José Antonio Marina, catedrático de filosofía: “En menos de cinco años tendremos que elegir entre tecnología o humanismo”

El filósofo José Antonio Marina advierte que la inteligencia artificial avanza más rápido que nuestra ética y que, en menos de cinco años, la sociedad deberá decidir entre someterse a la tecnología o defender el humanismo.

José Antonio Marina, filósofo, ensayista y pedagogo, quien siguió de cerca la evolución de la inteligencia artificial desde sus orígenes en 1956 advierte que la humanidad deberá elegir, en menos de cinco años, entre rendirse a la tecnología o apostar por el humanismo.

El verdadero peligro no reside en los circuitos o algoritmos, sino en nuestra creciente tentación de delegar el pensamiento crítico. Mientras la tecnología procesa datos a velocidades inhumanas, el territorio de los valores y la dignidad permanece como una responsabilidad exclusivamente nuestra.

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La gran encrucijada: cuando la tecnología avanza más rápido que nuestra conciencia

La gran encrucijada: cuando la tecnología avanza más rápido que nuestra conciencia
Fuente: agencias

Marina fue testigo privilegiado del nacimiento de la inteligencia artificial. Un profesor de matemáticas llegó un día al aula con una noticia insólita: en Estados Unidos habían creado algo llamado inteligencia artificial. Desde aquel momento, el filósofo no dejó de seguir sus avances con la misma curiosidad con la que un científico observa un experimento que nunca termina de sorprender.

Lo que vino después fue una historia de altibajos. Los primeros programas resolvían teoremas matemáticos de alta complejidad con tal elegancia que el propio Bertrand Russell reconoció que alguno de ellos había demostrado un teorema con mayor refinamiento que el suyo. Sin embargo, la tecnología se estancó durante más de una década porque chocó con algo que los humanos hacen sin esfuerzo aparente: reconocer patrones flexibles.

Un ordenador leía perfectamente un código de barras pero era incapaz de descifrar una letra manuscrita. La razón era sencilla: habían confundido inteligencia con lógica formal y la lógica, por poderosa que sea, no alcanza para gestionar la complejidad del cerebro humano.

El salto llegó en los años noventa cuando se abandonaron los sistemas de lógica rígida y se adoptó el cálculo de probabilidades. A partir de ahí la tecnología comenzó a aprender por sí misma. Un programa como AlphaZero puede alcanzar el nivel de maestro de ajedrez en apenas cinco horas porque en ese tiempo ha jugado cientos de millones de partidas. Lo que hoy ofrecen los grandes modelos de lenguaje ha superado incluso las expectativas de quienes llevaban décadas siguiendo el campo. «Ha venido mucho más rápido de lo que esperábamos», reconoce Marina.

El problema no es la tecnología en sí misma sino lo que ella no puede hacer. Las máquinas manejan datos e información a una velocidad incomparable pero ignoran por completo el territorio de los valores. Y los valores no son un lujo filosófico sino el fundamento sobre el que está construida toda forma de convivencia humana.

Conceptos como dignidad, derechos fundamentales o bienestar colectivo no forman parte del utillaje conceptual de ningún sistema tecnológico porque su raíz está en las experiencias de placer y dolor de los seres vivos y en el desafío de diseñar una vida que valga la pena.

Los peligros reales: no son las máquinas sino quienes las usan

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Marina asegura que la tecnología no es peligrosa por sí sola. Quienes representan un riesgo genuino son las personas que la utilizan con fines de control o manipulación. El ejemplo más inquietante que ofrece es el sistema de puntuación social que opera en China donde la tecnología registra comportamientos y determina el acceso de los ciudadanos a recursos básicos. Eso no es un error de las máquinas sino una decisión humana.

Lo que sí le preocupa profundamente es la tendencia creciente a delegar el pensamiento. El cerebro humano es perezoso por naturaleza y si la tecnología ofrece respuestas inmediatas y elaboradas la inclinación natural será dejar de construirlas desde cero. Marina advierte que esto no es un temor abstracto sino una tendencia observable en jóvenes que acuden a los modelos de lenguaje como consultores sentimentales sin saber exactamente cómo han sido entrenados esos sistemas ni con qué criterios responden.

La disyuntiva que plantea el filósofo es clara. Si la sociedad elige integrarse en la tecnología sin un marco humanista que la contenga y oriente los valores quedarán fuera del sistema y con ellos la protección de los más vulnerables. Si, en cambio, se opta por una tecnología al servicio del humanismo los beneficios pueden ser extraordinarios. Como ejemplo señala los avances en rehabilitación de lesiones medulares que hoy son posibles gracias a la capacidad de computación de la inteligencia artificial.


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