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Escribimos ‘fake news’ en inglés en lugar de utilizar el término ‘noticias falsas’ porque siempre ha habido noticias falsas, mientras que el fenómeno de las ‘fake news’, tal y como lo entendemos recientemente, tiene suficientes características diferenciadoras como para merecer una denominación específica. Y es muy reciente.l

El término en inglés lleva décadas apareciendo en los libros. Especialmente cada vez que se habla de propaganda y con especial virulencia entre la Primera y (sobre todo) la Segunda Guerra Mundial. Al menos, es lo que reflejan los datos de Google Books:

Estos datos fueron recopilados por Forbes para un artículo sobre si Mark Zuckerberg fue quien popularizó el nuevo significado del término. Y, por cierto, parece que sí fue así.

En el gráfico de Google Trends queda claro que se dispararon las menciones a estos términos en noviembre de 2016, justo después de que Zuckerberg dijese en la conferencia Techonomy: “Personalmente creo que la idea de que las ‘fake news’ en Facebook, que son una parte muy pequeña del contenido, influenciasen en las elecciones en alguna medida, es una idea muy loca.. Creo que hay una profunda falta de empatía al afirmar que la única razón por la que la gente votó como lo hizo es porque leyeron noticias falsas”.

Pero ese crecimiento se vio respaldado por otro momento clave: Cuando, en plena rueda de prensa, a mediados de enero de 2017, el presidente de EEUU, Donald Trump, calificó de ‘fake news‘ la cobertura de la CNN.

Medios de producción

El debate sobre este fenómeno se ha recrudecido en los últimos tiempos. ¿Pero cuáles son las raíces del mismo?

Hay tres fenómenos que contribuyen al surgimiento de las nuevas ‘fake news’. El primero, la desintermediación tecnológica que permite que medios puedan salir a la calle con inversiones reducidas utilizando plataformas y sistemas que básicamente son ‘commodities’, como WordPress. Generar una web con la apariencia de un medio de comunicación nunca ha sido más fácil, ya sea para hacer periodismo, para tratar de influir ideológicamente en la sociedad o para hacer caja.

El segundo fenómeno es la generalización de la publicidad programática y de las campañas que pagan en función del llamado CPM, el coste por cada mil impresiones. Esto ha hecho que los medios de comunicación online dependan en gran medida del número de páginas vistas que generan. Muchos de ellos han comprometido a lo largo de los años sus señas de identidad con un único objetivo: Generar más tráfico, atraer más clicks, no caer en los rankings y ponerse por delante de la competencia para no perder la posición de dominio en las grandes campañas.

Pero si los grandes medios compiten en la liga de los millones de usuarios únicos auditados por Comscore, los pequeños pueden subsistir con cifras mucho más modestas. Algunos cientos de miles de usuarios y muchos más cientos de miles de páginas vistas pueden suponer un pequeño sueldo para quien consiga reunirlos y monetizarlos.

El tercer fenómeno es la absoluta ubicuidad de la información. Es tan sencillo copiar o traducir información de otros y presentarla como nueva, con un pequeño giro o un titular ligeramente más agresivo, que muchos pequeños medios o pseudomedios pueden sobrevivir limitándose a hacerlo.

El reto de la industria

El problema de estos tres fenómenos es que son un problema sólo si quieres verlo como tal. La democracia se beneficia de ellos. El abaratamiento de la tecnología y de las plataformas hace que puedan surgir más y mejores proyectos periodísticos; el hecho de que haya un medio directo de generar ingresos por publicidad permite que algunos de ellos puedan sobrevivir, y el hecho de que la información esté en todas partes también puede decir que se pueden encontrar diferentes puntos de vista sobre los mismos datos para ofrecer una visión poliédrica de la realidad.

Durante meses he insistido en cada presentación pública en cómo la presencia de más medios supone una bendición para la democracia, porque si muchas más personas miran el mismo objeto desde diferentes puntos de vista es más probable generar una imagen tridimensional, con todos los ángulos expuestos.

Ed O’Keefe, del Washington Post, declaraba a El Mundo durante el XVIII Congreso de Periodismo Digital de Huesca que el tratamiento del Watergate en la época de la prensa digital “no sería equivalente, sino mejor”, con lo que descartó que la calidad periodística se resienta por culpa de internet: “Éste es el mejor momento para el periodismo”, llegó a afirmar.

El nuevo logo del Post lo dice todo: La Democracia muere en la oscuridad. Y el tratamiento de la presidencia de Trump durante los últimos meses, incluso muchas veces por parte de medios afines como Fox, ha sido impresionante. El llamado cuarto poder ha flexionado sus músculos y quizá no haya sido capaz de forzar la dimisión de Trump, pero sí ha logrado reducir su nivel de popularidad en las primeras fases de su mandato hasta un suelo histórico.

Sí, ha salido elegido. Sí, escándalos que hubieran supuesto la caída de cualquier otro presidente en la historia de EEUU han quedado en nada. Pero eso tiene razones que van más allá de la influencia del periodismo.

