Los alimentos que eliges cada día pueden ser medicina… o ruido para tu sistema inmune. Hay frases que se te quedan rondando la cabeza. Una de ellas es esta que repite el Dr. Josh Redd: lo que comes nunca es neutro. O te suma o te resta. Y puede sonar exagerado… hasta que empiezas a atar cabos. Cansancio raro. Inflamaciones que van y vienen. Brotes que aparecen sin motivo claro. Entonces ya no suena tan radical.

Redd lleva 17 años trabajando con enfermedades autoinmunes y lo explica de forma bastante directa: cada bocado tiene un impacto químico real en el cuerpo. En el sistema inmune, en el intestino, en el cerebro. No es solo energía o calorías. Es información. Mensajes que el cuerpo interpreta para defenderse… o para atacarse por error.
Lo interesante (y un poco inquietante) es su idea de que, en estos casos, no hay término medio. Un alimento puede ayudarte a sanar o empujarte hacia la inflamación. Y sí, suena drástico. Pero también obliga a mirar el plato con otros ojos. ¿Cuántas veces pensamos que “por un poco no pasa nada”? Quizá para algunas personas sí pase. Y bastante.
El café de la mañana no siempre es inocente

Aquí viene uno de esos momentos en los que muchos levantan la ceja. Café. Té verde. Bebidas casi sagradas en la rutina diaria. Pues bien, Redd dice que tampoco son neutrales. Depende del sistema inmune de cada persona. De cómo esté configurado. De qué tipo de respuesta predomine.
En algunos pacientes, el café puede actuar como un pequeño interruptor que enciende procesos inflamatorios. No en todos, claro. Pero en ciertos perfiles sí. Y además está la calidad del producto. Mucho café comercial contiene mohos y toxinas invisibles que el cuerpo detecta como amenaza. El resultado: más estrés para el sistema inmunitario.
No se trata de demonizarlo todo, pero sí de hacerse preguntas. ¿Cómo te sientes después del café? ¿Mejor o peor? A veces el cuerpo responde antes que la teoría.
Gluten, lácteos y ese efecto dominó interno

Si hay dos sospechosos habituales en consulta, según Redd, son estos: gluten y lácteos. Y lo dice sin rodeos. El gluten es, en su experiencia clínica, el desencadenante más frecuente de crisis autoinmunes. El segundo lugar lo ocupan los lácteos.
La explicación es curiosa. Algunas proteínas de estos alimentos se parecen mucho, a nivel estructural, a tejidos del propio cuerpo. Tiroides. Articulaciones. Otras zonas sensibles. Entonces el sistema inmune se confunde. Ataca lo que cree que es un enemigo… y acaba atacando al propio organismo. Un error de identificación, por decirlo de forma sencilla.
He visto a gente reducir inflamación solo cambiando la alimentación. No es magia. Es biología (aunque a veces parezca lo primero).
El intestino: ese centro de mando silencioso

Hay otra pieza clave en todo esto: el intestino. O más bien la barrera intestinal. Redd habla mucho de la permeabilidad intestinal, ese momento en que la pared del intestino se vuelve más “porosa” de lo que debería. Alimentos inflamatorios pueden dañar esa barrera en minutos. Literalmente minutos. Pero repararla puede llevar meses.
Y ahí entra también el alcohol. No solo por el hígado. Según el especialista, el alcohol afecta a la red de neuronas que rodea el intestino. Las daña. Y eso repercute en la digestión, en el microbioma y, en cadena, en el sistema inmune. Es como tirar la primera ficha de un dominó largo.
Al final, todo está conectado. Siempre volvemos a esa idea.








