La pandemia del coronavirus está dejando en todo el planeta una imborrable estela de muerte y desolación, pero también un hilarante álbum de “momentos Marilyn”, ese tipo de situaciones en los que un radical cambio de las circunstancias provoca que a los fanáticos defensores de algunos dogmas se les vea el culo de manera mucho menos artística que a la rubia norteamericana. 

La pandemia ha silenciado momentáneamente a todo un gremio de apóstoles, profetas, demagogos, idiotas y profesionales de la indignación que se habían hecho un nombre arremetiendo contra el turismo, la fabricación de coches, el transporte, el consumo, el desarrollo global de la economía y hasta la unidad de España. Casualmente, en el territorio peninsular los culos más grandes y feos se han visto en Cataluña, aunque en el resto del Estado español -como les gusta fastidiar a los nacionalistas- también se ha notado una inesperada emersión de nalgas grasientas y varicosas, por ejemplo, a cuenta de los madrileños, esos tontos que financian sin quejarse la mayor parte de factura de la solidaridad territorial española y que sin embargo han sido encerrados todos ellos en el gulag de la “madrileñofobia”.

Cataluña, desde hace años fábrica y vanguardia de muchas de las ideologías oxidadas del mundo, fue también la cuna española de la “turismofobia”. Los muchachos de las juventudes de la CUP con el mutismo complaciente de las autoridades municipales de Barcelona inauguraban cada año la temporada atacando autobuses turísticos y algunas infraestructuras hoteleras. En la performance también participaban algunas asociaciones de vecinos que perdían el tiempo por los alrededores de la Sagrada Familia repartiendo folletos y aconsejando a los sorprendidos viajeros que al volver a casa no dijeran a nadie que habían estado en la capital catalana para así frenar la llegada de nuevos turistas. Quizás tenía razón Mariano Rajoy cuando decía que “los catalanes hacen cosas”, aunque algunas sean muy raras. ¿En qué estaría pensando nuestro apreciado Don Miguel de Unamuno cuando proponía catalanizar a toda España?

Ahora, en solo tres meses hemos pasado de ensuciar las paredes con pintadas tan poco fraternales como el “turismo mata la ciudad” o “Turist, go home”, a procurarle tanto cariño y atención a los forasteros como si fueran linces o águilas imperiales en peligro de extinción. En Baleares, donde por fin han entendido que, sin turistas, los bellos parajes y las tranquilas calas solo sirven para la meditación existencial y el ramoneo de las cabras, se deshacen ahora en aplausos cada vez que un pequeño grupo de alemanes llega a un hotel. Casi lo mismo que en Prety Woman, donde el sumiso vendedor de la tienda de Rodeo Drive, preguntaba a Richard Gere: ¿señor, le hago suficientemente la pelota? 

Hasta el honorable Torra, “señor de las Bestias” ha decidido cortejar temporalmente a esos “carroñeros, víboras, hienas” que crecen y se mueren hablando en castellano. Después de tantos años del derecho a decidir, cruces en las playas, lazos amarillos y “Espanya ens roba”, les ha tenido que costar “sangre, sudor y esteladas” ese spot titulado “Cataluña es mejor con vosotros”, donde se le proponen al resto de los españoles cosas tan íntimas y picantes como empezar “una amistad de verdad” o que la “felicidad es estar unidos”.

También la industria del automóvil tenía empoderados enemigos, incluso en el Gobierno de España, pese a representar el 10 por ciento del PIB nacional y dar trabajo al 9 por ciento de la población activa.  Pero qué es el empleo, frente a las ideas altruistas y emancipadoras, por ejemplo, de Teresa Ribera, vicepresidenta cuarta y ministra para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico, una “purasangre” del activismo de salón, que primero quiso acabar con la caza y los toros y después se lanzó a por los coches de gasoil. Otro gran momento Marilyn, porque tras el portazo de Nissan en Barcelona y el hundimiento de las ventas, el gabinete al que pertenece la vicepresidenta no ha tenido más remedio que poner en marcha un plan como los de toda la vida para subvencionar la compra de coches, incluidos los del contaminante gasoil.

Hasta el significado y la legitimación de las caceroladas y los escraches mutaron durante las duras semanas del confinamiento. Lo que antes era rojo, progresista y jarabe democrático, pasó a convertirse en fascista y en una herramienta ilegítima de agitación callejera para derrocar al Gobierno. Ahí está el ilustrativo ejemplo de la familia Perón-Iglesias, que en diciembre de 2012 tildaban a los policías como “matones al servicio de los ricos” y que ahora se hacen proteger en su chalet de Galapagar por un exagerado destacamento de guardias civiles.  Debe ser, como dejó escrito otro Pablo, el poeta Neruda, que “nosotros los de entonces, ya no somos los mismos”.

Pero en España, ese país donde siempre se tropieza con la misma piedra, los idiotas siempre regresan triunfantes. En cuanto mejore algo la economía y el grifo de la cerveza vuelva a dispensar cañas en abundancia, emergerán de nuevo los indignados, los profetas del anticonsumo, los ecologistas de subvención, la caspa de la turismofobia y todas esas tribus que ahora andan silentes porque el parón de la economía y el choque con la realidad les ha dejado sin discurso y con el pandero a la intemperie.

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