.
— Argemino, analista, en DW Español
Yalta, un espejo que no termina de encajar
La comparación con la conferencia de febrero de 1945 en Crimea circula desde hace meses. Roosevelt, Churchill y Stalin se repartieron entonces el mapa de la posguerra. Solís señala los parecidos y, sobre todo, las diferencias. En Yalta se negociaba el final de una guerra todavía en curso y los derrotados no tenían asiento. Aquí, en cambio, el invasor entraría por la puerta principal y se sentaría entre los vencedores.
Hay además un asunto que en 1945 no existía: el arsenal nuclear chino, en expansión y sin mecanismos de control ni información verificable. Para la investigadora, esa es una razón de peso para sentarse a hablar, pero también un recordatorio de que ningún acuerdo sobre Ucrania puede cerrarse sin Ucrania y sin los europeos en la sala.
China, la gran beneficiaria de la cumbre
La propuesta de la cita tripartita, según el Wall Street Journal citado en el programa, la puso Putin sobre la mesa en una llamada del 9 de octubre. El marco elegido sería la cumbre del APEC que China acoge este año en Shenzhen, con fechas que se barajan para el 18 y el 19 de noviembre. Trump se ha mostrado abierto a participar.
Para Solís, el movimiento es redondo para Pekín. No solo ejerce de anfitrión: se coloca como mediador global entre Washington y Moscú, un papel que ningún otro actor puede ofrecer hoy. La paradoja, subraya, es que quien le regala ese protagonismo es la propia administración que dice querer frenar el liderazgo chino.
Taiwán, la incógnita que nadie quiere nombrar
Argemino apunta el coste oculto del reparto. Si se tolera que Rusia se quede con Ucrania, el mensaje que llega a Pekín sobre Taiwán es difícil de matizar. Recuerda que Trump volvió a la presidencia en 2025 con retórica dura hacia China, que en abril de ese año impuso aranceles masivos en su bautizado como ‘día de la liberación’ y que Pekín respondió con firmeza; después, el tono se ablandó hasta culminar en una visita de Estado a China y en un recibimiento con alfombra roja a Xi Jinping en Washington.
El detalle que el analista considera revelador: Putin es, probablemente, el único líder mundial al que Trump no ha criticado nunca. Cuando propuso la cumbre, sabía que jugaba en terreno psicológico favorable. Un Trump flanqueado por dos autócratas que dominan sus respectivas regiones, y con la posibilidad de pasar a la historia, es un Trump previsible.
Qué significa todo esto para Europa
Para el lector europeo, el diagnóstico del programa no es una discusión académica. Si la hipótesis del G3 se consolida, la seguridad del continente deja de descansar en una alianza con garantías y pasa a depender de la capacidad propia de disuasión, del gasto en defensa y de la cohesión interna. Las cancillerías llevan meses preparándose para ese escenario; lo que el espacio describe es la versión acelerada del mismo, con Ucrania como moneda de cambio y con el calendario electoral estadounidense marcando el ritmo.
Hay además un problema de método que conviene no pasar por alto. Una negociación sobre Ucrania sin Ucrania, y sin los países que sostienen su economía y su ejército, puede producir un alto el fuego; difícilmente producirá una paz que se sostenga. Lo advierte Solís y merece retenerse: los acuerdos de reparto suelen durar lo que tarda el siguiente actor fuerte en revisarlos.
Queda la pregunta de fondo, la que el programa deja flotando: si el orden que conocimos se está cerrando, ¿quién define las reglas del siguiente? Y, sobre todo, ¿con qué voz contará Europa cuando llegue el momento de firmar? Por ahora, la respuesta se decide en llamadas telefónicas entre tres capitales.
Puedes ver el análisis completo en el vídeo original de DW Español en YouTube.




