La DGT aplica la mayor reforma del Reglamento en dos décadas este octubre: la obligación de reducir 20 km/h ante coches averiados y multas de 200 euros

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Cómo se controla en la práctica y qué pasa con los adelantamientos imposibles

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El control recae sobre la Agrupación de Tráfico de la Guardia Civil, que puede comprobar tanto la reducción de velocidad como la separación lateral durante sus controles en vía interurbana, según recoge el nuevo artículo 88 del Reglamento General de Circulación. La velocidad es la parte más sencilla de medir, con radar o incluso desde el aire; la distancia, en cambio, exige la estimación visual del agente, que la calcula entre el punto más saliente del vehículo que rebasa y el del que está parado. El margen que deja la norma es estrecho: no basta con levantar el pie un instante al llegar a la altura del coche averiado, porque la obligación se activa en cuanto se ve el vehículo detenido y se mantiene durante toda la maniobra. Incumplirla es infracción grave, con 200 euros de sanción que se quedan en 100 con el pronto pago y sin retirada de puntos.

El punto conflictivo está en las carreteras convencionales de un solo carril por sentido y arcén estrecho, donde el metro y medio obliga a menudo a invadir el carril contrario. El reglamento lo permite, incluso pisando o rebasando una línea continua, siempre que no venga nadie de frente y la maniobra pueda completarse sin peligro. Lo que no hace es exigir un cambio de carril imposible: si el metro y medio es inviable porque llega tráfico en sentido contrario, lo exigible es esperar y pasar después, no forzar el hueco. La misma lógica se aplica en un tramo con prohibición de adelantar, donde sí se puede rebasar al vehículo inmovilizado siempre que no esté detenido por las propias necesidades del tráfico y el conductor se haya cerciorado antes de que cabe hacerlo con seguridad. El coste real de cumplir suele ser de unos tres segundos.

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