La inflación de España escala seis puestos en el ranking europeo y ya es la más alta entre las grandes economías del euro. El desplazamiento deja al país por delante de Alemania, Francia e Italia en la clasificación que vigilan los bancos centrales y las mesas de análisis.
El dato lo publica The Objective y lo recoge El Español con una cifra redonda: la tasa española se sitúa un 30% por encima de la media de la Unión Europea. No es una décima perdida ni el accidente de un solo mes. Es un diferencial que se ha ido instalando mientras el resto de los socios comunitarios moderaba sus precios.
En la explicación que manejan los analistas hay dos nombres propios: energía y alimentos. Son los componentes más volátiles del índice y también los dos que se trasladan al bolsillo del consumidor con menos intermediarios de por medio.
El diferencial del 30% sobre la media europea
La comparación se hace con el índice armonizado, el IPCA que Eurostat utiliza para medir con la misma vara a países con estructuras de consumo distintas. Ahí España ha pasado del pelotón intermedio al liderato de las economías grandes. Y lo ha hecho en un solo tramo, sin escalas.
El último empujón tiene un origen identificable. El Español cifra en el doble el incremento de la inflación española desde el comienzo del conflicto con Irán, un choque de costes energéticos que aterriza en una economía más expuesta de lo que suele admitirse en público. El transporte, la industria electrointensiva y el comercio minorista lo notan primero.
La electricidad y los carburantes son la vía rápida. La lenta es la de los márgenes: cuando el coste de la energía se instala en la estructura de una empresa, rara vez vuelve a bajar al ritmo al que subió. Eso explica por qué la inflación española no se ha desinflado igual que la alemana o la francesa.
Un diferencial que se abre en un trimestre puede cerrarse en tres; el que se instala en los costes tarda años en desaparecer.
Hay un tercer factor que los analistas discuten sin ponerse de acuerdo: el peso de los servicios y del turismo en la cesta española. Es una hipótesis razonable, no un hecho demostrado. Lo que no admite discusión es que el diferencial ha llegado a un punto en el que las explicaciones de un solo mes ya no sirven.
Los alimentos, el segundo mayor repunte de toda la UE
El segundo foco lo recoge Idealista: España es el segundo país de la Unión donde más sube el precio de los alimentos. Solo un Estado miembro lo supera. Para una economía en la que la cesta de la compra pesa tanto en el presupuesto de los hogares con menos renta, el dato tiene más recorrido social que cualquier otro componente del índice.
Hay una distinción que se pierde en los titulares. El Instituto Nacional de Estadística publica el IPC general, mientras que la comparación europea se hace con el armonizado y con la cesta propia de cada país. Los alimentos elaborados y los frescos han tirado del componente español por encima de la media comunitaria durante meses.
La cadena tiene un eslabón intermedio que suele pasarse por alto: el transporte de mercancías. Un kilo de fruta que viaja cientos de kilómetros con gasóleo caro llega a la estantería con un sobrecoste que el distribuidor traslada o se come. Cuando el carburante se mantiene alto durante trimestres, casi siempre acaba trasladándose.

El resultado es una inflación que se siente más en la nevera que en el recibo de la luz. Y que, a diferencia de la energética, no se corrige con un invierno suave ni con un abaratamiento del gas.
Un diferencial que deja de ser coyuntural
Llevo meses sosteniendo que el desvío español con la eurozona no era un fenómeno de un trimestre. El ranking europeo de este mes lo confirma: seis puestos no se ganan por un repunte puntual del precio del gas, se ganan cuando la estructura de costes se ha movido de sitio.
Una parte del desvío responde a factores que no son un problema. España crece más que sus socios y una demanda interna más fuerte también empuja los precios hacia arriba. Otra parte sí lo es. Con una inflación un 30% superior a la media, la competitividad exterior se resiente y las empresas exportadoras pierden margen o clientes, no siempre en ese orden.
El BCE no va a mover los tipos por lo que ocurra en un solo país: su mandato mira a la media del área, y esa media sigue contenida. El efecto real es otro. Con una inflación superior, el tipo real que soportan las empresas y las familias españolas es más bajo que el de sus vecinos, y ese estímulo involuntario ayuda a entender por qué el diferencial tarda en cerrarse.
El calendario que viene aprieta. El IPC de diciembre, que el INE publicará a mediados de enero, cerrará el cálculo de la revalorización de las pensiones y servirá de referencia para los convenios que aún conservan cláusula de revisión salarial. Con una inflación como la actual, ese cierre se traduce en más gasto público y en más presión sobre los márgenes de las empresas que cotizan por convenio.
La pregunta no es si España bajará puestos en ese ranking, sino cuántos meses tardará en hacerlo sin que el ajuste pase por la vía del empleo. Mi impresión es que el diferencial se estrechará en la primera mitad de 2027, sobre todo si la energía se normaliza, pero que el componente de alimentos aguantará bastante más. Ahí estará la prueba de si este liderato fue un accidente estadístico o un cambio de régimen.




