Gurupollas. Siempre me encantó el palabro, define muy bien lo que expresa y es en sí mismo un estado de ánimo (mensaje a los amigos de la RAE, tenéis que incluirlo en el diccionario de la lengua).

Fue en 2013 en un artículo que publiqué en El Confidencial (que lamentablemente tras una actualización que hicieron ya no está disponible, aunque puedes ver un resumen aquí) cuando mitad en broma, mitad en serio, acuñé el término gurupollas. Hoy no necesita mucha explicación. Es una contracción de gurú y gilipollas, uno de los efectos secundarios que nos han dejado las redes sociales y la web 2.0.

El Gurupollas es una evolución sofisticada del tertuliano profesional de los medios de comunicación. Ese tipo que todo lo sabe y que de todo entiende, que jamás dice “yo de eso no tengo ni idea” y que habla de geoestratégica internacional con la misma soltura que de componentes químicos en la industria aeroespacial. Todo un motorcycle-seller.  Pero mientras antes estaban limitados a 1 hora al día en su programa de radio o televisión y no eran una plaga. Pero ahora circulan por internet sin más oficio ni beneficio que generar ruido, explicándote desde su pulpito virtual lo que debes o no debes hacer, deambulando en busca de un minuto de gloria efímero y sin mucho sentido. La gran mayoría son charlatanes cansinos, pero inofensivos, sin oficio ni beneficio. La gente “seria” generalmente tiene una ocupación que les imposibilita convertirse en este tipo de charlatanes. Hoy los tienes por todos lados, ¡seguro que conoces alguno! Se autodenominan influyentes, evangelizadores, gurús, expertos, y algunos, sin rubor se definen a sí mismos –tócate las narices- como “rockstars” o “ninjas”. Estos últimos son mis favoritos. Si querido amigo, hay tipos que se describen profesionalmente, sin ningún rubor, como “ninjas”; de hecho, hay más de 50.000 en Linkedin

Y lo peor es que los muy cabrones no tienen siquiera un triste amigo, un familiar, o un alma caritativa que les diga que ¡por el amor de Dios!, dejen de hacer el ridículo y quiten esas chorradas de su biografía.

El caso es que el término “gurupollas” parece que cayó en gracia y desde entonces en ocasiones he leído (y escuchado) a varias personas hablar de ello. La palabra tiene hoy varios cientos de entradas en Google, y el dominio gurupollas.com se registró y cambió varias veces de manos hasta caducar. Precisamente lo he registrado yo estos días. No sé muy bien porque, será que soy un sentimental.

Ha llovido bastante y como no puede ser de otra manera, la situación ha empeorado. Sí, ahora son más, y además tienen Instagram. Eso debería estar perseguido, pero aparentemente es incluso legal. Es posible que además usen SnapChat pero gracias a Dios yo ya no tengo edad, y allí no sufro su efecto.

El punto de inflexión de esta historia es que, además de estas nuevas herramientas sociales, muchos de estos falsos profetas se han erigido en oráculos y guías de los emprendedores. No sé si emprender puede considerarse una moda y ese es el motivo, o si las ayudas y dinero dedicados a fomentar el emprendimiento han hecho las veces de azucarado pastel atrayendo grandes cantidades de gurupollas con su tradicional palabrería, en busca de su ración. Hubo una época en la que esto de emprender era un estilo de vida. Ahora es una pose, lo que no le quita un ápice de mérito a quién lo intenta y más aun a quién lo consigue.

El emprendimiento ha dejado de ser una actitud vital para convertirse en un negocio en los que muchos gurús de la nada quieren, como siempre con su verborrea y sin dar un palo al agua, sacar buena tajada.  Decía con gracia el fundador de la CNN Ted Turner “Mi hijo es emprendedor, es lo que dicen ahora los jóvenes cuando no tienen empleo”. Acertaba. Pero hoy al lado del hijo de Ted Turner hay otros 4-5 personajes, autodenominados expertos, ofreciendo opinión, consejo, labores de consultoría, coaching, intentando darle formación, conseguirle financiación o prometiéndole incubar y/o acelerar su proyecto. Algunos buscan reconocimiento. Otros simplemente ganar dinero con el incauto. Algunos aportan valor en el camino. Otros, la mayoría, son ruido del paisaje.

