Perfil discreto. Con un ambiente imponente, aunque, quizás, de aire enrarecido. Sus palabras son un credo y su poder alcanza cada rincón del planeta. McKinsey, la mayor consultora del mundo, posee tentáculos en cada órgano con cierto poder de decisión abarca los cinco continentes. Incluidas nueve de cada diez empresas importantes. Pero, el dominio no es intocable, nunca lo es, ni para la que muchos afirman que es la empresa más importante y con más autoridad de todas cuantas hay. En realidad, la compañía está sumida en un pequeño momento de indefinición, mientras expía sus pecados y encuentra un nuevo camino.

Hasta hace relativamente poco, el nombre de McKinsey era impoluto. En su equipo había mentes brillantes que han acabado como presidentes y hombres importantes en gobiernos y grandes compañías. Incluso alguno qué pese a sus gustos por la discreción, nunca cambio el nombre en la puerta del despacho que heredó, serán largamente recordados, como su dirigente histórico, Marvin Bower. Pero, lo que nunca había tenido la compañía era un delincuente, en el sentido amplio de la palabra, entre sus filas. Hasta ahora. En 2012, su exsocio gerente, Rajat Gupta, fue condenado por el uso de información privilegiada después de abandonar la empresa.

La trama ocasionada por Gupta no sería el único toque de atención desde las autoridades legales a la consultora. En 2016, McKinsey se vio envuelto en un escándalo en Sudáfrica después de trabajar con Trillian, una firma de consultoría local que era propiedad de un socio de la familia Gupta. Más recientemente, se ha enfrentado a acusaciones de que su trabajo en el segmento de la bancarrota en EEUU, en el que entró hace no mucho. La razón es que sus deliberaciones en dicho campo entran en conflicto de intereses con el funcionamiento de su filial de inversión, McKinsey Investment Office que gestiona 12.700 millones de dólares. Aunque, por el momento, ya se han desestimado cuatro de las cinco demandas que están presentadas y la quinta, un caso relacionado con la quiebra de Westmoreland Coal, se resolverá en febrero.

UN NUEVO CAMINO PARA MCKINSEY

La consultoría ha cambiado. Hasta la irrupción, y el desenfreno, de la tecnología el mundo de la empresa giraba en torno a un componente básico: los costes. Los consultores generalmente ayudan a las empresas en dificultades a ser más eficientes, esto es ahorrar en gastos innecesarios. La contención de los costes, cuando fuera necesario, era el sello de identidad de los grandes gestores, directivos o consultores. Es más, uno de los últimos grandes contratos que ha recibido McKinsey en España fue el de Telefónica, de tal manera que la consultora va a ayudar a la operadora en la reorganización interna que está afrontando una vez se cierre la salida de los más de 3.000 empleados que está previsto.

En ese punto, McKinsey no tiene rival. Ni siquiera Boston Consulting o Bain & Company son capaces de rivalizar con la consultora neoyorkina. Pero el mundo, o gran parte de los negocios que prosperan, ya no funciona así. En un entorno de dinero fácil y bajos tipos las empresas tecnológicas prefieren mantener el piloto automático y quemar cuanto efectivo haga falta que contratar un externo que les diga que hacer. Tampoco éstas firmas están adaptadas del todo a este cambio, dado que el viraje de estos gigantes es mucho más lento que otras más pequeñas y ágiles.

De hecho, las consultorías de gestión han hecho escasas incursiones en gigantes como Facebook o Google. Pero va a más, puesto que de cierta forma también compiten contra ellas. Por ejemplo, Amazon se ha convertido en el mayor reclutador en algunas escuelas de las escuelas de negocios más exclusivas del mundo, también roba directivos y gente formada en consultoría, gracias a las generosas remuneraciones que ofrecen. Aun así, la compañía pretende pelear. Por un lado, ha logrado introducirse en el ciclo de la vida de las empresas tecnológicas. Por otro, también ha pasado al ataque para atraer matemáticos, informáticos o físicos con especialidades en el tratamiento y análisis de datos y sigue siendo tan atrayente como antes. Hasta el punto de que el año pasado registró 800.000 solicitudes de empleo para 8.000 puestos.

KEVIN SNEADER MARCA LOS PASOS

El mundo al revés. Mientras de la firma salen líderes y directivos a raudales para todas las empresas y gobiernos del mundo, la misma sigue añorando un líder que la devuelva su esplendor. La alargada sombra de James McKinsey y su sucesor Marvin Bower pesa para cualquier otro nombre que asuma el cargo. Más si cabe, si el elegido, como ha sido Gupta, ha resultado ser un fracaso en cuanto a reputación. Aunque no en resultados. Ahora, todo queda en manos de Kevin Sneader, el que fuera presidente de la unidad de Asia, que reemplazó (en un mes cumplirá dos años) a Dominic Barton.

Si bien Sneader deberá refrendar y recomponer muchos de los componentes de la compañía, hasta ser un referente tecnológico y de estrategia como lo fue años atrás. También deberá hacer frente a las cuestiones judiciales, casi por primera vez para la marca. Puede estar tranquilo que en términos de negocio todo fluye. Su facturación, con más de 10.000 millones, es la más alta frente a cualquier empresa consultora comparable. Además, la firma sigue expandiéndose con fuerza y cada vez es más grande, así, el número de socios casi se ha duplicado en una década (hasta los 2.200) y el número de empleados ha crecido en ese tiempo un 76%. Al final, para resucitar como inmortal, como Jesucristo, primero hay que morir como mortal.