Ethereum se ha quedado con una de cada tres monedas del negocio de la tokenización. La red concentra alrededor del 33% del mercado de activos del mundo real tokenizados, un segmento valorado en 65.000 millones de dólares que ha engordado un 44% desde los 45.000 millones con los que arrancó el año, según los datos que maneja CoinMarketCap.
Conviene aclarar el término antes de seguir. Los activos del mundo real —conocidos como RWA por sus siglas en inglés, real-world assets— son representaciones digitales de cosas que existen fuera de la cadena: deuda pública, pagarés de empresa, fondos del mercado monetario, inmuebles o carteras de crédito. Tokenizarlos significa convertir cada participación en un título digital que se puede comprar, vender o usar como garantía en segundos y sin horario de oficina.
El mapa del negocio: Ethereum lidera, Provenance acecha y tres cadenas empatan al 6%
El liderazgo de Ethereum no es simbólico. La red ofrece liquidez profunda, contratos inteligentes probados durante años y una familiaridad que el resto no tiene entre las gestoras tradicionales. Cuando un fondo decide sacar un producto tokenizado, la ruta con menos fricción sigue siendo la misma que eligió BlackRock en su día.
Detrás aparece Provenance Blockchain, con cerca del 27% de la cuota. No es una cadena de propósito general: nació enfocada a servicios financieros y buena parte de su actividad la aporta Figure Lending, lo que le da volumen pero también una dependencia muy concentrada en un solo emisor. El resto del mapa está mucho más repartido: BNB Chain, XRP Ledger y Solana rondan el 6% cada una, y las tres han acelerado en infraestructura y en captación de emisores con perfil institucional.
Por qué el reparto fragmentado deja la puerta abierta a un vuelco
Ninguna cadena ha ganado todavía. Ese es el dato que más debería importar a quien sigue esta carrera de cerca. El mercado está troceado y eso significa que las cuotas pueden moverse rápido si una plataforma acierta en las tres variables que miran los emisores: herramientas de cumplimiento normativo, finalidad de la liquidación y estructura de costes.
Hay un contrapeso, y es la razón por la que el sector no se ha convertido en un sálvese quien pueda. La liquidez de los RWA es de las más pegajosas del ecosistema cripto. Una vez que una gestora ha montado su infraestructura en una cadena, cambiar de base implica auditorías, integraciones y meses de trabajo. El coste de salida es alto y la ventaja del primero que llega se acumula ejercicio tras ejercicio.
Ganar la primera institución no da una renta puntual: da un contrato de custodia que se renueva solo cada año.
Por eso las cadenas están gastando en desarrollo de negocio como si fuera una campaña electoral. Buscan emisores, no usuarios. Y lo hacen con una lógica distinta a la del ciclo de 2021, cuando el reclamo eran los rendimientos de la agricultura de liquidez y no la capacidad de liquidar un bono corporativo con trazabilidad. La mayoría de los emisores prefiere una sola base tecnológica antes que repartir su producto estrella entre cinco redes distintas.
El ritmo también merece una lectura pausada. Un 44% de crecimiento en lo que va de año sería excepcional en cualquier otro mercado; en cripto, simplemente no ha sido el tema del año. La conversación la han copado los flujos de los ETFs y las discusiones sobre el precio del ether, mientras el negocio menos ruidoso —el que firma contratos con gestoras de fondos— crecía por encima del 40%.
Lo que Ethereum aprendió de DeFi y de los ETFs: la infraestructura pesa más que el precio
Este patrón no es nuevo en Ethereum, solo cambia el escenario. En el verano de 2020, el llamado DeFi summer —la explosión de protocolos que permitían prestar, pedir prestado e intercambiar sin intermediarios— demostró que el capital se queda donde están los contratos que funcionan. En marzo de 2024, el upgrade Dencun, la actualización que introdujo espacios de datos más baratos para los rollups (las redes de segunda capa que procesan transacciones fuera de Ethereum y luego las resumen en ella), confirmó que la capa base podía ser el libro mayor sin necesidad de ejecutar cada operación. Y en julio de 2024, la aprobación de los ETFs spot de ether abrió la puerta institucional de par en par.
La diferencia ahora es que el cliente ya no es un operador de cripto, sino un gestor de fondos que necesita cumplir con MiCA, justificar una auditoría y explicar a su comité de riesgo dónde se produce la liquidación final. Eso favorece a las redes con historial, pero también a las que ofrezcan herramientas de cumplimiento a medida. Ahí es donde Provenance, con su enfoque de cadena sectorial, puede recortar distancias sin necesidad de ganar la batalla del marketing.
El riesgo para Ethereum tiene dos caras y ninguna es espectacular. La primera es la concentración: buena parte del negocio de tokenización depende de un puñado de emisores y de una infraestructura de rollups que todavía está en manos de pocos operadores. La segunda es la complacencia. Si el mercado se fragmenta y los emisores empiezan a repartir productos entre dos o tres cadenas, la cuota del 33% se convierte en un suelo cómodo del que nadie presume.
Lo que viene se decidirá en las mesas de desarrollo de negocio, no en el gráfico de precio del ether. Conviene seguir dos pistas concretas: cuántos emisores nuevos eligen Ethereum para su primera emisión —no la segunda ni la tercera— y si el valor total del mercado mantiene el ritmo del 44% anual. Si alguna de las dos se rompe, el liderazgo deja de ser un hecho y pasa a ser una hipótesis. Todo lo demás es ruido de cotización.




