Carlos Ríos ha puesto el dedo en la llaga de una industria que prefiere consumidores adictos antes que personas sanas. Su mensaje es tan sencillo como revolucionario: vuelve a comer lo que comían tus abuelos y deja de confiar en etiquetas con nombres impronunciables.
La cifra es demoledora y no deja lugar a la interpretación. Si el 90% de lo que ingieres no salió de una planta o no tuvo madre, tienes un problema de base que va más allá de las calorías. No se trata de adelgazar, se trata de no enfermar en un entorno diseñado para que lo hagas.
Estamos ante una crisis sensorial sin precedentes. Los ultraprocesados han colonizado nuestras papilas gustativas, elevando el umbral del placer de tal forma que un melocotón maduro termina pareciendo aburrido frente a un bollo industrial cargado de potenciadores.
La dictadura del paladar alterado
El principal problema de los productos de laboratorio no es solo su perfil nutricional nefasto, sino cómo reconfiguran nuestro cerebro. Cuando te acostumbras a los picos de azúcar, grasas refinadas y sal de los snacks, la comida real pierde su atractivo. Es un secuestro dopaminérgico en toda regla que nos aleja de los productos frescos.
Esta alteración del sabor es la herramienta más potente de la industria. Al hacer que las frutas o verduras te sepan insípidas, aseguran que vuelvas a por el producto empaquetado. Es un ciclo de retroalimentación donde el consumidor pierde la libertad de elección porque su paladar está anestesiado por la química.
El manifiesto del Realfooding frente al supermercado
El trabajo de Carlos Ríos ha servido para que miles de personas abran los ojos ante el pasillo de los desayunos y las cenas precocinadas. No es una dieta, es una defensa propia contra el marketing agresivo.
Para entender qué estamos haciendo mal, debemos diferenciar entre los alimentos mínimamente procesados y los ultraprocesados. Estos últimos no son comida real, sino preparaciones industriales comestibles que imitan serlo mediante el uso de colorantes, texturizantes y aromas artificiales.
Aquí tienes los pilares fundamentales para identificar lo que sí debe estar en tu despensa:
- Frutas de temporada, preferiblemente locales y con todo su sabor.
- Verduras y hortalizas que formen la base de todas tus comidas principales.
- Legumbres de todo tipo, una fuente de proteína y fibra imbatible.
- Frutos secos naturales o tostados, nunca fritos ni salados.
- Pescados y carnes frescas, evitando los embutidos de baja calidad.
- Huevos de gallinas camperas como recurso nutricional completo.
- Cereales integrales 100%, huyendo de las harinas refinadas blancas.
- Aceite de oliva virgen extra como grasa de referencia para cocinar.
Por qué la fruta ya no te sabe a nada
Si te comes una manzana y te parece que «no sabe a nada», el problema no es la manzana. El problema es el nivel de intensidad sensorial al que has sometido a tus receptores. Los edulcorantes artificiales son cientos de veces más dulces que el azúcar natural, lo que provoca que la fructosa de la fruta sea imperceptible para un paladar «quemado».
La buena noticia es que el gusto se educa y se recupera. Tras unas semanas de limpieza de ultraprocesados, las papilas gustativas se regeneran y vuelven a detectar los matices de la comida de verdad. Es entonces cuando descubres que un tomate bien cultivado tiene una complejidad de sabor que ningún bote de kétchup podrá replicar jamás.
Los químicos que «disfrazan» la falsa alimentación
La industria utiliza una ingeniería precisa para que el producto sea hiperpalatable. Esto significa que está diseñado para que no puedas dejar de comerlo una vez que empiezas. El famoso «punto de felicidad» se alcanza combinando proporciones exactas de sal, azúcar y grasa que no existen en la naturaleza.
Identificar estos engaños requiere un ojo crítico al leer las etiquetas. Si un producto tiene más de cinco ingredientes y la mayoría te suenan a clase de química, devuélvelo al estante. Tu cuerpo no sabe qué hacer con esas moléculas sintéticas a largo plazo.
Sigue estos consejos para limpiar tu lista de la compra de forma efectiva:
- Compra en el mercado de abastos siempre que te sea posible.
- Evita los pasillos centrales del supermercado, donde suele estar lo procesado.
- Lee siempre la lista de ingredientes, no el reclamo publicitario del frontal.
- Cocina más en casa; es la única forma de controlar qué añades a tu plato.
- Sustituye los refrescos y zumos industriales por agua o infusiones.
- No te dejes engañar por el etiquetado «light» o «0% azúcar», suelen llevar edulcorantes peores.
- Prioriza los alimentos que no tienen etiqueta porque se venden a granel.
- Entiende que la salud es una inversión a largo plazo, no un gasto inmediato.
Un futuro basado en la soberanía alimentaria
La tendencia del mercado indica que el consumidor está despertando. Cada vez más gente busca transparencia y honestidad en los productores. La presión social está obligando incluso a las grandes corporaciones a reformular sus productos, aunque a menudo sea solo un lavado de cara cosmético.
Mi opinión honesta es que no podemos delegar nuestra salud en manos de empresas cuyo único objetivo es el beneficio trimestral. El consejo que te doy como amigo es que recuperes el control de tu cocina. No se trata de ser un extremista, sino de ser consciente. Si ese 90% de tu dieta es sólido y real, el otro 10% de excepciones no arruinará tu salud ni tu paladar.
El escenario que nos espera en los próximos años será una lucha entre la comodidad de lo ultraprocesado y la necesidad vital de volver a lo natural. Aquellos que aprendan a disfrutar de nuevo del sabor de una simple zanahoria o un puñado de nueces serán los que mejor envejezcan en un mundo saturado de productos artificiales. La revolución empieza en tu plato, y el líder de esa revolución eres tú.







