Cuando escuchamos la palabra Parkinson, casi todos imaginamos lo mismo. Una mano temblando, un cuerpo frágil, una persona mayor que va perdiendo movilidad poco a poco. Es la imagen que se nos ha quedado grabada. Pero el Dr. Eduardo Argüelles, especialista en trastornos del movimiento, insiste en algo que debería hacernos parar un segundo: el Parkinson no es solo un temblor. Ni de lejos.
Y quizá lo más importante es esto: muchas veces, lo que realmente está ocurriendo empieza mucho antes… y de formas tan sutiles que nadie lo sospecha. Porque sí, el Parkinson es una enfermedad neurodegenerativa.
“El Parkinson está catalogado dentro de un grupo de patologías neurodegenerativas… hay un proceso que empieza y va produciendo una pérdida progresiva de neuronas”, explica Argüelles.
Y eso, dicho así, suena técnico… pero en realidad es profundamente humano: el cuerpo va perdiendo, poco a poco, parte de su equilibrio interno.
Una proteína que se acumula como una sombra

Uno de los aspectos más impactantes (y, sinceramente, un poco inquietante) es lo que ocurre dentro del cerebro. Según Argüelles, todo parece estar relacionado con una proteína llamada alfasinucleína.
Está ahí normalmente, como muchas otras sustancias del organismo. Pero en algunos casos empieza a acumularse en exceso, como si se formara un atasco dentro de las células.
Y las células colapsan.
Es como una casa donde poco a poco se va acumulando polvo en los rincones… hasta que un día las puertas ya no abren bien. El sistema se atasca.
El resultado es la destrucción progresiva de neuronas que producen dopamina, afectando especialmente a los núcleos de la base, zonas responsables de los movimientos automáticos.
Es decir, esos gestos cotidianos que hacemos sin pensar: caminar, escribir, mantener el equilibrio.
Y de pronto, algo tan natural deja de serlo.
El gran mito del temblor (y lo que nadie suele mirar)

Aquí viene una de las frases más contundentes del Dr. Argüelles, casi como una advertencia:el temblor no es obligatorio en el Parkinson. De hecho, solo entre el 30% y el 40% de los pacientes lo presentan como síntoma principal. “El temblor no es el sine qua non de la enfermedad”, aclara. Entonces… ¿qué aparece más a menudo? La bradicinesia, esa lentitud rara, como si el cuerpo respondiera con retraso. La rigidez, sensación de estar “acartonado”. La inestabilidad postural, que hace que el equilibrio falle. Y además, lo más olvidado: los síntomas no motores. Estreñimiento severo. Pérdida del olfato. Ansiedad o cambios emocionales. Trastornos del sueño REM, donde el paciente se mueve o habla mientras sueña, como si el cuerpo no supiera desconectar.
¿Quién pensaría que eso puede ser Parkinson? Pues ahí está el problema: muchas señales pasan desapercibidas durante años.
¿Y si todo empezara… en el intestino?

Esta parte parece casi de ciencia ficción, pero es real: algunos estudios sugieren que el Parkinson podría comenzar fuera del cerebro, en el intestino.
Argüelles menciona el plexo mientérico, una red nerviosa dentro del sistema digestivo.
“Todo parece indicar que viene del sistema nervioso en un área extracerebral… dentro del intestino”, afirma.
Esto explicaría por qué síntomas como el estreñimiento pueden aparecer hasta 20 años antes de los primeros signos motores.
Veinte años.
El cuerpo hablando bajito, durante décadas, antes de que alguien lo entienda.
Diagnóstico: la mirada del experto importa

El Parkinson no se diagnostica con una prueba rápida o una analítica. Su diagnóstico es clínico. Depende de la observación, de la experiencia, de la mirada entrenada del especialista.
“La enfermedad se diagnostica clínicamente… trastornos del movimiento es el área que más depende de la evaluación visual”, explica.
Existen pruebas complementarias, PET o estudios genéticos, para conocer el origen exacto, lo que él llama “el apellido” de la enfermedad. Pero el primer paso sigue siendo humano: ver, escuchar, interpretar.








