Europa no vive una crisis de confianza, sino de crecimiento. Esa es la idea que vertebra la entrevista que Juan Ramón Rallo concedió a Neura, en la que describió un continente con el malestar repartido por las calles, un epicentro visible en Francia y una explicación de fondo que incomoda: quince años de economía estancada, Estados sobredimensionados y una inflación que lleva tiempo devorando el poder adquisitivo de las clases medias.
Rallo no anuncia un derrumbe. Describe algo más lento y más corrosivo, y lo hace con la cautela de quien distingue entre el corto y el largo plazo: la economía europea puede revertir su suerte en veinte o treinta años, pero hoy no tiene ni crecimiento ni margen fiscal para sostener el modelo de bienestar que prometió.
Quince años de estancamiento que nadie quiere mirar
El punto de partida del economista es que la economía europea está estancada desde 2008 y que no hay señales de que vaya a dejar de estarlo. La causa, según sostiene, no es la falta de talento ni de capital, sino la hiperregulación económica que los Estados han ido tejiendo durante más de una década, con la Comisión Europea como coordinadora de ese giro intervencionista.
A eso se suma el final de una fiesta monetaria. Los Gobiernos se acostumbraron a endeudarse con tipos de interés bajos que parecían eternos y ahora se enfrentan a la obligación de frenar la emisión de deuda justo cuando la sociedad está más empobrecida. El resultado, tal y como lo plantea, es una trampa: sin crecimiento y sin margen fiscal, la red de seguridad que debía proteger a la clase media no llega a cubrir el deterioro.
Sobre ese deterioro se construyó el relato del modelo social europeo: impuestos altos a cambio de cohesión y protección de última instancia. El problema, apunta Rallo, es que ese contrato se firmó con una promesa implícita de prosperidad y de rescate en caso de necesidad, y hoy ninguna de las dos cosas se cumple.
Francia no es el paraíso del neoliberalismo salvaje
El caso francés le sirve para desmontar una narrativa. Mientras la izquierda presenta los disturbios como reacción a la austeridad y al neoliberalismo, el entrevistado responde con un dato que, asegura, no admite discusión: el gasto público galo equivale al 57% del PIB y, lejos de recortarse, ha seguido creciendo. Habla, sin matices, de uno de los sectores públicos más grandes del planeta.
Europa lleva quince años estancada y, cuando se acaba el dinero barato, el Estado gigante ya no puede compensar el empobrecimiento de la clase media.
— Juan Ramón Rallo
De ahí extrae la conclusión central de su análisis: el malestar no nace de un exceso de recortes, sino de un Estado enorme que regula de más, grava mucho y devuelve a cambio un crecimiento que no llega. La frustración de la juventud francesa, sostiene, es razonable en su punto de partida aunque muchas de las respuestas que se le ofrecen no lo sean.
La inflación importada y el final del dinero barato
No todo el descontento tiene origen interno. Rallo reconoce que una parte de la inflación llega de fuera: los desequilibrios de Estados Unidos, que exporta inflación; la guerra de Rusia contra Ucrania y la ruptura con la energía rusa barata a la que la industria europea se había acostumbrado; y la guerra en Irán como foco añadido de encarecimiento energético. A ello suma una industria que no es competitiva frente a China.
Ese cóctel golpea a un continente que no crece, y con los precios al alza el empobrecimiento se hace visible en la cesta de la compra. La cuestión que deja sobre la mesa es incómoda: cuando el malestar es compartido casi en todos los países, la tentación de las élites políticas locales de capitalizarlo resulta enorme.
España: el descontento contra el propio Gobierno
El economista descarta la tesis del plan maestro continental, pero sí observa una instrumentalización consciente. La izquierda política, afirma, ha detectado una indignación legítima y trata de canalizarla en su beneficio, primero en Francia, donde está en la oposición, y después por imitación en otros países.
El caso español le parece, en sus propias palabras, esquizofrénico. En España gobiernan la izquierda y la extrema izquierda, de modo que organizar protesta callejera contra el Ejecutivo obliga a un ejercicio de contorsionismo. Menciona la huelga general de noviembre, presentada desde el propio Gobierno como una protesta contra la oposición, y recuerda que los sindicatos no convocaron ninguna durante los años de coalición con Podemos.
Vivienda: faltan 800.000 pisos, no sobran propietarios
El asunto de la vivienda merece capítulo aparte. Según los datos que maneja, en los últimos cinco años se han constituido en España alrededor de 1,3 millones de hogares nuevos mientras el parque de vivienda crecía en 500.000 unidades. La resta deja un déficit de 800.000 viviendas que deberían haberse construido y no se hicieron.
Sobre esa escasez se apoya su lectura del mercado: cuando la demanda crece mucho más que la oferta, el precio sube. Y añade un matiz que suele pasar desapercibido: los cálculos ni siquiera contabilizan a quienes habrían querido emanciparse y no pueden, porque el alquiler ha pasado de pisos completos a habitaciones compartidas por familias enteras. Las recetas que se proponen desde el intervencionismo, advierte, agravarían el problema en lugar de resolverlo.
Del informe Draghi a la factura que pagará el lector
El diagnóstico de Rallo no flota en el vacío. El informe Draghi, publicado en septiembre de 2024, ya advirtió de que la Unión Europea se encamina hacia una agonía lenta si no moviliza cientos de miles de millones al año en inversión y productividad. Y la serie estadística acompaña: la inflación de la eurozona llegó a superar el 10% en octubre de 2022 y el Banco Central Europeo respondió subiendo los tipos hasta el 4% en 2023, encareciendo de golpe la deuda de unos Estados que llevaban una década financiándose barato. A corto plazo sin embargo, el margen de maniobra es estrecho.
Para el lector europeo la implicación es doble. Primero, el deterioro del poder adquisitivo no es un episodio pasajero vinculado a una guerra concreta, sino el resultado acumulado de un modelo que apostó por el gasto corriente y la regulación en lugar de por la inversión y la oferta. Segundo, el espacio político para corregirlo se estrecha cada año: cuanto más alta es la deuda, menos margen hay para bajar impuestos o para compensar a los más vulnerables, y cuanto más se interviene el mercado de la vivienda o el energético, más se desincentiva la producción de lo que falta.
La paradoja que describe el entrevistado es que el descontento ciudadano, siendo legítimo, está siendo dirigido hacia las políticas que lo provocaron. Eso convierte el próximo ciclo electoral europeo en algo más que una disputa partidista: es la discusión sobre si el continente acepta crecer de otra manera o sigue administrando el declive con retórica redistributiva.
Queda una pregunta abierta. Si el estancamiento dura ya tres lustros y el dinero barato no va a volver, ¿qué partido europeo se atreverá a explicar a su electorado que la salida no pasa por gastar más, sino por producir mejor? La respuesta, de momento, la sigue dando la calle.
Puedes ver la entrevista completa en el siguiente vídeo:




