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Tamara Merino/Bloomberg

Va siendo habitual que el Papa se reúna con víctimas de abusos sexuales cometidos por sacerdotes católicos. Tendrá lugar una de estas reuniones en Dublín este fin de semana. ¡Durante el “Encuentro Mundial de las Familias”! Será algo cada vez más insostenible.

Francisco acaba de solicitar en una encomiable carta a todos los católicos un cambio de cultura para evitar tanto los abusos como el pertinaz encubrimiento de estos crímenes odiosos por parte de las jerarquías católicas, lo que incluye al Vaticano.

Sin embargo, como ha señalado el Arzobispo de Dublín, Diarmuid Martin, no basta con pedir perdón, hay que actuar contundentemente para solucionar este problema. Francisco, Vicario de Cristo y jefe de la potente organización católica, debe tomar medidas drásticas como, entre otras, “suspender de militancia” a los culpables y encubridores, o, aún mejor, expulsarles de su organización eclesiástica.

No bastará porque parte de la cuestión es la falta creciente de sintonía de la Iglesia con las sociedades democráticas y desarrolladas occidentales. Donde imperan otras coordenadas es fácil que prevalezca el corporativismo eclesial tapando los escándalos por inimaginables.

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Sin embargo, ocurren y con lo que ha salido a la luz pública se puede percibir que solo vemos una punta del iceberg. En Pensilvania fueron abusados 1.000 niños por 300 curas debidamente protegidos. ¿Cómo no pensar que lo mismo puede haber ocurrido en los otros 49 Estados de los EEUU? Si hacen cálculos, como si fuese un problema colegial de matemáticas, podrán llegar a especular con cifras tristemente prodigiosas.

Con más motivo si se recuerda que en otros sitios del planeta se ha reproducido este esquema lamentable de abuso físico y de la confianza con sus encubrimientos. Hace pocos años se descubrió que un obispo belga había abusadode su sobrino. ¡El hijo de su hermano! Ha habido abusos en muchas otras partes. ¿Cómo no preguntarse si ocurren en otros sitios donde aún no han sido denunciados?

La escritora canadiense Nancy Huston hizo pública hace días una carta a Francisco pidiendo, como solución, que permita que los sacerdotes se casen, como los pastores protestantes, como los popes ortodoxos. No es la solución (hay que atajar la perversión) pero sería parte de esta, porque el celibato les aleja globalmente de la sociedad que reposa sobre la familia.

Tampoco es comprensible que la Iglesia no haya incorporado aún a la mujer en un plano de igualdad con los hombres en su organización. Si Jesús solo tuvo apóstoles fue por las condiciones sociales de la época en Judea y Galilea. En la de ahora son otras. Debiera el Papa de abrir las puertas del sacerdocio a las mujeres. Los anglicanos y otros protestantes lo han hecho. ¿Por qué no podría sentarse algún día en el trono papal una María Magdalena?

En lugar de escandalizarse muchos católicos subrayan ahora defensivamente los aspectos que ellos consideran positivos de su Iglesia. Reaccionan como los militantes y simpatizantes de partidos que no quieren ver la corrupción en sus filas.

Es difícil no compadecer a este Papa, un hombre valiente que llora por estas vergüenzas y debilidades enlaIglesia. Sin embargo, en este, como en otros temas, debe dar un puñetazo en la mesa y poner firmes a sus pastores porque el rebaño no está seguro con ellos ni tampoco lo está el resto de la sociedad, aunque no sea católica. No vaya a ser que el papado de Francisco, elegido hacecinco años, sólo acabe siendo recordado por pedir incesantemente perdón por estos lamentables abusos.

Carlos Miranda es Embajador de España