Los cables submarinos de internet mueven cerca del 99% del tráfico internacional, pero ya no los pagan las telecos. De los 87 cables en servicio en 1999 a los casi 700 previstos para 2029, tres décadas en las que las grandes tecnológicas han asumido el papel que antes correspondía a operadores como Telefónica.
Claves de la operación
- Tres décadas de tendido resumidas en 20 segundos: el proyecto Mapped Earth reconstruye con datos de TeleGeography la evolución de la red submarina desde 1999 y proyecta el mapa hasta 2029, cuando se rozarán los 700 cables.
- Casi el 99% del tráfico internacional circula bajo el mar: Naciones Unidas sitúa en ese porcentaje el peso de la fibra oceánica, de la que dependen la banca, la nube y buena parte del comercio digital.
- El capital ha cambiado de manos: Google, Meta y Amazon financian hoy buena parte de las rutas nuevas, mientras los operadores tradicionales pasan de dueños a clientes de capacidad.
La instantánea más reciente la firma el autor del propio mapa animado. Aaron J. Becker, responsable de Mapped Earth, ha tomado los datos del catálogo de cables submarinos de TeleGeography y el modelo de relieve de la NOAA para componer una proyección de Spilhaus: el océano entero sin cortes, lo que obliga al espectador a buscar Europa con paciencia. Solo aparecen los cables vivos, así que los primeros años del mapa quedan cortos.
Las cifras del arranque suenan hoy casi anecdóticas. En 1999 había 87 cables en servicio y 67.442 kilómetros de fibra sumergida. La burbuja de las puntocom duplicó la longitud total en un solo año con apenas 30 cables más, porque empezaban a proliferar los sistemas transoceánicos largos. En 2005 el Pacífico ya estaba cruzado y entre 2008 y 2013 se cerró el anillo costero africano, que pasó de 230 a 331 cables.
La década siguiente fue la del Pacífico. Entre 2015 y 2020 los cables saltaron de 370 a 481 y el trazado asiático llegó a saturarse. El mapa de 2026 arranca con 591 cables y más de un millón y medio de kilómetros, y la proyección para 2029 roza los 700, con las primeras líneas planificadas asomando junto a las costas del Ártico.
El salto técnico va en la misma dirección que la concentración. El Dunant trabaja con 12 pares de fibra y el Grace Hopper de Google, con 16. Más capacidad por hilo significa menos rutas para mover el mismo tráfico y menos propietarios capaces de asumir la inversión.
Quien controla el cable fija el precio de la capacidad, y ese mando ya no está en manos de las operadoras históricas.
El 99% del tráfico mundial y la factura que ya no firman los operadores
Naciones Unidas cifra en cerca del 99% el tráfico internacional que viaja bajo el agua. La dependencia no es solo de las tecnológicas: arrastra a la banca, a los mercados de capitales y a cualquier servicio que presuma de funcionar en tiempo real.
Los primeros cables pertenecían a consorcios de telecos que compartían coste y riesgo. Desde hace años son las hyperscalers las que refuerzan la red, y ese detalle, no el número de hilos, altera la economía del sector. Google, Meta y Amazon financian rutas enteras y negocian capacidad con antelación, mientras los operadores tradicionales contratan servicio sobre infraestructura ajena.
Para el inversor en telecos, la consecuencia es incómoda. Telefónica, presente durante décadas en consorcios internacionales, es un buen ejemplo de esa transición: un cliente relevante de capacidad que ya no decide por dónde pasa el tráfico. No hay plan B sencillo.
Averías, buques escasos y un mar Rojo que empuja las rutas hacia el Ártico
La red se rompe más de lo que sugiere su fama de indestructible. Según el Comité Internacional para la Protección de Cables se registran entre 150 y 200 fallos al año, una cifra estable para el tamaño que ha alcanzado la maraña, y entre el 70% y el 80% son accidentales, casi siempre por la pesca, y las anclas de los buques, aunque ya existen herramientas sofisticadas para atacarlos a propósito.
El problema de fondo es logístico. Los buques especializados escasean, igual que el personal capaz de operar a miles de metros de profundidad, y el mar Rojo se ha convertido en un avispero que ha llevado a Europa a explorar vías alternativas por el polo Norte. Las compañías reparten su capacidad entre varios cables para que un fallo aislado no tumbe el servicio completo. El resto es geografía.
España como puerta de entrada: Sopela, el activo que se decide en otro sitio
Europa es la gran puerta de entrada. Por el Atlántico recibe los cables que llegan de Norteamérica y por el sur y el este, los que desembarcan de Asia y del Mediterráneo. Sopela enlaza la Península con Madrid, París, Londres y Frankfurt, y es la referencia española de un mapa en el que Marsella y Burdeos se han consolidado como escalas del Mediterráneo.
La lectura de negocio es menos amable. España aporta suelo, amarres y conexiones terrestres, pero la capacidad se vende desde fuera. El retorno llega de forma indirecta: empleo en las estaciones de amarre, atracción de centros de datos y una posición geográfica que se revaloriza cada vez que el Mediterráneo se complica.
El riesgo también es evidente. Quien no es dueño de la infraestructura no fija sus condiciones, y las decisiones sobre rutas nuevas se toman en consejos de administración de California o de Seattle, no en Madrid.
Queda por ver si los trazados del Ártico pasan de línea discontinua a realidad. Dependen de permisos, de financiación y de un debate regulatorio que todavía no ha resuelto quién protege estos activos. Cosas que pasan en 2026.




