España no es un país de emprendedores, sino de funcionarios. Quizás tenga que ver el hecho de que la gran lacra histórica del país es el desempleo, el paro es el rey de las preocupaciones en el CIS, por lo que nos ayuda a dormir mejor cuando pensamos en un empleo seguro. Por ello, un elevado número de jóvenes, y no tan jóvenes, licenciados, graduados, doctorados o sin título ven en las oposiciones su gran oportunidad de cara el futuro. El problema es que muchas veces los tiempos van al revés y, ahora, cada vez es peor idea sumarse al abultado núcleo de opositores, puesto que el número de plazas puede caer con fuerza en los próximos años.

Detrás de las oposiciones existe un complejísimo entramado de situaciones aleatorias que detonan finalmente en la obtención (o no) de la plaza. Por un lado, está el plano personal. Sin lugar a dudas, la más importante. La decisión de preparar una oposición incluye entre otras la conciencia de que vas a realizar el mismo trabajo, o similar, durante toda la vida o que para ascender seguramente debas volver a opositar. Pero, la más notable de todas es que preparar una oposición, obviamente luego va por niveles, exige una enorme capacidad de sacrificio. De hecho, Paco Umbral recordaba que planificar este tipo de pruebas “es una manera casta de pasar la juventud sin tentaciones, ocios, discotecas ni enfermedades”.

Si lo anterior ya es problema serio, ni mucho menos cualquier persona puede soportar el desgaste que genera una oposición, todavía queda la parte externa. Entramos ahora en los factores aleatorios que influyen y mucho. Éstos van desde las preguntas sorteadas, al orden de convocatoria, el momento en el que se realizan o los posibles aplazamientos. Incluso las propias características del tribunal que selecciona tiene una importancia notable, como señalan distintos estudios. La aleatoriedad anterior, unida a los extensos temarios de algunas oposiciones termina por beneficiar a aquellos opositores que se han presentado más veces o que tienen más experiencia.

Aparte de todos los factores propios de una oposición queda un factor clave todavía: el de las plazas que saca el Estado. Éste punto es vital y es el desencadenante principal, salvo excepciones notables, de que la inmensa mayoría decida presentarse. Al fin y al cabo, una oposición es totalmente diferente a cualquier carrera o curso con el que los estudiantes hayan liado. La razón es que no consiste solo en mostrar que se tiene unos conocimientos, como cualquier examen, sino que además tenerlos debes acreditar que son superiores al del resto de opositores. Y como ya se ha advertido anteriormente, los que llevan más tiempo suelen tener muchas más oportunidades que los principiantes.

OPOSICIONES, AHORA O NUNCA

Cómo los primeros factores son más o menos fijos, dado que la actitud en principio permanece invariable. También como los segundos son ajenos, no se puede influir en ellos. Al final, se debe tomar la decisión en función del tercero (cómo ya se ha anotado que es lo que se suele hacer), aunque no siempre de manera acertada o maximizando las oportunidades. En este punto, se debe tener cuidado porque la gran mayoría de los opositores tienen una mente procíclica, a medida que hay más plazas más se presentan. Cuando en realidad, la mejor opción es la anticíclica o prepararse cuando las plazas son menores, porque una vez ese número crece tenemos muchas más probabilidades de aprobar.

El ejemplo de lo anterior, que parece contradecir la razón, está pasando en este 2019. Para este año se ha decretado el mayor número de plazas desde 2008, con cerca de 30.000 vacantes públicas, lo que sin duda ha atraído y llenado las academias de preparación de toda España. ¿Es una buena opción? Por el momento parece que sí, pero tiene un sinfín de matices. En primer lugar, es año de elecciones lo que ayuda a elevar con fuerza esta cifra. Así, el último año que las hubo el número de puestos públicos ofertados se incrementó un 28,5%, mientras que para este hay récord de la última década.

Aunque los problemas vienen por el lado económico, ya que el número de plazas que se ofertan está muy relacionado con el crecimiento del PIB en dicho año. Así, con los datos desde 1996 entre ambos da un coeficiente de correlación muy alto, una medida estadística que compara dos series de números, del 0,6% (siendo 1 la máxima y -1 la mínima). Lo anterior sugiere que, en los próximos años, a medida que se ralentice la economía el número de plazas se reducirán. De hecho, si se toman todos los años en la serie, desde 1997, que el país ha crecido por debajo del 2% (como se espera en los próximos años) la media de puestos públicos que salen es de apenas 7.000, unas cuatro veces menos, pero si utilizamos la mediana (una medida mucho más eficaz) es de tan solo 4.000 plazas.  

LOS PROBLEMAS QUE PUEDEN APARECER

La decisión de opositar o no, también el tiempo en aprobar (que obviamente se extiende cuando las plazas son menores), no es baladí, puesto que los opositores se exponen a distintos riesgos. El principal es que el opositor inicia el proceso con un horizonte temporal previamente fijado, que al final en la mayoría de ocasiones se alarga generando problemas adicionales. El primero es que la mayoría de oposiciones exigen una dedicación completa que choca frontalmente con desarrollar otra actividad laboral, por lo que si los recursos con los que contábamos se acaban (puede ser el paro o la ayuda de los padres) la cosa se complica.

Lo anterior, nos lleva al siguiente problema: hemos perdido años de experiencia que es el requisito imprescindible para las empresas. Si ya es difícil encontrar un empleo, sin experiencia previa (añadida a la edad) es todavía más difícil. Una situación que se complica más por el problema del ciclo económico, ya que si en los años prósperos donde era más fácil encontrar un empleo nos dedicamos a opositar (porque había más plazas), ahora que se acerca la crisis nos chocamos con que la posibilidad de trabajar es todavía menor y el número de vacantes públicas se reduce. En definitiva, hay que tener cuidado con los tiempos y no seguir a las masas.