El telescopio James Webb ha detectado en el cúmulo estelar IC 348 objetos de masa joviana extrema. Algunos pesan apenas dos veces lo que Júpiter, y son las enanas marrones menos masivas que se conocen. Con ellos, la astronomía se asoma al borde donde una estrella fallida se confunde con un planeta.
La imagen, difundida por la ESA dentro de su serie Imagen del Día, no es un retrato más de una guardería de estrellas. Es un censo de lo que la naturaleza puede fabricar con muy poco material. IC 348 está a unos 1.000 años luz, dentro de la nube molecular de Perseo, una reserva de gas y polvo frío donde la gravedad convierte grumos densos en estrellas nuevas.
A esa distancia, la luz que hoy recoge el Webb emprendió su viaje hacia el año 1026, cuando en la península Ibérica se desmoronaba el califato de Córdoba. Mil años de travesía.
En la escena conviven varias etapas del mismo proceso: estrellas jóvenes ya formadas, objetos aún en construcción, y enanas marrones. Estas últimas son las que complican el relato.
Enanas marrones: estrellas que nunca llegaron a encenderse
Una enana marrón nace como nace una estrella, del colapso gravitatorio de una nube de gas y polvo. Pero nunca alcanza la masa necesaria para sostener la fusión del hidrógeno en su núcleo. Se queda a medio camino. Durante décadas, el límite se situó en torno a las ochenta masas jovianas.
El censo del Webb empuja esa frontera muy por debajo. Los objetos más ligeros de IC 348 rondan las dos masas jovianas, un territorio que hasta hace poco se consideraba patrimonio exclusivo de los planetas. Júpiter, para dar la escala, ya es 318 veces la masa de la Tierra.
Un objeto con el doble de la masa de Júpiter no debería poder nacer como nace una estrella. Y sin embargo, ahí está.
De ahí el desconcierto. Un planeta se forma en el disco de material que rodea a una estrella joven, acumulando gas sobre un núcleo sólido. Una enana marrón surge del colapso directo de una nube. Si el objeto pesa dos masas jovianas, esa nube tenía que ser minúscula.
Y las nubes minúsculas lo tienen difícil. Para que el colapso llegue a buen término, el material debe desprenderse del calor que genera al comprimirse. Cuanto menor es la masa, más fácil resulta que la nube se desinfle o que la radiación de estrellas vecinas la disperse antes de cuajar.
Por qué el infrarrojo ve lo que otros telescopios no encuentran
La cámara de infrarrojo cercano del Webb, NIRCam, es la responsable de la hazaña. El infrarrojo atraviesa buena parte del polvo que bloquea la luz visible, de modo que el telescopio distingue objetos fríos y tenues que otros instrumentos no llegan a separar del fondo. La sensibilidad del detector permitió bajar hasta el extremo inferior de la distribución.

Aunque el titular lo acaparen las enanas marrones, la imagen guarda otra historia en su esquina superior derecha. Allí se ven protoestrellas, cuerpos aún muy jóvenes que siguen recogiendo material. Algunas lanzan chorros estrechos de materia a gran velocidad.
Chorros, choques y gas incandescente
Cuando esos chorros chocan contra el gas cercano, la colisión calienta el material y lo hace brillar. Son los objetos Herbig-Haro, manchas luminosas que delatan la actividad de una estrella en plena construcción y que cambian de forma en escalas de tiempo cortas.
La formación estelar es un proceso con pérdidas. No todo el gas que cae hacia el núcleo se queda: los campos magnéticos y los discos en rotación canalizan parte de la materia hacia fuera en chorros que devuelven energía a la nube. IC 348 muestra el antes y el después de ese mecanismo en una sola imagen.
Lo que estos objetos exigen a los modelos de formación
Conviene separar el dato de la interpretación. La detección es sólida: los objetos están ahí y son extraordinariamente tenues. La masa, en cambio, se deduce combinando el brillo observado con modelos de atmósferas de cuerpos muy jóvenes, y ahí vive la incertidumbre. Un margen de error generoso puede mover un cuerpo de dos a cuatro masas jovianas sin que la imagen cambie un píxel. La espectroscopía de seguimiento sería la que zanjara la duda, aunque estos objetos son tan débiles que el examen se antoja complicado.
Aun con esa cautela, el hallazgo tiene consecuencias. Si la formación estelar puede producir objetos de dos masas jovianas, la pregunta deja de ser dónde está el límite y pasa a ser si existe alguno. La respuesta, probablemente, no sea una línea limpia. La frontera entre planeta y estrella fallida es una categoría humana, cómoda para ordenar catálogos, y la naturaleza parece empeñada en habitar los grises.
Hay una consecuencia práctica para la búsqueda de exoplanetas. Los objetos de masa joviana que flotan libres, sin estrella alrededor, se parecen mucho a planetas gigantes expulsados de sus sistemas. Distinguir a un cuerpo nacido del colapso de una nube de un vagabundo eyectado exige medir su composición y su movimiento. IC 348, por juventud y cercanía, es uno de los pocos lugares donde ese examen resulta posible.
Me interesa menos el récord que lo que revela: la maquinaria que fabrica estrellas funciona, a pequeña escala, con una eficiencia que los modelos todavía no reproducen. Cada censo como este añade una pieza. La próxima la darán los espectrógrafos, si consiguen sacar señal de cuerpos que apenas brillan.
🔬 Ficha del Descubrimiento
- Qué se ha descubierto: enanas marrones de apenas dos veces la masa de Júpiter en el cúmulo IC 348, las menos masivas conocidas y el límite inferior de los objetos que nacen como estrellas.
- Dónde: IC 348, dentro de la nube molecular de Perseo, a unos 1.000 años luz de la Tierra.
- Institución responsable: telescopio James Webb (NASA, ESA y CSA), con datos de NIRCam y procesado de imagen del equipo de K. Luhman y C. Alves de Oliveira.
- Cuándo: observaciones difundidas por la ESA dentro de su serie Imagen del Día.
- Impacto a futuro: obliga a revisar hasta dónde puede reducirse la masa de una nube que colapsa y difumina la frontera entre estrella fallida y planeta.




