The Economist abre el debate de la reforma fiscal IA: el 35% gravaría consumo y solo el 9% robots

La encuesta del medio británico revela un consenso incómodo: el consumo gana, los robots pierden y los multimillonarios dividen al público. Sus analistas avisan de que el problema no es qué gravar, sino cómo hacerlo sin frenar el crecimiento.

The Economist ha preguntado a su audiencia qué debería gravarse en la era de la inteligencia artificial y el resultado dibuja un consenso incómodo. Un 35% apuesta por el consumo, un 31% por los multimillonarios, un 19% por la capacidad de cómputo, un 9% por los robots y apenas un 5% por la tierra. En el debate que acompaña a esa encuesta, los analistas del medio británico aceptan el diagnóstico, pero avisan de que la pregunta relevante no es qué gravar, sino cómo hacerlo sin ahogar el crecimiento.

Qué opina la audiencia sobre gravar la inteligencia artificial

El ejercicio partía de una pregunta sencilla lanzada a lectores y espectadores: qué conviene gravar en una economía donde el trabajo pierde peso frente al capital. La respuesta mayoritaria, el consumo, coincide con lo que la profesión económica considera una forma razonablemente eficiente de recaudar. Los porcentajes dejan un mensaje de fondo: la audiencia no cree que exista una bala de plata y reparte sus preferencias entre cinco opciones muy distintas.

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El impuesto al consumo, eficiente pero difícil de vender

En el análisis posterior, la analista identificada como Sandy subraya que el consumo es una vía eficiente para obtener ingresos públicos y que puede diseñarse de forma progresiva, ya sea con exenciones antes de empezar a pagar o compensando a los hogares mediante gasto social. La clave, dice, está en el diseño y no en la etiqueta.

Su objeción llega después. En un escenario en el que buena parte de los retornos de la IA van a parar al capital y a sus propietarios, sostiene que no es politicamente viable financiar el Estado solo con tributos al consumo. Recuerda además que Estados Unidos grava el consumo mucho menos que Europa, de modo que el desplazamiento sería más brusco al otro lado del Atlántico.

De ahí su propuesta compuesta: un sistema mucho más apoyado en el consumo, acompañado de alguna forma de tributación sobre el capital y con la tierra más arriba en la lista de lo que conviene gravar, por tratarse de un bien escaso y difícil de deslocalizar.

El consumo puede ser progresivo si se diseña bien, pero no creo que sea viable financiar todo el Estado solo con él.

— Sandy, analista de The Economist

Impuestos a multimillonarios: atractivo político, recaudación limitada

El segundo bloque del debate aborda los impuestos a los más ricos. El atractivo político es evidente, pero también lo son sus límites: los grandes patrimonios son móviles, encuentran jurisdicciones amables y, en la práctica, generan una recaudación limitada. Desde el panel se recuerda que varios países que probaron impuestos sobre el patrimonio terminaron abandonándolos.

La analista admite que solo respaldaría una figura así si el poder político de una élite cerrada se volviera desmesurado, y avisa de que algunas propuestas que circulan, como las planteadas en California, se parecen demasiado a una expropiación. El impuesto a los multimillonarios, en su lectura, es más una señal política que una solución recaudatoria.

Los tres principios de un buen sistema fiscal

Antes de entrar en detalles, el panel retrocede a la teoría. Un sistema fiscal existe para dos cosas: recaudar lo suficiente para financiar servicios públicos y, según el color político del gobierno, redistribuir. Sobre esa base se despliegan tres principios clásicos: simplicidad, eficiencia y progresividad.

Uno de los participantes relata su experiencia rellenando declaraciones en Estados Unidos para ilustrar el coste de la complejidad, y define la eficiencia como la capacidad de gravar actividades distintas de la misma manera, minimizando distorsiones. La progresividad, añade, apunta a que quienes capturen las ganancias de la IA contribuyan más.

Aquí aparece el matiz más útil del debate: los tres objetivos están en tensión y no hace falta que cada impuesto los cumpla todos. Se puede recaudar mucho con el consumo, introducir progresividad con otra figura y devolver parte de lo obtenido a los hogares más pobres. Exigir a cada tributo que sea simple, eficiente y justo a la vez es, según el panel, una de las razones por las que los sistemas fiscales acaban siendo un laberinto.

Reformar lo existente antes que inventar

La conversación deriva hacia una idea poco vistosa pero potente: antes de crear figuras nuevas, conviene arreglar las que ya existen. Las ganancias de capital son el ejemplo recurrente. Se trata de un tributo complejo que tiende a gravar poco los retornos muy elevados, justo los que podrían generar los nuevos milmillonarios de la IA, y a gravar en exceso la rentabilidad modesta de un ahorrador corriente. Reequilibrarlo sería un punto de partida más sensato que estrenar un impuesto que probablemente no funcione.

Contexto y lectura editorial: qué cambia para el lector

El vídeo llega en un momento en el que las haciendas públicas de las economías avanzadas afrontan presiones simultáneas: envejecimiento de la población, gasto en defensa y transición energética, mientras la IA concentra retornos en un número reducido de empresas y propietarios. La propia formulación de la encuesta, qué gravar en la era de la IA, refleja esa intuición: si el trabajo deja de ser la base imponible dominante, el sistema tiene que buscar el dinero allí donde se acumula.

Conviene subrayar el marco en el que se mueve The Economist. No hay una propuesta cerrada ni un modelo listo para aplicar, sino un ejercicio de honestidad analítica: se reconoce que los impuestos sobre el patrimonio son difíciles de sostener, que el consumo puede resultar regresivo si se aplica sin correcciones y que la reforma depende enteramente de cuánto Estado se quiera financiar. En países con un sector público amplio, como Francia, la ecuación es distinta a la estadounidense.

Para quien sigue el debate fiscal europeo, el vídeo ofrece tres lecturas. La primera: el impuesto al consumo, tantas veces descartado por regresivo, gana defensores entre economistas ortodoxos siempre que se compense con transferencias. La segunda: la fiscalidad sobre el capital sigue siendo políticamente atractiva y económicamente frágil, porque recauda menos de lo que promete y empuja a los grandes patrimonios a moverse. La tercera, y quizá la más relevante, es que el verdadero debate no es qué impuesto inventar, sino cómo repartir los objetivos entre las piezas de un sistema completo. Aplicado a la IA, eso sugiere que gravar robots o cómputo, las opciones minoritarias de la encuesta, es más difícil de lo que parece, mientras que retocar el consumo o las ganancias de capital resulta técnicamente más manejable, aunque electoralmente incómodo.

Si los retornos de la IA se concentran en el capital y los salarios dejan de ser la base imponible principal, la pregunta no es si habrá reforma fiscal, sino quién pagará la cuenta y con qué margen de maniobra política. The Economist no da una respuesta cerrada, y quizá ese sea su mayor acierto.

Puedes ver el análisis completo en el vídeo original de The Economist en YouTube.

Youtube video

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