Arabia Saudí ha detonado el botón rojo. Un primer envite rápido y violento, cuyo primer efecto (más allá de tumbar las bolsas) ha sido el de hundir el precio del petróleo hasta los 45 dólares el barril. Aunque la violencia del movimiento, que más tarde se ha corregido, le llevó en las primeras horas del día a los 31 dólares. Con ello, el príncipe heredero Mohammed bin Salman, el líder de facto del reino, ha lanzado un serio primer aviso a Rusia. La razón es que bin Salman conoce a la perfección que el punto de equilibrio ruso está en los 42 dólares el barril, mientras que el emirato tiene un margen tan apabullante como intimidador: a 3 dólares el barril, seguiría siendo rentable.

Tanto Rusia como Arabia Saudí han iniciado un juego de la gallina, el último que se retira pierde y si no hay cesiones entonces se produce una colisión, en el que cada uno posee un vehículo característico, debido a sus peculiaridades. Aunque, sirva quizás como spoiler: las guerras actuales, es especial, las económicas han evolucionado hasta el punto de que ya no parte como favorito aquel con un mayor poder de fuego (como en la segunda guerra mundial), si no que la clave es qué bando posee una mayor capacidad para amortizar los daños, cómo demostró la de Vietnam.  

El noroeste de Europa es la estrecha carretera por la que circulan, en sentido contrario, bin Salman y Vladimir Putin. Un mercado clave para los rusos en el que los sauditas han decretado los mayores recortes. Así, el primero avanza con un acorazo tan lento como inexpugnable. Una situación que él mismo conoce a la perfección. La razón es que nadie puede producir crudo tan barato como Arabia Saudí, de hecho, solo se necesitan 2,8 dólares (unos 2,45 euros) para extraer un barril de petróleo de uno de sus campos. Una cifra tan imponente que es muchas veces inferior a los principales referentes privados del mundo como la americana Exxon, necesita de 16 dólares, o la rusa Rosneft, cuyo punto de equilibrio son los 20 dólares.

Aunque Rusia posee sus propias armas. Putín es consciente, por su parte, de que cabalga en un deportivo con una capacidad para maniobrar. El gigante europeo posee algunas ventajas geográficas sobre Arabia Saudí, dado que sus tuberías de exportación llevan el crudo directamente a las refinerías de China y Europa. Además, sus terminales de envío con buques petroleros están a pocos días de los principales centros en regiones ricas como Japón y Corea del Sur. Por el contrario, desplegar los buques desde el reino saudita implica un mayor tiempo y de costes. Unas condiciones que igualan la contienda.

Pero, en el juego de desgaste de los petroestados hay un último elemento a tener en cuenta en una guerra de desgaste: el precio al que cada país equilibra sus cuentas. En este punto, ya se conoce que Rusia necesita de unos 42 dólares por barril para ajustar sus cuentas. El problema lo tiene Arabia Saudí que no es capaz de equilibrar sus gastos nacionales por debajo de la friolera de 83,6 dólares. Aunque tampoco será un impedimento para el reino saudita, puesto que puede sostener un déficit unos cuentos años. De hecho, el precio del crudo ha estado varios años muy por debajo de la cifra de equilibrio y, aun así, el coste de su deuda ha marcado mínimos históricos recientemente.

EEUU, EL TERCERO EN DISCORDIA

Pero, y ¿qué ha desencadenado la situación? Simplemente, el poder petrolífero recién adquirido por EEUU. En los últimos años, el gigante americano ha desarrollado una de las tecnologías más disruptivas conocidas, el fracking. Con ello, ha pasado de ser el principal consumidor a uno de los exportadores más importantes del mundo. El fuerte crecimiento del sector en el norte de américa, la capacidad de Canadá también se ha incrementado, al calor de unos precios del petróleo altos. Así, a más valor de un barril más empresas estadounidenses eran rentables.

Un florecimiento que ha intentado detener por todos los medios Rusia. La última decisión fue negarse a reducir su producción, porque llevaba aparejado un incremento de precios (que daba viabilidad a las firmas norteamericanas), como había propuesto la OPEP. El desencuentro se oficializó el pasado jueves y Arabia Saudí respondió horas después anunciando que inundará el mercado de petróleo. Una decisión que choca con Rusia, pero que directamente lleva a la quiebra a cientos de empresas dedicadas al fracking. Al final, el primer damnificado será Estados Unidos. Aunque, todavía queda el movimiento de Donald Trump.