Ismael Clemente
Ismael Clemente, CEO de Merlin Properties

Cuidar de seis hijos y, al mismo tiempo, ser el directivo de moda en el sector inmobiliario en la primera socimi cotizada de España –en el que confían los primeros bancos del país– no es moco de pavo. Sobre todo si el protagonista de nuestra historia no ha cumplido todavía los cincuenta y es oriundo de un pequeño pueblo extremeño que no alcanza los 800 habitantes. Se trata de Ismael Clemente, CEO de Merlin Properties, hijo de dos maestros de EGB que le enseñaron la importancia de la formación, un factor al que él sumó el don de gentes para convertirse en el primer ejecutivo de la compañía más importante del ladrillo nacional.

Este hombre de sonrisa fácil que sabe desbloquear acuerdos recurriendo al sentido del humor es uno de los directivos de la nueva hornada de ejecutivos inmobiliarios que han pasado página respecto a su anterior generación y que han cambiado los reservados de los restaurantes por las escuelas de negocio y los despachos. 

En el colegio soñaba con ser piloto de F-16 mientras estudiaba en el mismo aula que otros chicos de diferente edad, porque el colegio de Valencia de Mombuey (Badajoz) no tenía suficientes alumnos como para permitirse el lujo de tener diferentes cursos. En el internado posterior en los jesuitas para hacer el BUP fue donde Clemente se hizo un hombre y fue allí donde conoció a su compañero inseparable de fatigas, Miguel Ollero, que hoy en su mano derecha en Merlin Properties.

Sus padres le inculcaron el valor del respeto –que hoy se ha perdido con tanto igualitarismo mal entendido– sobre todo a las personas mayores y a los que por su profesión deberían ser tratados con un mínimo de deferencia. Cuando el joven Ismael corría por tierras extremeñas sus padres impartían clase en un mundo muy distinto al actual, en el que los profesores eran respetados y a los que se llamaba de usted. Como dijo el propio Clemente cuando fue premiado como el directivo del año en 2017 por la AJD, “hay que tratar a todos con respeto, incluso a los enemigos”. Y eso es algo que lleva por bandera. Nadie habla mal del CEO de Merlin Properties, ni siquiera sus más acérrimos competidores en el sector inmobiliario.

Como otros de los grandes ejecutivos que han llegado a lo más alto del panorama empresarial ibérico, Clemente inició su andadura profesional en la hoy desaparecida Arthur Andersen, firma de servicios profesionales que se llevó por delante el escándalo Enron en Estados Unidos y que fue absorbida por la actual Deloitte. Allí llegó tras ser becado por ICADE y sacar sin problemas, pero con mucho trabajo, la carrera doble de Administración y Dirección de Empresas y Derecho. Y cuando dejó de ser un Arturito –que es como se les conoce a los que han pasado por la consultora– llegó a Garrigues, bufete en el que conoció a la que pronto sería su mujer. María Fernández–Picazo.

Como el propio Clemente ha explicado en más de una ocasión lo más importante para gestionar una casa con seis hijos es tolerar un cierto nivel de caos, no hacer muchos planes a largo plazo y, en su caso, acordar con su esposa que sea ella la que lleve el peso de la organización familiar. La clave es dejar a un lado el ego y procurar que sean los hijos el centro de las preocupaciones, disfrutando del poco tiempo libre que permita el trabajo. El mejor momento para ello es por la mañana, cuando el CEO de Merlin Properties desayuna en familia y luego lleva a los niños al colegio. Por la noche no les ve, porque sus jornadas laborales terminan casi a medianoche. 

Volviendo a su carrera, Clemente salió de Garrigues porque la política de empresa no permitía las relaciones entre empleados y fue entonces cuando desembarcó en el intrépido mundo de la banca de inversión. Comenzó a trabajar en el germen de lo que posteriormente sería Deutsche Bank España, donde estuvo a las ordenes de Antonio Rodríguez–Pina, primer ejecutivo del banco alemán en nuestro país y que tiene una muy alta concepción del directivo extremeño. 

Cuando se vio obligado a poner en marcha un draconiano plan de ajuste de plantilla en la entidad financiera Clemente decidió hacer las maletas por no estar de acuerdo con la orden directa. Con él se marchó su equipo poniendo de manifiesto que existen los jefes con los que apetece trabajar, aunque sea en un proyecto pleno de incertidumbre.

La salida de Deutsche Bank marca el inicio de la leyenda de la primera socimi de España. Corría el año 2012, con la economía española lamiéndose las heridas tras varios años de crisis económica y Clemente decidió no seguir el camino de cuatro millones de españoles que estaban apuntados al paro. 

“Me daba vergüenza acudir al INEM”, confesó en una entrevista al diario El País, porque disponía de algunos ahorros con los que iniciar una aventura empresarial para ganarse el par sin vivir del Estado. Así nace Magic Real Estate una empresa de inversión fundada por Clemente y Ollero que pondría en 2014 a Merlin Properties en Bolsa. Desde entonces son considerados el “equipo mágico” que, en lugar de salvar doncellas en el reino de Camelot, han rescatado al sector inmobiliario español del ostracismo.

Clemente es un hombre sencillo que suele comentar a sus amigos que cuando se retire se marchará al bar de Rafa, en su pueblo, a paladear una Cruzcampo fresquita tras un largo paseo por el campo. Le encanta salir de su rutina los fines de semana y escaparse con su familia para disfrutar de la naturaleza. Le encanta navegar –tanto en un velero como con una sencilla tabla de surf– una pasión que le llevó a emular a Cristóbal Colón cruzando el Oceano Atlántico con un grupo de amigos, saliendo de Canarias y arribando a las costas caribeñas de la isla de Santa Lucía.

En cuanto a las actividades de sofá, al directivo le gusta leer y ver los partidos del Fútbol Club Barcelona. Su espíritu culé se forjó cuando escuchaba de pequeño las historias de los emigrantes extremeños que se habían marchado a la Ciudad Condal en busca de fortuna.

Conocedor como pocos de los obstáculos que deben superar los empresarios en España es de los que lamentan que la sociedad haya abandonado la responsabilidad individual para ponerlo todo en manos de un Estado paternalista, que convierte a las compañías en animales burocráticos con cuotas para todo. Quizás por eso da tanta libertad a sus empleados a cambio de que sean responsables en sus tareas y cumplan los objetivos marcados.