Casi 1.000 petroleros: así esquiva la flota fantasma rusa el tope del G7

Cerca de un millar de buques, muchos sin mantenimiento, mueven alrededor del 52% del petróleo ruso y sortean el tope de 60 dólares por barril. DW Español analiza cómo funciona ese mercado paralelo y qué precio paga el resto del mundo.

Hay una flota que no aparece en los registros oficiales, que cambia de bandera como quien cambia de camisa y que, aun así, mueve más de la mitad del petróleo que Rusia pone en el mar. DW Español le puso cifra en su último repaso económico: cerca de un millar de buques. La llamada flota fantasma rusa se ha convertido en la infraestructura paralela que sostiene las exportaciones de crudo del Kremlin mientras esquiva el tope de precios del G7.

Casi mil buques fuera del radar oficial

En su análisis, el canal alemán explica que los armadores rusos evitan navegar bajo pabellón propio precisamente para no quedar expuestos a las restricciones del G7. Esa decisión —banderas de conveniencia, propietarios interpuestos, sociedades pantalla en jurisdicciones laxas— es lo que da forma a un conjunto de barcos que rara vez se parece a la imagen clásica de una marina mercante ordenada. DW Español calcula que son alrededor de mil unidades.

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La antigüedad es el hilo que une a buena parte de esa flota. El reportaje no lo esconde: muchos de los buques están mal mantenidos y algunos son, literalmente, cascos oxidados al borde de la jubilación. Son buques al final de su vida útil. Desde el punto de vista contable ya habrían amortizado su valor; desde el punto de vista del riesgo, siguen navegando con carga y tripulación a bordo.

El tope del G7 y la compra con descuento

El mecanismo que diseñaron las democracias industrializadas no prohíbe comprar crudo ruso: obliga a comprarlo barato. Quien se acoge al sistema oficial solo puede pagar hasta el umbral fijado, en torno a los 60 dólares por barril, si quiere seguir usando seguros y servicios marítimos occidentales. La flota fantasma rusa existe para los compradores dispuestos a pagar por encima de ese tope, pero por debajo del precio medio internacional. Un margen que, visto desde el puerto de destino, se parece bastante a una ganga.

De ahí la relevancia del cálculo que ofrece DW Español: esa flota paralela movería alrededor del 52% del petróleo ruso, en su mayoría crudo y, en menor proporción, productos refinados. Más de la mitad de la exportación marítima rusa viaja por un canal que ni el G7 ni Bruselas controlan del todo.

La flota fantasma rusa transporta cerca de la mitad del crudo que Rusia vende al mundo, y lo hace con barcos que en muchos casos ya agotaron su vida útil económica.

— DW Español

Del 3,25 al 3,78 millones de barriles diarios

Los volúmenes físicos ayudan a entender por qué el mecanismo no se ha desmoronado. Según el análisis del canal, en 2022 el promedio de crudo ruso transportado por mar rondaba los 3,25 millones de barriles diarios; en agosto de 2026 la cifra habría llegado a 3,78 millones de barriles. La producción petrolera del país ha bajado ligeramente desde el inicio de la invasión de Ucrania, pero el crudo que sale por agua se ha mantenido firme e incluso ha crecido. El régimen de sanciones no ha secado el grifo: lo ha redirigido.

Refinerías atacadas y menos diésel de alto valor

El punto débil no está en los pozos, sino en las plantas de proceso. DW Español señala que, desde que el ejército ucraniano intensificó sus ataques contra refinerías, la producción de derivados ha caído alrededor de un 10%. Ese golpe se traduce en menos gasolina y menos diésel, los productos de mayor valor añadido, y empuja a Moscú a colocar en el mercado exterior un crudo que antes transformaba en casa. Vender más barato lo que podría venderse procesado equivale a perder dos veces: en margen y en divisas.

Chatarra oxidada con tripulación a bordo

Hay un coste que no aparece en las estadísticas de ingresos ni en los informes de aduanas. El reportaje insiste en los riesgos que asume la gente que trabaja en esos cascos y en el peligro ambiental de mantener en circulación buques sin mantenimiento adecuado. Un vertido en una ruta comercial concurrida no distingue entre sanciones, banderas ni propietarios. Es el tipo de externalidad que nadie factura hasta que ocurre, y entonces la paga el litoral más cercano.

El contexto: cuatro años de parcheo del tope

El precio máximo al crudo ruso entró en vigor a finales de 2022, coordinado por el G7, la Unión Europea y Australia, con el objetivo declarado de recortar ingresos al Kremlin sin retirar barriles del mercado. Cuatro años después, el diagnóstico que ofrece DW Español es agridulce: el crudo sigue fluyendo, Moscú ingresa menos por unidad pero coloca más volumen por vía marítima, y buena parte de ese comercio se ha desplazado a compradores asiáticos y a una intermediación opaca de seguros, agentes y sociedades instrumentales. El boletín del canal incluye otros asuntos de la semana —la demanda de un importador estadounidense contra los aranceles a Canadá, la cumbre de inversiones en Berlín, los 16.000 millones de Amazon en Alemania—, pero el bloque del petróleo es el que mejor retrata la economía de guerra.

Qué gana y qué pierde el mercado global

Conviene separar dos planos. En el corto plazo, el crudo ruso barato funciona como amortiguador: ayuda a que no falte oferta en un mercado tensionado y contribuye a contener las cotizaciones, algo que se nota en la factura energética de hogares y empresas fuera de Rusia. Ese es el argumento que explica por qué tantos países, empezando por los propios socios del G7 en su condición de consumidores, no tienen prisa por cerrar el grifo del todo.

El envés es político. Como denuncian varias capitales, cada barril colocado por encima del tope y por debajo del precio medio alimenta la maquinaria militar rusa y, de paso, normaliza una zona gris marítima donde el seguro, la trazabilidad y el cumplimiento normativo se diluyen. Ahí aparece el dilema que el reportaje deja flotando: endurecer la vigilancia sobre seguros y servicios de navegación encarecería el transporte y presionaría el precio final; mirar hacia otro lado convierte el tope en un gesto retórico. La flota, mientras tanto, envejece. Y esa es la paradoja central: el mismo mecanismo que hoy sostiene las exportaciones rusas es el que acumula papeletas para el próximo accidente.

Toda guerra económica acaba fabricando sus propias estructuras de elusión, y esta tiene forma de petrolero sin lustre. La pregunta que queda sobre la mesa no es si la flota fantasma rusa puede desaparecer, sino cuánto tiempo más puede seguir navegando antes de que un casco demasiado viejo, una póliza demasiado falsa o una marea demasiado negra la pongan en el centro de la actualidad por motivos que nadie querrá contar.

Puedes ver el análisis completo en el vídeo original de DW Español en YouTube.


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