Uno de los botines más jugosos cuando llega un nuevo inquilino al Palacio de La Moncloa es el de las empresas públicas, que sirven para pagar favores colocando a políticos afines al amado líder, que suelen carecer de los conocimientos técnicos necesarios para realizar su trabajo con garantías pero que acumulan en la mochila un suntuoso equipaje de secretos, lealtades y compadreos. Renfe es un caso paradigmático que ilustra bien cómo un cargo político puede gestionar un presupuesto de miles de millones de euros.

En la era del sanchismo el que ha logrado el premio ferroviario es Isaías Táboas, al que sus compañeros del PSC le llaman ‘Pancho’ prácticamente desde que se afilió al partido en los años setenta del pasado siglo. Sus viejos compañeros de la formación de la rosa y el martillo en su deriva catalana le recuerdan como una persona con perspectivas de mejora social, que ya en sus años mozos parecía mayor de lo que realmente era, con su característico pelo canoso y llevando una licenciatura de Historia bajo el brazo que ni siquiera entonces garantizaba un puesto de trabajo en el sector privado.

Nació en Valencia de casualidad, porque su padre gallego tuvo que buscarse la vida a las orillas del Turia, pero cuando pudo se marchó a Barcelona, compaginando sus estudios con un trabajo de mensajero en el diario Sport. Aún mantiene fuertes lazos con el barrio vigués de Teis, de donde era oriundo su padre, aunque toda su carrera la ha hecho en Barcelona a la sombra de Miquel Iceta, actual primer secretario del PSC. Por aquel entonces –principio de la década de los ochenta– Iceta era jefe de gabinete de Josep María Sala (condenado por el caso Filesa) y tenía un despacho en el Ensanche de la Ciudad Condal al que acudía un nutrido coro de aduladores en busca de fortuna.

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Táboas estudió en la Universidad Autónoma de la Ciudad Condal y pronto se acercó a los cachorros del PSC, herederos de la pequeña burguesía catalana y que tenían más en común con sus archienemigos de Convergencia que con los independentistas de ERC. Comenzó con tareas penosas pero con cierta responsabilidad, como la de dirigir a los apoderados en los procesos electorales, pero pronto cayó bajo el influjo de Iceta y fue premiado por su fidelidad. “A partir de aquel momento ascendió socialmente, se convirtió en una especie de asesor de Iceta y se marchó a vivir a un edificio noble de la calle Balmes”, relata un antiguo miembro del PSC a este diario.

Llegó entonces otro de los momentos clave de su vida, resultado de una carambola de esas que a veces proporciona la vida. Para eludir a Iceta el mal trago de hacer la mili –algo que los más jóvenes hoy ni siquiera saben lo que era– el PSC puso su maquinaria a trabajar y el aparato del partido decidió aterrizar al dirigente catalán como concejal del Ayuntamiento de Cornellá de Llobregat. El alcalde era un joven charnego José Montilla, que pronto fue aceptado en el clan y que hizo buenas migas con ‘Pancho’, al que llevó a Madrid como jefe de gabinete cuando fue nombrado ministro de Industria en el primer Gobierno de Zapatero. 

MONTILLA-TÁBOAS: LOS HÉROES DEL SILENCIO

Dos años después, con la llegada de Montilla al Govern, nuestro protagonista fue designado secretario general de presidencia. Fue allí donde saboreó el poder al convertirse en uno de los hombres con los que había que hablar para conseguir influencia en la política catalana. Y eso que ‘Pancho’ nunca fue muy dado a las largas conversaciones. “Si Montilla habla poco yo aún menos”, le dijo a un periodista la noche del 30 de noviembre de 2006 cuando el partido celebraba la victoria del eterno alcalde de Cornellá. Sus compañeros les pusieron un mote: “Los héroes del silencio”.