El caso español

En España tenemos nuestros propios generadores de ‘fake news’, normalmente panfletos incendiarios impulsados desde las tertulias televisivas que sólo buscan carne de cañon para alimentar la lucrativa guerra entre Atresmedia y Mediaset. Del mismo modo que en EEUU, en España muchos de los peores pseudomedios surgen desde la extrema derecha y combinan algunas piezas realmente noticiosas (no hay redacción que no tenga al menos un periodista medio honesto), con refritos de historias ya publicadas por otros pero con titulares escandalosos, o con supuestas exclusivas que no dejan de ser la mera recopilación de historias de alcoba que ya fueron populares hace treinta años y que se han revitalizado por puro morbo y debilidad manifiesta del objeto de las críticas. Eso, cuando no hablamos de simples mentiras fraguadas en las cloacas del Estado.

Nótese que esta proliferación de medios ventajistas ha retroalimentado a los movimientos populistas en nuestro país, que se benefician de su existencia. Mientras unos echan mierda sobre los otros, muchas veces sin fundamento, estos a su vez movilizan a sus bases apelando a la defensa de su honor frente a tamañas falsedades. Básicamente, ambos entornos viven en una simbiosis enfermiza, mientras la moderación y el sentido común más elemental quedan de lado.

¿Por qué? Porque la polémica, el sexo y el fútbol generan mucho más tráfico que la moderación, la reflexión y e baloncesto. Sólo hay que leer el magnífico artículo de Rafael Méndez y Ángel Villarino ‘En las tripas de la tertulia’ para ver por dónde sopla el viento. O el tufillo que llega desde el vertedero.

Para colmo, el coste de la mentira en España es extraordinariamente bajo y las consecuencias de la mala praxis periodística, casi inexistentes. Mientras en EEUU existen una serie de prácticas habituales que el modelo de ‘fake news’ está poniendo (lamentablemente) en entredicho, en España el periodismo se ha sostenido siempre sobre unos mimbres mucho más humildes, a menudo basados en el pudor y el pundonor de los profesionales, casi siempre sometidos a gran presión por parte de sus superiores para actuar en un sentido o en el otro.

El debate es bueno

Lo mejor de todo esto es que tenemos que aprovechar que el elefante no sólo está en la habitación, sino que está pateando el orden democrático, para intentar volver a dibujar las reglas del juego.

Para ello será fundamental convencer a los ciudadanos de algo bastante sano: Lean, lean todo lo que puedan. Desarrollen pensamiento crítico, conviértanse en jueces competentes de la información que reciben y, a partir de ese momento, discriminen qué es lo que están leyendo. Dejen de leer lo que ha probado no ser más que un puñado de mentiras.

Seguro que muchos ya lo hacen. Leen a un autor y no a otro. Tienen menos en cuenta al medio en sí mismo y más a las firmas que lo componen. Eso es especialmente bueno para la profesión, porque genera marcas personales capaces de atraer audiencias por sí mismas y esa capacidad les dotará de más fuerza en el seno de las redacciones para imponer criterios estrictamente periodísticos sobre otros que no lo son tanto.

Fact-Checkers

En este esfuerzo de buscar la verdad y no el chisme sigan, por ejemplo, cuentas de Twitter como @malditobulo, que está haciendo un esfuerzo importante de comprobación de datos en el periodismo en castellano. Aquí, un vídeo que deberían ver todos los españoles.

También hace un buen trabajo en inglés Politifact, que junto a otros fact-checkers de todo el mundo declararon el 2 de abril el Día internacional de la comprobación de datos. Pero sin irnos tan lejos, podemos seguir la sección La Chistera, de la unidad de datos de El Confidencial, que hace un buen trabajo aunque de forma bastante esporádica.

En el apartado audiovisual son realmente valiosas las aportaciones de las Pruebas de Verificación de Objetivo La Sexta, que contrastan declaraciones de políticos con la situación real de las cosas a las que se refieren.

¿Lo mejor de todo? La mentira tiene las patas más cortas que la tecnología. Ya existen extensiones para Google Chrome como Fake News Monitor que permiten evaluar la calidad de las informaciones, si bien en la información en castellano hay agujeros importantes. Google News permite, además, que los sitios especializados en fact-checking etiqueten su contenido como tal. Aunque, como ya sabemos, Google News no existe en España por culpa de la imposición de la llamada Tasa AEDE por parte del Gobierno.

Facebook, además, ha empezado a identificar noticias falsas apoyándose en diversos sitios estadounidenses, aunque en España aún no ha anunciado nada similar y los motivos por los que se pueden denunciar contenidos siguen estando limitados a los tres clásicos: ‘Es molesto’, ‘es spam’ o ‘no debería estar en Facebook’.

Pero mientras las herramientas tecnológicas se acaben de establecer, lo más importante es desarrollar el criterio propio, generar barreras individuales contra la mentira, huir del extremismo en el debate y convencer a los jóvenes de que, en contra de lo que parece últimamente y de lo que les muestran a diario miles de webs de todo el mundo, el tercer titular del Curso de Ética Periodística de Juanjo de la Iglesia no es el correcto.

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