Estás haciendo scroll, ves una vida perfecta tras otra, sonrisas impecables, frases profundas, fotos que parecen sacadas de una película… y, de pronto, algo chirría. Demasiado perfecto. Demasiado constante. Demasiado calculado.
El psicólogo Iñaki Piñuel pone palabras a esa sensación: las redes sociales se han convertido en el escenario ideal para ciertas personalidades narcisistas y psicopáticas, que utilizan lo digital para construir una imagen fascinante… y profundamente falsa. Lo llama “la estrategia de la coqueta”: parecer único, deseado por todos, irresistible. Aunque por dentro no haya casi nada.
Y cuando lo entiendes, muchas cosas encajan.
El hambre de miradas: cuando el “me gusta” se vuelve oxígeno

Detrás de ese perfil que siempre brilla suele haber un vacío enorme. No es una metáfora bonita, es literal. Estas personas no se sostienen desde dentro. No se quieren de forma real, no se reconocen, no se habitan. Y entonces buscan fuera lo que no encuentran dentro: miradas, halagos, atención. Likes. Seguidores. Comentarios.
Es como si cada notificación fuera una bocanada de aire. Dura poco, eso sí. Y por eso necesitan otra… y otra… y otra. No es vanidad superficial. Es dependencia emocional.
A veces pienso: ¿cuántas veces hemos confundido seguridad con exhibición? ¿Cuántas veces hemos aplaudido una máscara creyendo que era una identidad?
La vida convertida en escaparate

Para mantener ese foco constante, la intimidad se vuelve espectáculo. Todo se muestra. El café de la mañana. La discusión. El abrazo. La tristeza (si es útil para generar atención).
Y no solo se exponen a sí mismos. Arrastran a otros a su escenario: parejas, amigos, hijos, desconocidos. Fotos sin permiso, etiquetas que nadie pidió, historias donde la privacidad ajena deja de importar. Porque, al final, lo único que importa es seguir siendo vistos.
Es curioso… cuanto más pública es una vida, más hueca suele sentirse por dentro.
Personajes de cartón: ser quien haga falta para gustar

Aquí aparece otra pieza inquietante: la capacidad de crear personajes. En redes es fácil. Tomas un rasgo de aquí, otro de allá, copias gestos, discursos, causas nobles. Te construyes como “persona sensible”, “alma libre”, “amante de la naturaleza”, “defensor de los niños”, “espíritu profundo”.
No porque lo seas, sino porque funciona.
Y funciona. Porque la gente se enamora de esa imagen. De ese avatar emocional tan bien diseñado. El problema es que ese personaje no existe. Es un collage. Un decorado. Y cuando alguien se acerca de verdad, cuando quiere tocar la pared… descubre que es cartón.
He visto a personas destrozarse por haber amado a alguien que, en realidad, nunca estuvo ahí.
El bombardeo de amor… y el frío después
Al principio todo es intensidad. Mensajes constantes. Palabras enormes. Promesas rápidas. Poemas copiados. Una conexión que parece sacada de una novela. El famoso “bombardeo de amor”.
Y tú piensas: “Por fin. Esto es real”.
Hasta que deja de serlo.
De pronto, el tono cambia. El interés se apaga. Llega la distancia, el desprecio sutil, la desvalorización. No porque tú hayas cambiado, sino porque ya no eres necesaria como espejo. El narcisista se aburre. Y cuando se aburre, descarta.
El golpe no es solo la pérdida. Es la confusión. Porque te preguntas: ¿qué hice mal? Y la verdad es que… no hiciste nada.
La competición eterna: likes como medidor de valor
En este mundo, el ego se mide en números. Más seguidores. Más visualizaciones. Más corazones. Una contabilidad emocional perversa, donde el valor propio depende del aplauso ajeno.
Y si alguien no admira, si alguien cuestiona, si alguien no aplaude… aparece la rabia. El ataque. El desprecio. Porque para estas personalidades, no ser el centro es insoportable.
No es ambición. Es omnipotencia herida.