El presidente de Renfe es poco dado a las ostentaciones. Su estrategia ha sido siempre pasar lo más desapercibido posible. Suele ir vestido con trajes grises, lleva gafas clásicas y su eterno rictus de cara de pocos amigos. No se prodiga en medios de comunicación más allá de lo estrictamente necesario y ni siquiera en las recientes crisis que ha sufrido Renfe se le ha visto rendir cuentas por televisión. Los que le conocen aseguran que su relación con Iceta es la clave para comprender su llegada a lo más alto de la empresa pública, que le abona cada año un sueldo de seis cifras con el dinero de los contribuyentes.

Táboas forma parte de la cuota catalana que se le ha exigido a Pedro Sánchez desde el PSC, partido que desde la etapa de Zapatero es una pieza clave para mantener o quitar a los secretarios generales de Ferraz. El presidente del Gobierno sabe que sin el apoyo de Susana Díaz el partido que lidera Iceta es indispensable para ayudarle en la lucha intestina que mantiene con algunos barones regionales, especialmente a quienes les ha perjudicado el coqueteo de la dirección nacional socialista con el mundo independentista. 

“LAS CAFETERAS DE PANCHO” EN EXTREMADURA

Fíjense si es importante el peso del PSC para La Moncloa que el todopoderoso secretario de Organización del PSOE, José Luis Ábalos, no ha podido eliminar a Táboas, a quien tiene enfilado desde su llegada a Renfe y que mantiene en el cargo a pesar de la deficiente gestión que está realizando. Y si no que se lo digan a los extremeños, que cada vez que se montan en un tren –les llaman “las cafeteras de Pancho”– sólo saben con seguridad la hora de salida. 

En los últimos días, aprovechando la llegada de la nueva legislatura, Ábalos le ha pedido a Sánchez que le corte la cabeza a Táboas, pero el tiro le puede salir por la culata porque a lo mejor termina compartiendo asiento con él en el Consejo de Ministros. Existen voces en el seno del PSC que ven con buenos ojos que el presidente de Renfe entre en el nuevo Ejecutivo.

La única noticia buena para el secretario de Organización del PSOE es que podría tomar el control de la empresa pública, que se enfrenta a unos tiempos turbulentos ante el fin del régimen de monopolio por imperativo legal, es decir, porque desde la Unión Europea se ha dejado muy claro que en 2020 se debe abrir el sector a la competencia.

Pero de momento, y hasta que nadie diga lo contrario, ‘Pancho’ seguirá al frente de Renfe, vigilado de cerca por Ángel Faus, que ejerce de carabina a las órdenes de Ábalos para que el fontanero de Iceta no se salga del tiesto. Y dedicará su tiempo libre a la lectura, única afición que ha trascendido de este político con más oscuros que claros.

Dicen que le encantan las novelas históricas, sobre todo si tienen un componente de investigación criminal, y los miembros de su equipo le conocen muy poco debido a su carácter reservado. De su etapa en el ministerio con Montilla aprendió que todo argumento de peso debe caber en un folio y que la capacidad de síntesis es una de las habilidades que hay que exigir a todo colaborador. 

MERCÉ SALA Y EL AVE A SEVILLA

Su labor en el sector privado es casi inexistente y toda su vida laboral se ha desarrollado dentro del partido. Pasó por Renfe en los años noventa como director de comunicación para ser premiado después con el puesto de delegado de Patrimonio y Urbanismo para Cataluña y Aragón.

Fue durante la presidencia de Mercé Sala, referente del PSC y que el entonces ministro de Obras Públicas, Josep Borrell puso al frente del monopolio ferroviario para poner en marcha el AVE Madrid–Sevilla, santo y seña de las infraestructuras felipistas.

Sala se hizo muy famosa tras descubrirse que iba todos los días a trabajar conduciendo ella misma un tren de Cercanías. “Me siento como un hombre que se afeita el bigote y todo el mundo le pregunta por qué”, declaró la política reconvertida a maquinista tras descubrirse el pastel. Efectivamente, Spain is different.