Han nacido así los “gurupollas del emprendimiento”, y átate los machos, son legión. Es lo tremendo del doscerismo, que hasta los gurupollas acaban por especializarse.

Lo que sí es evidente es la transformación de la palabra “emprendedor”. Hace una década el grueso de la población no tenía la menor idea de que era el emprendimiento. No era más que un palabro vacío y el nombre de una revista que aun hoy existe.

Fue en 2009 más o menos cuando empezó a calar un mensaje aterrador. “De esta crisis nos deben sacar los emprendedores”. Fue ese el momento en el que la palabra “emprendedor” entró en el terreno político, y por lo tanto empezó a ser manoseada y utilizada, sin sentido.

Aguantando la chapa sobre emprendimiento de Mariano Rajoy (que no es precisamente un emprendedor), rodeado de amigos como Eneko Knorr y Yago Arbeloa, pero también por decenas de figurantes de Nuevas Generaciones del Partido Popular caracterizados como “buenos chicos emprendedores”

Recuerdo la experiencia surrealista en 2011 de un Mariano Rajoy que se quiso reunir con un grupo de emprendedores en Madrid. Yo, que, aunque no han pasado tantos años era bastante más ingenuo que ahora, acepté la invitación y acudí a ver lo que tenía que proponer el en aquel entonces candidato a la presidencia del Gobierno. Lo que viví fue una situación surrealista, en la que el hoy presidente apareció casi como una estrella de Hollywood, se sentó en medio como si fuéramos sus colegas de toda la vida, y sólo se le pudieron hacer 4-5 preguntas previamente pactadas por 2-3 auténticos figurantes, posiblemente miembros del partido, a los que nadie conocía. El, soltó su rollo en plan “los emprendedores sois el futuro”, respondió las preguntas preparadas para honrarle y salió como si Elvis abandonara el edificio.

Un teatrillo ridículo, y una pérdida de tiempo. Incluso que me llamó la atención la escenografía, preparada hasta el punto de que incluso cuando alguien, molesto por la pantomima se levantaba, había personas jóvenes preparadas y aleccionadas a su alrededor, vestidas informalmente, (es decir, disfrazados del concepto de “emprendedor-tipo”) que se sentaban en su sitio para que no hubiera sillas vacías en las fotos de la prensa. Una pérdida de tiempo, pero podría haber sido ser peor. O no. Al día siguiente varias personas me llamaron y me invitaron a acercarme al kiosco a comprar el periódico. No di crédito. La portada del diario ABC, a página completa, era una foto de Mariano Rajoy “arropado por los emprendedores”, y mi cara aparecía ahí en primera fila junto a él. No sólo me había comido la pantomima y había perdido mi tiempo. Además, mi cara estaba en la portada de un periódico como si fuera un emocionado chiquillo tragándome el sermón del amadísimo líder. Al menos aprendí a no volver a acudir a estas convocatorias, ni dejarme utilizar de una manera tan básica en el futuro.

Era la época en la que Mariano Rajoy hablaba de generar 1 millón de emprendedores más como si se tratara de fabricar 1 millón de churros; dar a un botón de una máquina y ya está. Olvidando que no todo el mundo vale para trabajar por cuenta propia, ni para crear un negocio o un proyecto, y que desde luego no va a haber 1 millón más de emprendedores simplemente dotando de un presupuesto a un organismo que los fomente. Aunque visto con perspectiva, igual tenía razón y ese es el auténtico drama de la moda de ser emprendedor: Hoy hay cinco o diez gurupollas hablando de emprendimiento, por cada tipo capaz de jugarse los cuartos y su carrera al intentar montar una empresa. Si a eso le queremos llamar burbuja, ¡pues sí, la hay!

