Los microplásticos ya forman parte de nuestro cuerpo sin que nos hayamos dado cuenta. La contaminación química ya no es algo lejano, industrial o ajeno a nuestra vida diaria. Está dentro de nosotros, silenciosa, acumulándose poco a poco. Así lo advierte Nicolás Olea, médico especialista en radiología y catedrático de la Universidad de Granada, una de las voces más claras —y más incómodas— cuando se habla de disruptores endocrinos. Su mensaje no busca asustar, pero sí sacudir conciencias: los químicos no solo nos rodean, nos atraviesan, y lo hacen incluso antes de nacer.
Durante mucho tiempo nos han hecho creer que el útero es una especie de refugio perfecto. Una burbuja segura. Pero la realidad es otra, y bastante menos tranquilizadora. “No hay una barrera placentaria, es un colador”, explica Olea. Lo que circula por la sangre de la madre llega también al feto. Así, sin dramatismos, pero con crudeza. Ese es el punto de partida de una exposición que no se detiene al nacer y que acompaña a la persona durante toda su vida, afectando a hormonas, metabolismo y desarrollo.
Una mochila tóxica que cargamos sin saberlo

Uno de los conceptos que más impacto genera en su discurso es el de contaminación interna. No hablamos de humo o de vertidos lejanos, sino de lo que ya llevamos dentro. Estudios europeos de biomonitorización han encontrado pesticidas, plásticos y otros compuestos químicos en la mayoría de la población. En España, los datos sobre infancia son especialmente duros. “Que el 83% de los niños españoles de 11 años estén meando un cóctel de pesticidas nunca debería de haber ocurrido”, afirma.
Y aquí está la trampa. Muchos de esos químicos, uno por uno, cumplen la ley. El problema es la suma. El efecto cóctel, pequeñas dosis de muchos compuestos distintos actuando a la vez. Algo que la ciencia lleva tiempo señalando y que la legislación, sin embargo, sigue sin abordar de forma realista.
El plástico que bebemos, vestimos y respiramos

Si hay un protagonista claro en esta historia, ese es el plástico. Olea no se anda con rodeos cuando habla del agua embotellada. La llama directamente una “tomadura de pelo”. Frente a la imagen de pureza que se vende, recuerda que el agua del grifo es más barata y mucho más controlada. “No sigas bebiendo agua embotellada porque eso es plástico”, dice. Y no es una exageración.
Una sola botella puede contener cientos de miles de nanoplásticos. Partículas tan pequeñas que atraviesan tejidos y que ya se han encontrado en órganos como el cerebro o el corazón. Pensarlo produce un escalofrío. Yo, al menos, no he vuelto a mirar una botella de plástico igual desde que escuché ese dato.
Cuando la enfermedad llega antes de tiempo

Las consecuencias no son teóricas. Se están viendo. Olea alerta de que el cáncer aparece cada vez antes. El cáncer de mama, antes habitual en edades avanzadas, hoy se diagnostica en mujeres mucho más jóvenes. Y no viene solo. Obesidad, diabetes, problemas de tiroides, trastornos de atención en niños… Todo empieza a encajar cuando se mira el contexto químico en el que vivimos.
El problema, según el catedrático, es que la medicina sigue llegando tarde. Se diagnostica, se trata, pero se previene poco. Reducir la exposición a tóxicos debería ser una prioridad sanitaria, y sin embargo sigue siendo un tema secundario.
Olea lo resume con una imagen muy gráfica. Vivimos dentro de una matrioska de plástico. Capa tras capa de químicos que no hemos pedido, pero que acaban formando parte de nosotros. Tomar conciencia es el primer paso. El siguiente, quizá el más importante, es decidir qué capas empezamos a quitar.









