La vida del gafe es difícil. Aunque siempre puede ser peor, un gafe en un viernes trece. En la sociedad actual esa cualidad, en tiempos pasados era mucho peor, es muy poco valorada e incluso en muchas ocasiones repele. A pesar de todo, si te sientes como un imán de gatos negros o te has sentado en más de una ocasión sobre una aguja has de saber que no está todo perdido. Hay quien que te valora y no te rechaza. Ese alguien es: Hacienda, sobre todo el 22 de diciembre. En especial, cuando no solo compra el que tiene mala suerte, sino que convence para que lo hagan con él al mayor número de desgraciados posibles. Por ello, el día de la mala suerte es el día favorito para la Sociedad Estatal de Loterías y Apuestas del Estado.

Encontrar al gafe no es fácil, por lo que se debe buscar en su hábitat natural. Suele detectarse entre cava, sidra, algún carajillo mañanero y la retahíla de cánticos y anécdotas de grupos de personas agarrando un décimo que suele estar (que no siempre ocurre) premiado. En medio de dicho grupo se localiza nuestro espécimen al cual se reconoce fácil. Los rasgos clásicos de cara pálida, no tiene copa en mano, ni tampoco agarra un décimo como si le fuera la vida en ello y, lo más importante de todo, emite un sonido característico tal que: “Lo vi colgado, pero no lo cogí”. ¡Bingo! Gafe a la vista, en sus pantallas el hombre favorito de Hacienda.

Ah, por cierto, mejor no confundir a semejante espécimen con otro del mismo corte que grazna de la siguiente manera: “Por un año que no juego”. Éste último, es odiado por nuestra querida Agencia Tributaria. Un ser frío, sin ilusiones, amargado, calculador (incluso puede que sepa de probabilidades) en definitiva, un tipo al que aborrecer sin duda.

Semejante personaje no merece más tiempo, por lo que lo mejor es volver al gafe original. El que compra y nunca le toca. Dado que no hay nada que más feliz haga a Hacienda, y Hacienda somos todos, que el décimo no vendido y agraciado con un premio. Más dinero al bote. De hecho, además de los más de 1.000 millones netos que saca de beneficio sí o sí (reparte solo el 70% de los ingresos en premios) se embolsa todos aquellos premios que no se cobran o se devuelven. Qué claro, uno puede pensar que si se devuelven al fin y al cabo son menos ingresos, y es verdad, pero si esos décimos retornados son los agraciados en el balance sale muy favorecida. Habría que tener mucha suerte, podría proseguir alguien. Bueno, nunca hay que infravalorar dos aspectos: el hecho de jugar siempre (como los casinos que ganan por insistencia) y el poderoso efecto de la mala suerte y los gafes.

Acaso si alguien se sorprende de que el objetivo último, y lícito, de la Lotería es que gane el Estado, lo mejor es remontarse a sus orígenes. No fue la ilusión de los ciudadanos o la navidad la que empujó a su creación, en Cádiz, sino la financiación de la guerra contra los franceses allá por 1812. Por si queda alguna duda, hasta los más fieles exponentes de ‘la pela es la pela’ crearon la suya: la Grossa de San Jordi.

Y SI, ES CASI IMPOSIBLE QUE TE TOQUE

Existe un solo día al año en el que el 75% de los españoles, que es el porcentaje que declaran que juegan, creen que es factible ganar dinero con la Lotería Nacional. Exacto, el mismo día del sorteo cuando hablan con sus allegados y, normalmente, siempre suele ser ‘lo jugado’. Pero no, sentimos decepcionar a aquellos que tienen buena fe y creen en esas palabras, puesto que lo normal es recuperar solo siete de cada diez euros que se gastan. Aunque hay mentiras todavía más dolorosas cómo: “Este año he salido ganando”. Puede ser, pero es muy complicado.

Podría sonar doloroso, las probabilidades de este tipo de juegos lo suelen ser, pero es importante que se sepa. No hablamos ya de que la probabilidad de que nos toque el Gordo es de 1 entre 100.000, por cada número, o que la esperanza sea perder 30 euros por cada 100 euros jugados. Lo peor es que a lo largo de una vida, para una esperanza de 84 años, habremos jugado unas 70 veces a la Lotería y nuestra mejor probabilidad es que solo en 3 años seremos capaces de cobrar más de lo jugado, esto es cada 23 años. Algunos, los llamados gafes, probablemente ni se acerquen a dicha cifra. Lo mejor de todo, es que si nos toca y encima lo hace bien también le tenemos que pagar una parte a Hacienda. De ahí quizás el otro gran lema que se utiliza: “El mayor premio es compartirlo”.

LA ENVIDIA (QUE NO LA ILUSIÓN) COMO MOTOR DEL NEGOCIO

A estas alturas de la película, salvo contadas excepciones nadie compra un décimo con la esperanza de que su vida cambie. De hecho, aquellos agraciados no dejan su trabajo ni tienen grandes cambios (como demostró Imbens, Rubin y Sacerdote en 2001). Lo de la ilusión, por mucho que se repita, no deja de ser ingenuo. Pero entonces, ¿qué mueve a la gente? La envidia, simple y llanamente. Algo que saben muy bien en Loterías y Apuestas del Estado, aunque no lo dicen porque queda mal. Porque un anuncio, además en plena navidad, que dijese algo así como ‘compra no le vaya a tocar al vecino y no a ti’ sería feo. Prefieren ser igualmente efectivos, pero sin forzarlo tanto. Aunque no faltan ejemplos para comprobar está teoría, el favorito es el lema publicitario del: “¿Y si toca aquí?“.

El efecto anterior se conoce como ‘envidia preventiva’ y la acuñó el sociólogo José Antonio Gómez Yáñez. En uno de los trabajos más seguidos en relación con la Lotería, el de Kuhn et al. (2010) observó que los vecinos de los premiados, a pesar de no haber obtenido ningún premio, tienden a cambiar de coche o hacer arreglos en la casa. El estudio demostró no solo que nuestra felicidad depende de nuestra renta, sino también de la del vecino, lo que provoca que ante la duda si alguien cercano a nosotros compra un décimo o nos ofrece, no podemos decir que no. En definitiva, la mayor fuerza que nos mueve de cara al 22 de diciembre es el ‘Isi’, aunque para ilusos el Isidoro vive en La Colmena, que se suele decir.