Raoul Pal, consejero delegado de Real Vision, sostiene que Ethereum está «extremadamente infravalorado» frente a lo que viene. Lo defendió en un podcast y su argumento no se apoya en un gráfico de precio, sino en medir cuánto del sistema financiero actual depende de esa red, según recogió BeInCrypto.
Pal no es un maximalista de ETH. Reconoce que mantiene bitcoin, Solana y Sui, y reparte el mérito de cada red según lo que aporta. Pero cuando toca hablar de valoración relativa, sitúa a Ethereum en otra categoría.
La afirmación llega en un momento en el que la atención institucional está repartida entre los ETF de bitcoin, las tesorerías de empresas cotizadas que acumulan cripto y los proyectos de inteligencia artificial. El CEO de Real Vision cree que ese reparto, más que un síntoma de madurez del sector, es el error.
La prueba de estrés: qué se rompe si Ethereum se apaga
El razonamiento se sigue sin esfuerzo, aunque la cifra final sea difícil de digerir. Si Ethereum dejara de operar de un día para otro, desaparecerían entre el 70% y el 76% de las stablecoins en circulación y una proporción parecida del mercado DeFi, el conjunto de protocolos financieros que funcionan sin intermediarios.
A eso se suman la mayor parte de los activos del mundo real tokenizados, el mercado de arte digital y prácticamente todas las redes de capa 2 levantadas encima. Los rollups —esas vías de servicio que procesan transacciones fuera de la autopista principal y le pasan el resumen a Ethereum— se quedarían sin sustrato.
El mercado paga primas por redes que prometen y descuenta a cero el coste de que la red que ya sostiene casi todo se apague.
El daño total, según su estimación, se movería entre 1 y 1,5 billones de dólares, una cifra del tamaño del PIB anual de España. Y ahí está lo que Pal considera mal valorado: ese riesgo no aparece en el precio del token.
Su método: comprar cuando el precio se aleja dos desviaciones estándar
Pal no invita a adivinar el suelo. Cuenta que compra cuando un activo cae dos desviaciones estándar por debajo de su tendencia de largo plazo y que, a partir de ahí, simplemente espera. Lleva dos años aplicando la misma regla.
Con ese criterio entró en Ethereum y en Solana cerca de los mínimos de 2022 y las mantuvo hasta los máximos históricos. Vender cerca del techo y recomprar más abajo, advierte, es «psicológicamente imposible»: quien lo intenta suele quedarse fuera del movimiento.
El mismo esquema lo ha aplicado a Zcash, donde detecta una demanda creciente de privacidad, y a Sui, cuya densidad económica —la actividad real que concentra por unidad de capitalización— le ha permitido aguantar mejor la caída de este año.
De dónde espera que llegue la liquidez
La segunda pata del argumento no habla de Ethereum sino de dinero. Para Pal, cripto y tecnología se han quedado atrás respecto al crecimiento de la oferta monetaria porque el capital nuevo ha ido a parar a la infraestructura de inteligencia artificial. Los recortes de tipos y la nueva inversión empresarial podrían redirigir parte de ese flujo hacia los activos digitales.
Su lectura es que las criptomonedas siguen baratas frente al oro y al Nasdaq. En el Sui Base Camp de Singapur proyectó un mercado de 10 billones de dólares en 18 o 24 meses y de 100 billones para 2035, además de un suministro de stablecoins de 1 billón en tres o cuatro años. Son previsiones, no datos, y conviene leerlas como tales.
Qué hay de sólido en el argumento y qué se queda fuera
La prueba de estrés tiene una virtud incómoda: obliga a mirar la concentración real del ecosistema. Ethereum no es una red más entre muchas. Es la capa donde se liquidan buena parte de las stablecoins que mueven el comercio cripto, donde viven los mayores protocolos de préstamo y donde aterrizan los bonos tokenizados de las gestoras tradicionales. El reparto de actividad entre esa capa base y sus rollups se sigue en el panel de L2Beat.
Dicho eso, la tesis de Pal no dice nada sobre el precio. Que Ethereum sea sistémicamente insustituible no implica que su token tenga que subir al ritmo que sugiere la palabra ‘convexidad’. El valor de la red se puede capturar por comisiones, por el dominio de las stablecoins o por la actividad de las capas de arriba, y esa captura es justo lo que el mercado lleva tiempo discutiendo sin acuerdo.
Hay más grietas. La dependencia de unos pocos proveedores de staking líquido —los que entregan un token negociable a cambio del ether bloqueado en la red—, la concentración de la producción de bloques en manos de un puñado de constructores, esos intermediarios que ensamblan las transacciones antes de publicarlas, y la fragmentación entre rollups deberían pesar en la misma balanza. Tampoco es igual el punto de partida de 2022: entonces el ether acumulaba una caída superior al 75% desde máximos y el suelo se compró con los tipos subiendo, no bajando.
Lo que Pal ofrece, en realidad, es un marco para decidir cuándo mirar. Si la liquidez regresa tras los próximos recortes de tipos —y esa condición es enorme—, el debate dejará de ser si Ethereum está caro o barato y pasará a ser cuánto de la actividad nueva acaba en su capa base y cuánto se queda en las capas de encima. Ese día, la prueba de estrés dejará de ser hipotética.




