1El recuento que abrió el experimento: cuántas prendas de otoño tenía y cuántas no me había puesto en un año
El experimento no arrancó con una promesa, sino con una cuenta. Antes de imponerse el límite de 20 prendas, la autora vació el armario, apartó lo que consideraba ropa de otoño y anotó dos cifras: cuántas piezas tenía y cuántas no se había puesto en todo un año. Ese inventario sostiene el resto del texto, porque convierte una sensación difusa —esa de «no tengo nada que ponerme»— en un dato difícil de discutir. La investigación sobre armarios respalda ese tipo de hallazgo: un estudio con 156 adultos en Flandes (Bélgica, 2024) cifró en 198 prendas el armario medio, de las que un 22% no se había usado en los últimos doce meses. Y en Alemania, una encuesta de Greenpeace de 2025 calculó que un tercio de la ropa apenas se usa o no se usa nunca.
Lo revelador del recuento no es el total, sino la distancia entre lo que se tiene y lo que se pone. La regla que repiten casi todas las guías de armario —si no te lo has puesto en un año, no lo vas a estrenar— solo funciona si antes has contado, y ahí es donde el experimento gana fuerza: deja de culpar a la falta de ropa y señala el exceso. La firma de estilismo Pareto, que estudió los armarios de cientos de mujeres, habla de una proporción parecida a la del estudio belga: alrededor del 20% del armario concentra el 80% del uso. Con esa lógica, quedarse con 20 prendas de otoño no era un castigo, sino la forma de conservar las que ya llevaba puestas y dejar fuera las que solo ocupaban sitio. El recuento fue el número que hizo inevitable todo lo que vino después.


