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La crisis del covid-19 ha pillado desprevenido a todos los países, pero unos han reaccionado antes que otros, entre medidas de confinamiento y apoyo a los sectores claves de la economía. Al Gobierno de Pedro Sánchez se le ha atravesado el turismo, un pilar básico de nuestra economía y un sector estratégico que supone el 15% del PIB en España. Solo el año pasado, nos visitaron 84 millones de personas y se crearon 3 millones de empleo.

Las palabras de los ministros y del propio presidente del Gobierno no han hecho más que marear al sector desde que se decretó el estado de alarma. Las declaraciones de José Luis Ábalos, en el inicio de la pandemia sentaron como un jarro de agua fría. El ministro de Transportes, aseguraba que el turismo era una actividad “que se tenía que sacrificar”.

Días más tarde, la ministra de Trabajo, Yolanda Díaz, volvía a encender al sector cuando dijo que el turismo, en todas sus variantes (hostelería, restauración, comercio), no volvería a funcionar hasta final de año. Las empresas turísticas salieron en tromba y el Gobierno tuvo que matizar sus palabras. Pues solo dos días después, la vicepresidenta tercera de Asuntos Económicos, Nadia Calviño, rectificó a Díaz al asegurar que el sector turístico podría llevar a cabo la campaña de verano.

Tampoco ayudaron las palabras Alberto Garzón, el ministro de Consumo calificó el turismo de “precario y bajo valor añadido”, automáticamente el sector exigió su dimisión. Y cuando se creía que no se podía liar más, el ministro de Sanidad, Salvador Illa, anuncia una cuarentena para viajeros extranjeros.

UNA POLÍTICA CAÓTICA

Lo de la cuarentena no quedó ahí, de hecho, ha sido bastante caótico. La idea inicial era imponer una cuarentena de 14 días a todos los turistas que visitaran España. Pero la decisión era unilateral, sin consultar a otros países, ni escuchar al sector turístico, lo que provocó un enfado generalizado en los países vecinos y las instituciones europeas.

El primero en criticar la actuación del Ejecutivo fue el presidente de Francia, Emmanuel Macron, su queja fue clara: la medida no es eficaz, ni realista, y advertía con hacer lo mismo con los turistas españoles que quisieran visitar Francia. Aunque Macron fue más allá, y directamente recomendó a sus ciudadanos que no viajaran a España.

En la misma línea, Bélgica nos dio la espalda. Tal y como quedó reflejado en la famosa portada de Le Soir donde había un cartel de bienvenida en todos los idiomas y tacharon el nombre en español. También Alemania decidió abrirse a Europa, pero castigando a España. Angela Merkel levantó la recomendación de no viajar por el área Schengen el 15 de junio, pero la mantuvo para España.

Asimismo, los diarios británicos cargaron contra España y la cuarentena a los extranjeros. Con titulares como “El turismo en España ha muerto” o ¿Qué sentido tiene viajar a España? como se leía en The Telegraph.

Hasta en Bruselas se cuestionaron las medidas españolas. Desde la comisión Europea señalaron que las cuarentenas forzosas no eran la mejor a las alturas que estábamos. El Rey, Felipe VI tuvo que dar un toque y garantizar que España es un destino turístico seguro y de calidad.

Ante el caos en Europa y la presión creciente del sector turístico, Sánchez se vio obligado a salir en rueda de prensa y anunciar el fin de la cuarentena para turistas extranjeros y la apertura de fronteras el 1 de julio. Aunque tuvo que rectificar otra vez y adelantar la apertura de fronteras al 21 de junio.

Los bandazos del Gobierno han generado desconfianza en Europa, en ocasiones se ha cambiado de opinión con horas de diferencia. Como ocurrió el 4 de junio, a las 10 de la mañana, la ministra Reyes Maroto dijo que las fronteras con Portugal se abrirían el 21 de junio, a las dos horas el Gobierno salió a corregir a la ministra, hasta el 1 de julio España no abriría frontera con Portugal. En este caso, fue a petición del Gobierno portugués que había presentado una queja por no haberles consultado.

LLEGAN LAS MEDIDAS

Ante la falta de coordinación, el enfado de hoteleras, aerolíneas y en general, las empresas del sector iba en aumento, pues el resto de países estaban adoptando fuertes medidas de apoyo menos España. Es decir, no solo no se les estaban ayudando a reflotar, encima se les estaba hundiendo, si bien, otros destinos turísticos nos estaban robando cartera.

Portugal ya había optado por quitarle impuestos a todos los hoteles y restaurantes, mientras en España se estaba hablando de subir impuestos para incrementar la recaudación. Y en Alemania decidieron bajan el IVA para luchar contra la crisis.

Pedro Sánchez dio un paso al frente impulsado por Ciudadanos, que aceptó apoyar la siguiente prórroga del estado de alarma a cambio de un paquete de ayudas al turismo. El Ejecutivo se comprometió entonces a abrir una línea de crédito a través del ICO de 2.500 millones de euros antes del 15 de junio para facilitar la liquidez de las empresas turísticas, además de ayudas directas por valor de 151 millones de euros para la transformación y digitalización de la industria. Pero supo a poco.

Y entonces llegó la gran semana de la CEOE. En los últimos días, las primeras filas de las empresas españolas han pasado por la cumbre. El pasado martes fue el día reservado al turismo y el sector pidió a gritos más ayudas. Desde el presidente de Iberia, Luis Gallego, que destacó la necesidad de un plan para salir “de la crisis más profunda de la historia de la aviación”, hasta el presidente del Grupo Barceló, Simón Pedro Barceló, que animaba a impulsar programas vacacionales subvencionados, para sanitarios y colectivos afectados por la crisis sanitaria. En la misma línea, el presidente de Globalia, Juan José Hidalgo pedía al Gobierno que le echara una mano porque no pueden continuar si no ingresan.

Dos días más tarde, el Gobierno presentaba un “súper plan” de apoyo al sector dotado de 4.262 millones de euros, pero tenía trampa porque iban incluidos los 2.500 millones de euros que pactó con Ciudadanos. Las críticas de la oposición y del sector no tardaron: llegan “tarde y mal” o “son insuficiente”, ha sido lo más repetido. El daño está hecho y solo un milagro puede impulsar a las empresas turísticas españolas.

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