Cuando Elena Pérez y su pareja decidieron emprender un negocio juntos, todo parecía encajar. Llevaban más de diez años de relación, se conocían bien, compartían valores y ambos estaban cansados de trabajos que no les llenaban. A los 37 años, Elena sentía que era ahora o nunca. “Pensábamos que, si sabíamos convivir, también sabríamos trabajar juntos”, explica. Lo que no imaginaban era que el proyecto acabaría poniendo su relación al límite.
La idea de negocio surgió casi de forma natural. Ambos tenían experiencia en el sector de la restauración y detectaron un nicho claro en su ciudad. Hicieron números, pidieron asesoramiento y se lanzaron a abrir un pequeño local. Al principio, la ilusión lo tapaba todo. “Estábamos eufóricos. Sentíamos que por fin trabajábamos para nosotros y que, además, lo hacíamos juntos”.
Cuando el trabajo invade la vida personal
Los primeros meses fueron intensos, pero asumibles. Jornadas largas, muchas decisiones y poco descanso, algo que ya esperaban. El problema llegó cuando el negocio empezó a absorberlo todo. Las conversaciones en casa dejaron de ser de pareja para convertirse en reuniones improvisadas. “Desayunábamos hablando de proveedores y nos íbamos a dormir discutiendo sobre números”, recuerda Elena.
Poco a poco, las diferencias de carácter comenzaron a aflorar. Ella era más prudente y partidaria de crecer despacio; su pareja apostaba por arriesgar más. En otro contexto, esas diferencias se habrían gestionado con más calma, pero bajo la presión del emprendimiento, cada desacuerdo se vivía como un conflicto personal.
“El error fue no separar los roles”, reconoce. “Éramos socios las 24 horas del día”. No había horarios, ni espacios para desconectar, ni una frontera clara entre lo profesional y lo emocional. Si algo iba mal en el negocio, se trasladaba directamente a la relación.
El dinero, el gran detonante
Como ocurre en muchos proyectos emprendedores, el dinero fue uno de los principales focos de tensión. Hubo meses complicados en los que los ingresos no alcanzaban lo previsto y las cuentas empezaron a apretar. “Cuando el dinero escasea, las discusiones se multiplican”, explica Elena. “Ya no discutíamos solo por decisiones empresariales, sino por miedos”.
A eso se sumó el cansancio físico y mental. Ambos estaban agotados, sin vacaciones ni fines de semana reales. La sensación de estar siempre en alerta hizo que la convivencia se volviera más tensa. “Hubo momentos en los que sentíamos que éramos compañeros de trabajo que dormían en la misma casa”.

El punto de inflexión
La situación llegó a un punto crítico cuando, tras una discusión especialmente fuerte, Elena se planteó seriamente si el negocio merecía la pena. “Me di cuenta de que estábamos a punto de perder algo mucho más importante”, confiesa. Fue entonces cuando decidieron pedir ayuda externa, tanto a nivel profesional como personal.
Buscaron asesoramiento para reorganizar el negocio y, al mismo tiempo, acudieron a terapia de pareja. Una decisión que, según Elena, les salvó. “Necesitábamos que alguien de fuera nos ayudara a poner límites y a comunicarnos mejor”.
Aprendieron a repartirse funciones claras, a establecer horarios y, sobre todo, a no hablar de trabajo en determinados momentos del día. También asumieron que emprender juntos no significa hacerlo todo juntos. Delegar y apoyarse en terceros fue clave para reducir la presión.
Emprender en pareja: una lección aprendida
Hoy, Elena mira atrás con perspectiva. El negocio sigue en pie, aunque con un ritmo más sostenible, y su relación ha salido reforzada, aunque no sin cicatrices. “No romantizaría emprender en pareja”, afirma con rotundidad. “Puede ser muy bonito, pero también muy peligroso si no se hace bien”.
Su experiencia sirve como advertencia para quienes ven el emprendimiento compartido como una fórmula infalible. Trabajar con la persona a la que amas puede multiplicar lo bueno, pero también lo malo. Sin comunicación, límites y una estructura clara, el proyecto puede acabar pasando factura a nivel personal.
“El emprendimiento nos enseñó mucho, pero casi nos cuesta la relación”, concluye Elena. “Si volviera a empezar, lo haría con más cabeza y menos idealismo. Porque el amor no siempre es suficiente para sacar adelante un negocio”.








