Una pastilla puede curar… o poner en riesgo tu salud si no es la correcta. Hay algo que inquieta especialmente a las autoridades sanitarias: cada vez circulan más medicamentos falsificados, caducados o adulterados. Y no es un tema menor. No solo porque no curan, sino porque pueden empeorar lo que ya estaba mal. Imagínate tomar algo confiando en que te ayudará… y descubrir que dentro hay poco más que polvo sin efecto real. O peor: ingredientes peligrosos.
No es una exageración. Se han detectado pastillas y jarabes elaborados con yeso, cemento, tiza o simples colorantes. Sí, así de crudo. Y lo más duro es que, además del riesgo físico, hay otro golpe silencioso: el económico. Personas que gastan lo poco que tienen en algo que no sirve para nada.
Al final, la sensación es de engaño doble. Por la salud. Y por el bolsillo.
Dónde comprar sin jugar a la ruleta

Puede parecer obvio, pero no siempre lo es: los medicamentos deben comprarse solo en farmacias o boticas autorizadas. Nada de mercados, puestos improvisados, tiendas comunes o ventas por redes sociales. A veces la urgencia o el precio más bajo nos hacen bajar la guardia. Y ahí es donde empiezan los problemas.
Un establecimiento fiable suele dar pistas claras. Tiene su autorización sanitaria visible. Muestra el título del químico farmacéutico. Hay orden. Hay control. Hay alguien que sabe lo que está vendiendo y cómo debe conservarse.
Recuerdo una vez, en una farmacia pequeña, cómo el farmacéutico me explicó durante varios minutos cómo tomar un antibiótico. No tenía prisa. Eso también es una señal. Cuando hay profesionalidad, se nota.
Cómo detectar algo que no cuadra

A veces el engaño está en los detalles. El envase que parece raro. El texto un poco borroso. Un color distinto al habitual. Puede ser sutil, pero el ojo lo percibe.
Conviene mirar bien el empaque. Que esté sellado. Sin golpes. Sin manipulaciones. Revisar el número de lote y la fecha de vencimiento, impresos de fábrica. Nada de fechas escritas a mano o pegatinas sospechosas. Si algo parece extraño, probablemente lo sea.
También es clave el registro sanitario. Es como el DNI del medicamento. Si no está, o si se ve alterado, mejor no arriesgar. Y el precio… bueno, el precio habla. Si es demasiado barato, demasiado tentador, conviene desconfiar. Porque en salud, lo “demasiado bueno para ser verdad” suele tener truco.
Lo ilegal que sigue circulando

Hay otro detalle que pasa desapercibido: las muestras médicas. Esas que llevan la frase “Prohibida su venta”. Si se venden, es ilegal. Y aun así aparecen en mercados informales.
En los últimos años se han incautado cientos de kilos de medicamentos falsificados. Analgésicos, digestivos, productos comunes. Cosas que cualquiera podría comprar pensando que son seguras. La magnitud del problema es mayor de lo que imaginamos.
Y lo más inquietante es que estas redes no desaparecen fácilmente. Se reinventan. Buscan nuevas formas de entrar en el circuito.
El último gesto también cuenta
Hay un momento en el que todos nos olvidamos de pensar: cuando tiramos medicamentos que ya no usamos. A la basura. Al cajón. Al desagüe. Parece inofensivo. Pero no lo es.
Los medicamentos caducados pueden recuperarse y volver al mercado ilegal. Sí, ocurre. Por eso se insiste en llevarlos a puntos de recogida específicos. Lugares donde se destruyen de forma segura. Donde no pueden volver a circular.
Ahora incluso hay sistemas con códigos QR para encontrar el punto de acopio más cercano. Es un gesto pequeño. Rápido. Pero importante.
Al final, todo se resume en algo muy básico: cuidar lo que tomamos como si fuera parte de nosotros. Porque lo es. Comprar con cabeza. Mirar el envase. Preguntar. Dudar si hace falta.
No es paranoia. Es prevención. Y en temas de salud, prevenir siempre sale más barato que curar.