Hemos creado un sistema en el que hay más gente viviendo del emprendedor que personas emprendiendo. Suena ridículo, pero es real como la vida misma. Se ha montado un circo de 3 pistas en las que conviven varias capas de profesionales. Por supuesto que hay emprendedores, pero por cada uno que detecto hay una docena de personas que viven del cuento: consultoras, aceleradoras, fondos de capital riesgo, incubadoras, organismos públicos, coaches, empresas que prometen conseguirte dinero público o inversores a cambio de un porcentaje del mismo … Y no digo que no sean necesarias, pero sí que la proporción es absurda.

Hoy hay cinco o diez gurupollas hablando de emprendimiento, por cada tipo capaz de jugarse los cuartos y su carrera al intentar montar una empresa

Emprendedores, por cierto, los ha habido siempre. Esto no es tema de internet por mucho que se empeñen en relacionarlo. Antes de llamaban aspirantes a empresarios, empresarios mismamente, autónomos, buscavidas… como tú quieras. Pero siempre han existido. Abrir un comercio en cualquier ciudad de España en los 60 con Franco vivo, y sin saber que pasaría mañana ¡eso sí que era emprender! Que no te cuenten milongas.

Los profesionales de vivir emprendiendo

Hace algunos años colaboré desinteresadamente, con unos chicos que querían lanzar un proyecto. Me pidieron que lo mentorizara. Para ser 100% sincero, como no tenía sentido alguno su modelo de negocio, les sugerí que abortaran el proyecto. Me llamaba la atención que eso no parecía importarle a nadie demasiado por más que yo lo recalcaba que todo era un absurdo imposible, sin éxito alguno. Para mí era evidente que fracasarían y que iba a durar pocos meses la aventura. Me equivocaba. Una conocida aceleradora en Madrid les dio 100.000 Euros y alojamiento por 6 meses. Cuando se iba a terminar el dinero, consiguieron un banco que apoya proyectos emprendedores, y que apoyaba los de aceleradora, y les dio otros 40.000. Insisto que el proyecto no tenía sentido alguno, literalmente ni pies ni cabeza. Todo el dinero que entraba iba a un único fin, mantener sus salarios y desarrollar una App. Antes de que el dinero acabara, llegó dinero público; Enisa les dio un préstamo participativo de otros 50.000 Euros. Un par de chicos con un proyecto absurdo que ha estado 4-5 años viviendo no de su idea, no de su negocio, sino simplemente de lo que les ha ido cayendo porque “hay que ayudar a emprender”. Todo el dinero se ha gastado estos años en sus salarios excepto 5.000-10.000 Euros que se gastaron en pagar a un programador argentino por desarrollar su App. Fueron aprovechando aceleradoras, incubadoras, que les iban alojando de forma gratuita. Ahora 5 años después están en un co-working pagando una cantidad simbólica. Han estado estos años consiguiendo fondos absurdos para poderse pagar sus salarios en un negocio sin sentido que se ha convertido en su modus vivendi. Su negocio no es su proyecto, sino aprovechar las grietas del sistema para poder cobrar su salario y vivir de la moda del emprendimiento. Aún siguen vivos.

En 2016, casi 5 años después de montar su compañía, apenas facturaron 25.000 Euros. Les daba totalmente igual. El proyecto sigue sin tener sentido, pero siempre hay alguien que “quema” un poco de dinero, ya sea por necesidad (de presupuesto de marketing) o por desconocimiento “¡apoyar a emprendedores!”. A su alrededor, comisionistas de la financiación, incubadoras que les alquilan espacio a bajo coste, consultoras, charlatanes, especialistas en SEO y en redes sociales. Todos con su parte del pastel. Todos en el ajo. Son los profesionales, los vividores del emprendimiento. Cuando el dinero se acabe, y no haya más incautos, no pasa nada. Con el mantra de que “en España no se perdona el fracaso”, y el derecho al olvido empresarial atado a la cabeza, montarán otra startup, y lograrán vivir de ella otro puñado de años.

Corriendo el riesgo de ser cansino, me reafirmo: hay más gente viviendo del emprendimiento que emprendiendo. Pero, además, están rodeados de gurupollas que ya no son sólo charlatanes como los de antes, ahora además se llevan su parte del pastel.

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