Rusia no va a aceptar un alto el fuego en Ucrania. Y no lo va a hacer porque, en palabras del analista Juan Antonio Zelaia, Moscú sabe que Donald Trump atraviesa un momento crítico y que el reloj corre más a favor del Kremlin que de Kiev. La reflexión, planteada en el plató de Negocios TV, ordena buena parte del debate geopolítico de estas semanas: la guerra no se decide solo en el frente, sino en la mesa donde se sientan, o de la que se cae, cada uno de los actores.
La tertulia empieza en Europa, con los bonos franceses bajo tensión y el Banco Central Europeo en el centro de todas las miradas, pero pronto gira hacia el este. Allí se acumulan las señales: la propuesta rusa de una cumbre a tres bandas, el pulso tecnológico con España a cuenta de Starlink y un Zelenski que, según el análisis, reacciona con nerviosismo cada vez que Washington le aparta un centímetro.
Un alto el fuego que Rusia no necesita firmar
Zelaia es tajante en su diagnóstico: Moscú no tiene ninguna urgencia por cerrar el conflicto. Quien gana no firma treguas que le obliguen a congelar posiciones. En la conversación se recuerda que hay analistas rusos que hablan abiertamente de una década de desgaste hasta agotar por completo el esquema ofensivo europeo. Sean diez años o tres, el argumento de fondo es el mismo: el tiempo juega a favor de Rusia y en contra de una Europa que sostiene a Ucrania con dinero y con retórica.
Por eso el presentador insiste en que las tornas parecen haber cambiado. Para el invitado, lo que estamos viendo es el proceso lógico de un esquema corrupto en el que miles de millones de euros se evaporan como vapor de agua y en el que las élites políticas europeas aparecen soldadas a los intereses de Kiev. Cuando Zelenski detecta un roce con Estados Unidos, añade, entra en pánico y reclama auxilio a sus socios europeos. Un patrón repetido hasta el desenlace final, que el analista sitúa cada vez más cerca.
La cumbre a tres bandas y el caramelo envenenado
La propuesta de Putin de sentar en la misma mesa a Rusia, Estados Unidos y China se vende como una vía para resolver el expediente ucraniano. Zelaia no lo acepta. Para arreglar Ucrania, sostiene, Putin solo necesita hablar con Trump. Presentar a Washington como intermediario es, a su juicio, una ficción: Estados Unidos es parte del conflicto, y basta comprobar lo que ocurre cuando se interrumpe unos días el flujo de información para entender hasta qué punto está dentro.
De ahí que califique la oferta de trampa, de caramelo envenenado. Cumbre o no, el simple anuncio ya provoca una fractura en el bloque occidental, porque deja a Europa, Japón, Australia y Canadá fuera de la habitación donde se decide el nuevo orden. Si la reunión se celebra, añade, el contenido desbordará Ucrania por completo: energía, Oriente Medio, Irán, Corea del Norte. Y la OTAN, tal y como la conocemos, quedaría definitivamente herida de muerte.
La propuesta de Putin no busca la paz en Ucrania: es un caramelo envenenado que, solo con anunciarse, ya fractura al bloque occidental.
— Juan Antonio Zelaia, en Negocios TV
El otro contertulio, Adrián, aporta el marco temporal. La cumbre entre las tres grandes potencias se venía anticipando desde que Trump llegó al poder: el mundo camina hacia un orden multipolar y, para que ese tránsito no acabe en guerra total, necesita un escenario de entendimiento entre Washington, Moscú y Pekín. Para que ese escenario madure hacían falta dos condiciones, según su lectura: que la victoria rusa en Ucrania quedara clara y que se despejara el futuro de la presencia estadounidense en Oriente Medio. Ambas cosas, señala, parecen haberse ido encajando en los últimos meses.
Trump llega a las urnas con la guerra abierta
El calendario aprieta. El 3 de noviembre se celebran las elecciones de medio mandato en Estados Unidos y el presidente llega a esa cita con un conflicto que prometió cerrar y que no ha cerrado. Zelaia recuerda que bastaba con cortar la ayuda de inteligencia y satelital para forzar la situación, pero que Trump probablemente no ha tenido capacidad real de hacerlo: el control de la inteligencia no depende solo de la Casa Blanca. De ahí la pregunta que sobrevuela el análisis: hasta qué punto el gobierno estadounidense puede disciplinar a la CIA en el suministro de datos a Kiev.
Las señales son contradictorias. Se informa de una reducción de ese flujo, pero se siguen produciendo ataques en profundidad contra territorio ruso que resultan imposibles sin apoyo estadounidense. La conclusión del analista es que, si existe interrupción, es parcial. Y que no cabe descartar que Moscú y Washington estén negociando en paralelo qué es lo que se puede acordar.
Pionyang sube el volumen en la frontera
En medio de ese tablero, Corea del Norte vuelve a moverse. Kim Yo-jong, hermana del líder y responsable de Asuntos Generales del Partido de los Trabajadores, advirtió de que la situación en la frontera sur es inestable y amenazó con desplegar más medios de ataque táctico y con reanudar la propaganda por altavoces, un gesto que en el pasado ha desatado respuestas inmediatas de Seúl. El programa recuerda además que Trump ha expresado su deseo de reunirse con Kim Jong-un, y que la cumbre de la APEC aparece como posible escenario.
Qué significa este reordenamiento para el lector
Más allá del ruido diario, lo que este analisis describe es un cambio de época. El orden posterior a 1945 se está desmontando sin que exista un sustituto acordado, y quienes quedan fuera de la mesa de negociación lo descubren tarde. Europa afronta esa transición con bonos temblorosos, un banco central cuestionado y una dependencia militar de Washington que se vuelve incómoda justo cuando Washington mira hacia otro lado. Para el ciudadano europeo, las consecuencias no son abstractas: energía más cara, presupuestos de defensa al alza y una política exterior que se decide en capitales donde su gobierno no tiene silla.
La lectura editorial que deja la tertulia es incómoda pero útil. Si la propuesta rusa es efectivamente una trampa, la respuesta europea no puede limitarse a esperar que Washington se porte bien. Y si el alto el fuego en Ucrania no llega porque Moscú no lo necesita, conviene empezar a pensar en escenarios de conflicto largo, con todo lo que eso implica para la economía y para la cohesión política del continente.
Queda una pregunta abierta: ¿qué hará Europa el día en que la foto de la cumbre a tres bandas se haga realidad y compruebe que su nombre no aparece en el pie de foto? La respuesta a esa pregunta definirá la próxima década.




