Petróleo

Este martes se prevé que el Gobierno de Pedro Sánchez dé luz verde al anteproyecto de Ley de Cambio Climático en el Consejo de Ministros para su tramitación parlamentaria. Por delante un futuro incierto donde el “oro negro” jugará un papel muy relevante a pesar de todos. Y es que en la historia de la economía pocos sectores se han prestado más a los designios proféticos que el del crudo. Y a su vez, se han mostrado tan desacertados. En especial, a la hora de vaticinar su muerte como piedra filosofal de la economía.

El colapso en la demanda mundial por el impacto de la pandemia del covid-19, aderezado por la ‘revolución verde’ en ciernes, alienta de nuevo apostar en su contra. Pero que la sugestión actual no lleve a equívocos, al igual que el 11-S no fue el principio del fin de los vuelos. El petróleo seguirá siendo una fuente vital de poder y dinero, a la vez que una pesadilla para el cambio climático.

Y lo seguirá siendo básicamente por tres razones: en primer lugar, no hay una alternativa real desde un punto de vista de la movilidad. Un planeta más globalizado, como es la tendencia natural, exige de más movilidad no de menos. En segundo lugar, los precios bajos serán la norma no la excepción, lo que provocará un aumento de demanda. La presión a la baja de su valor es inevitable debido a que en el sector han convergido las dos mayores fuerzas económicas conocidas: la tecnología y la competencia. Por último, todavía confluyen en él demasiados intereses económicos como para dejarlo caer. Tanto a nivel empresarial como estatal.

Hace un año, el consenso era que la demanda de crudo a nivel mundial seguiría creciendo. El promedio para los próximos años era de entre el 1% y el 2%. El mismo que se ha ido registrando, de media, en los últimos 50 años. De hecho, el gigante privado petrolero ExxonMobil, tan seguido como odiado, tenía entre sus planes bombear hasta un 25% más de petróleo y gas para 2025, debido a que esperaba que la demanda fuera hasta un 13% superior en 2030.

EL PETRÓLEO SIGUE SIENDO DINERO Y PODER

La predisposición de ExxonMobil a incrementar su presencia contaminante en el mundo sigue una lógica empresarial sencilla: los rendimientos financieros del petróleo son más altos que los que ofrecen, por el momento, las energías renovables. En Estados Unidos ha surgido en poco más de una década una industria entera sobre este sencillo razonamiento. La banca ha incrementado el volumen de créditos y exposición al sector un 15% solo desde 2016. En definitiva, la industria del petróleo sigue estando entre las más rentables a nivel global. A su vez, las grandes firmas siguen siendo maquinarias formidables de generar efectivo y pagar dividendos.

Pero, no solo hay intereses privados. El sector del crudo es principalmente una industria política estatal, por lo que los gobiernos no están dispuestos a ceder. El oro negro, al igual que el anillo de poder en la ya histórica saga del Señor de los Anillos, es sinónimo de atracción posesiva. Uno a uno, los gobernantes que han tenido acceso a él no han podido resistir a sus encantos como arma de supremacía. Además, independientemente del color, la religión o la ideología.

Por ello, es difícil ver un bando que lidere un ataque mortal al oro negro. ¿La izquierda? Difícilmente. Rusia es uno de los actores principales en el sector. Los países latinoamericanos se siguen invirtiendo miles de millones en la industria. En México, López Obrador, de vertiente socialista, puso en marcha a su llegada una enorme refinería, Dos Bocas, por 8.000 millones de dólares. En Ecuador, Rafael Correa ha modernizado sus centrales de refino por más de 2.200 millones, mientras que en Perú se aprobó la reforma de Ollanta Humala por más de 3.500 millones. Argentina llegó a expropiar YPF y no se puede entender a Venezuela sin la lógica del petróleo.

EUROPA: EL TONTO QUE LO INTENTA SIN SUERTE

Si la izquierda está realmente imposibilitada, aunque sean los primeros en ponerse la camiseta del cambio climático. La derecha no lo está menos. Donald Trump ha desafiado abiertamente a la OPEP y ha abanderado la industria petrolera del país. El presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, que es el único exponente conservador en la región asegura que no cree en el calentamiento global. El resto de grandes figuras de dicha ideología siguen opinando, reforzados por sus seguidores, que es una confabulación para sacar tajada de los presupuestos públicos.

Con todo ello, la única región que parece que realmente se ha tomado en serio el asunto ha sido Europa. El viejo continente ha puesto en marcha un sinfín de iniciativas y ha regado con miles de millones a conferenciantes, estudios y movimientos verdes. Quizás, la medida más adecuada fue la implantación de un mercado de emisiones de CO2 para limitar el abuso de las compañías contaminantes. El modelo, inspirado en una de las contribuciones más importantes del Nobel Ronald Coase, ha conseguido cambiar la mentalidad de la firmas gracias a actuar donde más las duele, en las cuenta de resultados.

Pero, por muy loable y bien estructurado que este el plan de Bruselas ha sido casi contraproducente. En primer lugar, debido a que sobrecargar a la industria europea la ha hecho menos competitiva frente a la del resto del mundo. Una situación que ha acelerado las llamadas deslocalizaciones a favor de países asiáticos. Segundo, porque los efectos en forma de reducción no han sido tan satisfactorios. De hecho, la huella de carbono de un ciudadano estadounidense se ha reducido en la misma proporción, en torno a un 20%, que la de un español o un alemán desde el años 2000.

EL MUNDO EMERGENTE, ¿QUIÉN LE PONE EL CASCABEL AL GATO?

Por último, y más importante, porque Europa tiene un peso limitado. El ranking lo lidera China con cerca de 9,5 millones de toneladas en 2018. La cifra supone multiplicar casi por tres lo que emite Europa, por dos el dato de Estados Unidos y que una de cada tres toneladas nuevas en la atmósfera sea suya. De hecho, en el mismo periodo que España o Estados Unidos reducían un 20% su huella de carbono el gigante asiático lo incrementaba un 177%. El mismo camino que parece seguir La India que desde el año 2000 ha aumentado sus emisiones en un 165% y, así, el resto de gigantes emergentes que poco a poco mejoran sus condiciones de vida.

Un movimiento, el de mayor crecimiento y mayor consumo de combustibles fósiles, que parece inexorable. Y que, ahora, a medida que los precios continuarán bajos por muchos años -por el efecto de la tecnología, Arabía Saudí puede extraer barriles de petróleo por debajo de los 3 dólares, y de la competencia encarnado por la industria norteamericana del fracking como contrapeso a la OPEP- se acentuará. Y, obviamente, les beneficiará como lo hizo a Europa o América hace años y ¿quién va a levantar la voz?

En definitiva, en el mercado del petróleo todavía confluyen una serie de fuerzas que imposibilitan su caída. El coche eléctrico no sustituirá al motor de combustión en China o La India en décadas. Pero, eso no es lo peor, ya que la movilidad va mucho más allá. Los 15 mayores buques del mundo consumen más petróleo que todos los automóviles del mundo y el sector aéreo es el mayor generador de emisiones de carbono de todos. Ambos, están muy lejos de electrificarse. Incluso el tren es mucho menos verde los que se cree. Por ello, aventurarse a predecir el fin del uso masivo del petróleo no deja de ser de nuevo, como en cada gran crisis, un estado de sugestión a nivel colectivo.