El dolor que no se dice en voz alta se queda dentro, crece en silencio y acaba marcando la forma en que vivimos. Hay pérdidas que no hacen ruido… pero lo cambian todo. De esas que no se anuncian, no piden permiso y, cuando llegan, dejan una especie de hueco difícil de explicar. La muerte inesperada de alguien querido no se “supera” como quien pasa página. A veces, simplemente se aprende a convivir con ella. Y otras veces, ni siquiera eso.
Porque el trauma no se queda en el recuerdo. Se instala en el cuerpo, en la forma de respirar, de dormir, de mirar a los demás. Está ahí, incluso cuando creemos que ya no. Como esos “esqueletos en el armario” de los que hablan algunos especialistas: cosas que enterramos para poder seguir viviendo… hasta que un día, sin avisar, vuelven a salir.
No es que la persona viva anclada en el pasado. Es peor: el pasado sigue viviendo dentro del presente. En una frase que no se dijo. En un aniversario que duele sin saber por qué. En una tristeza que aparece “sin motivo”. Y cuando no hay espacios seguros para hablar de todo eso, el dolor no se va… se enquista.
Cuando el dolor se calla: duelo en silencio, especialmente en la migración

En muchas comunidades inmigrantes, este proceso se vuelve todavía más pesado. A la pérdida se le suma la distancia, el desarraigo, la falta de recursos, el miedo a “molestar”. Y, muchas veces, una cultura que premia el aguante por encima de la expresión emocional.
Especialmente en los hombres. Educados para ser fuertes, proveedores, “machos”. Para no llorar. Para no pedir ayuda. Como si sentir fuera una debilidad. Como si el dolor tuviera que llevarse por dentro, sin hacer ruido.
Y claro… ese silencio no sana. Solo aísla.
A veces pienso en cuántas personas caminan cada día con una herida invisible, sonriendo por fuera, funcionando por fuera… mientras por dentro todo sigue desordenado. Nadie lo nota. Pero pesa.
Aislarse para sobrevivir… hasta que ya no es vivir

Cuando el dolor es demasiado grande, la mente busca salidas. Una de ellas es el aislamiento. Otra, la desasociación: “me desconecto para no sentir”. Es un mecanismo de supervivencia. No es debilidad. Es protección.
Pero hay una línea muy fina entre protegerse y perderse.
Cuando el aislamiento se alarga, algo empieza a apagarse. Primero se van las ganas. Luego los recuerdos bonitos. Después, las personas. La vida se vuelve pequeña, estrecha. Y la tristeza ya no es solo tristeza: se convierte en una forma de estar en el mundo.
Ahí es donde la depresión se vuelve peligrosa. No porque la persona quiera desaparecer, sino porque deja de sentirse parte de algo. De alguien. Incluso de sí misma.
Cómo acompañar sin romper más: estar, escuchar, no huir

Cuando alguien cercano está pasando por un duelo profundo, muchos no sabemos qué hacer. Queremos ayudar… pero tenemos miedo de decir algo mal. Y ese miedo a veces nos hace alejarnos. O soltar frases hechas que, aunque suenan bien, no sirven.
“Todo pasa por algo”.
“Sé fuerte”.
“Al menos ya no sufre”.
Duelen. Aunque no queramos.
Los profesionales lo repiten una y otra vez: no hace falta tener respuestas. Hace falta presencia. Estar. Sentarse al lado. Escuchar sin corregir. No minimizar. No juzgar. No apresurar.
Un abrazo. Un “estoy aquí”. Un silencio compartido.
A veces, lo más sanador no es hablar… es no irse.









