miércoles, 7 enero 2026

El error con la luz que cometemos por la noche sin darnos cuenta

- Cómo la exposición a la luz puede proteger tu salud durante el día y sabotearla por la noche.

Durante mucho tiempo hemos pensado que la luz siempre suma. Que cuanto más iluminado esté todo, mejor. Más productividad, más seguridad, más vida. Pero el cuerpo no funciona así de simple. Y un estudio reciente viene a recordárnoslo de una forma bastante clara… y un poco incómoda.

La investigación, divulgada por el doctor Roger Seheult, lanza una idea que cuesta asimilar al principio: la misma luz que te cuida por la mañana puede perjudicarte por la noche. No porque sea “mala”, sino porque llega cuando el cuerpo ya no la necesita. O peor aún, cuando le estorba.

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Para comprobarlo, los investigadores siguieron durante años a miles de personas que llevaban sensores de luz en la muñeca. Nada de teorías abstractas. Vida real. Luz recibida al despertar, al trabajar, al cenar, al mirar el móvil en la cama. Luego cruzaron esos datos con los registros de salud y mortalidad. Y lo que apareció fue un patrón tan lógico que sorprende no haberlo visto antes.

Cuando la luz acompaña y el cuerpo responde

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La luz diurna activa los ritmos internos del cuerpo y mejora la energía. Fuente:Canva

Durante el día, la luz es una aliada silenciosa. Especialmente por la mañana y hasta bien entrada la tarde. Entre las seis o siete de la mañana y alrededor de las cuatro, las personas más expuestas a luz intensa mostraban un menor riesgo de morir que aquellas que pasaban el día a media penumbra.

No es magia. Es biología. La luz diurna le dice al cuerpo que está en el momento correcto. Ajusta el reloj interno, ordena las hormonas, mejora la energía, afina el metabolismo. Todo empieza a encajar. Incluso ese cansancio “bueno” de final del día tiene sentido cuando la mañana ha sido luminosa.

Lo curioso es que este efecto protector se mantiene, aunque con menos fuerza, hasta las nueve de la noche. Hasta ahí, la luz suma. Después… empieza el problema.

Cuando la noche pide oscuridad y no se la damos

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El reloj biológico necesita señales claras para funcionar con precisión. Fuente:Canva

A partir de las nueve, el cuerpo empieza a cambiar de marcha. Pide calma, menos estímulos, señales de cierre. Pero nosotros solemos hacer justo lo contrario: luces encendidas, pantallas brillantes, notificaciones, series, trabajo pendiente. Y el cuerpo, confundido, entra en alerta.

El estudio muestra que la exposición a luz intensa durante la noche aumenta el riesgo de mortalidad, especialmente pasada la medianoche. No es inmediato, claro. Es un goteo lento. Dormir peor. Inflamarse más. Desajustar hormonas. Vivir siempre un poco cansado, un poco acelerado, un poco fuera de sitio.

La melatonina baja. El descanso profundo se fragmenta. El organismo no repara bien. Y cuando eso se repite noche tras noche, algo acaba rompiéndose (aunque tardemos años en notarlo).

Una imagen sencilla que lo explica todo

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La luz artificial nocturna interfiere con el descanso profundo. Fuente:Canva

El estudio, publicado en PNAS, resume esta idea con una frase muy potente: días brillantes, noches oscuras. El propio Seheult lo compara con algo muy cotidiano.

La luz es como regar un jardín. Si riegas cuando hay sol, las plantas crecen fuertes. Si empapas la tierra en plena noche fría, las raíces sufren. La luz no es buena o mala en sí misma. Es buena o mala según el momento.

Y aquí está la clave que solemos pasar por alto: el cuerpo no necesita más estímulos, necesita estímulos bien colocados.

A veces pensamos que cuidarnos implica añadir cosas. Más hábitos, más rutinas, más esfuerzo. Y resulta que, en este caso, cuidarse es quitar. Quitar luz cuando ya no toca. Dejar que la noche sea noche.

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