Durante años nos han enseñado a ver la boca como algo casi decorativo. Sonreír bonito, evitar caries, blanquear un poco. Ya está. Pero el Dr. Jack Goldberg lo plantea de otra forma: la boca no es un rincón aislado del cuerpo, es la puerta principal. Y, si lo piensas un segundo, tiene sentido. Todo entra por ahí. Alimentos, bacterias, aire. Es el inicio del sistema digestivo y, en cierto modo, una especie de aduana biológica.
Goldberg, odontólogo funcional, insiste en que la odontología debería mirarse más como medicina que como estética. Porque lo que ocurre en las encías o en la lengua no se queda ahí. Viaja. Se mueve. Se conecta con el resto del organismo. Y esa idea cambia bastante la forma de entender una simple revisión dental.
Encías que sangran: no es “normal”, es un aviso

Hay algo que muchos hacemos: ver un poco de sangre al cepillarnos y pensar “bah, será normal”. Pues no. O, al menos, no debería serlo. Goldberg habla de las llamadas encías permeables. Cuando hay inflamación o sangrado, esa barrera que protege el interior del cuerpo se debilita. Y las bacterias de la boca, que deberían quedarse ahí, pueden pasar al torrente sanguíneo.
Suena exagerado, pero no lo es. Se han encontrado bacterias propias de la boca en estudios relacionados con enfermedades cardiovasculares y neurológicas. No significa que una encía inflamada cause todo eso de forma directa, pero sí que el cuerpo está recibiendo señales. Y, como dice él, el dolor no aparece de la nada. Llega tarde. Cuando el problema lleva tiempo cocinándose en silencio.
A veces el cuerpo avisa bajito. Muy bajito. Y nosotros seguimos con la rutina sin escuchar demasiado.
Respirar por la boca: ese hábito que parece inofensivo

Otro detalle que pasa desapercibido: la forma en que respiramos. Respirar por la boca reseca la cavidad bucal y deja sin defensa a los dientes. La saliva, que parece algo sin importancia, es en realidad la gran protectora. Neutraliza ácidos, ayuda a remineralizar el esmalte y mantiene a raya bacterias problemáticas.
Cuando la boca está seca, ese escudo desaparece. Y ahí empiezan pequeños desequilibrios que, con el tiempo, se notan. Goldberg recomienda volver a lo básico: respirar por la nariz. Filtra el aire, lo humedece, lo calienta. Parece un detalle mínimo, pero cambia más de lo que imaginamos. (A mí me sorprendió cuando empecé a fijarme en ello, la verdad.)
Higiene sin obsesión: equilibrio ante todo

En cuanto al cepillado, el mensaje es curioso: importa más cómo te cepillas que con qué pasta lo haces. La técnica, la constancia, el hilo dental por la noche… ahí está la clave. También sugiere revisar ingredientes de algunas pastas comerciales y optar, si se quiere, por alternativas que ayuden a remineralizar el esmalte. Pero sin obsesiones.
Porque hay otro punto que subraya mucho: el estrés. Sí, incluso el estrés por “hacerlo perfecto” con la salud. Goldberg lo resume con bastante sentido común: es mejor cuidarse con calma que vivir agobiado por cada detalle. El cuerpo también se resiente cuando la preocupación es constante.
Pequeños gestos que suman

Cepillarse antes de desayunar para proteger el esmalte. Usar hilo dental (ese gran olvidado). Limpiar la lengua. Revisar viejas amalgamas con profesionales adecuados si es necesario. Nada revolucionario, pero sí coherente. Pequeños hábitos que, sumados, cambian el panorama.
Al final, su propuesta es sencilla: mirar la boca con otros ojos. No solo como un lugar donde se ven caries o encías inflamadas, sino como un termómetro del resto del cuerpo. Cuidar la boca es, en cierto modo, cuidar el organismo entero. Y quizá la idea más interesante sea esa: que la salud no empieza en el estómago ni en el corazón. Empieza mucho antes. Empieza en la boca.










