Mariano Rajoy y Carles Puigdemont, en Moncloa.

Este jueves se cumplen 40 días del ya histórico 1-0. Son cerca de seis semanas en la que si algo ha quedado claro en Cataluña es que se ha roto la ley y el orden. Las imágenes de los Mossos mirando a otro lugar en la votación o durante las diversas huelgas. Incluso miradas casi cómplices con los piquetes ilegales. Una región sin Gobierno, y lo poco que queda de él sigue más ocupado en sus intereses, que en restaurar el orden. No importa lo que ocurra para bien o para mal, Cataluña ya iniciado una fase de autodestrucción.

Acaso, ¿Alguien duda de la importancia de las instituciones políticas en el devenir de la propia sociedad? ¿Alguien cree que la riqueza de una determinada región continúa en el tiempo al margen de los factores que la rodean? ¿Qué la riqueza es innata en sí misma? ¿Alguien duda de qué una región rica puede acabar arruinada? Acaso, alguien en Cataluña se ha parado a pensar en ello.

Douglas C. North, padre y pionero en esta teoría política-económica, definía a las instituciones políticas como las reglas de juego de una sociedad

Las instituciones políticas son un elemento clave en el desarrollo económico y de  bienestar de una sociedad. No solo existe una abundante literatura sobre el tema que así lo corrobora, sino que la propia historia de cada civilización, de cada sociedad y pueblo así lo certifica. Douglas C. North, padre y pionero en esta teoría política-económica y Premio Nobel, definía a las instituciones políticas como las reglas de juego de una sociedad. Sin reglas, no hay juego.

Más tarde, y con un trabajo detrás de más de 15 concienzudos años de rigurosos estudios, Daron Acemoglu y James Robinson, dos profesores de las más prestigiosas universidades del mundo Harvard y el MIT, acertaban todavía más el tiro del Nobel North. A lo largo de su obra, Acemoglu y Robinson certificaron dos tipos de instituciones que permitían a las sociedades a crecer: extractivas e inclusivas. Las primeras velaban solo por sus intereses y eran muy perjudiciales para la propia sociedad. La segunda, ofrecía el verdadero escenario para que una nación pudiese florecer económicamente.

Entre los grandes problemas que aparecen en Cataluña a día de hoy, es que sus instituciones ya no garantizan ni la ley ni el orden

Las instituciones deben garantizar derechos tan necesarios como: los de propiedad, el funcionamiento de los mercados, la libertad de establecer nuevas empresas, los de expresión pero en especial la ley y el orden. Entre los grandes problemas que aparecen en Cataluña a día de hoy, es que sus instituciones ya no garantizan ni la ley ni el orden. Se han convertido en extractivas: no piensan más allá de sus intereses aunque ellos supongan un grave problema para la sociedad.

El presidente de la Asociación de Empresas de Gran Consumo (Aecoc), Javier Campo, disparaba acertadamente contra la razón de la fuga de las empresas catalanas: “es la inseguridad jurídica”. Sin ley y sin orden el comercio se resiente. Sin comercio la economía se contrae y el empleo se resiente. El ciclo se repite hacía abajo en forma de espiral destructora. Con ello, hasta la sociedad más rica sucumbe al caos y a la pobreza.

‘La pela es la pela’: y la economía frenó al independentismo

La salida de Sabadell ha abierto la puerta a otras grandes empresas para abandonar Cataluña, y eso ha frenado las ansias por la independencia

 

El trabajo de Acemoglu y Robinson lo explicaba a la perfección. No importa que se hable de monarcas absolutistas, de dictadores o de políticos elegidos democráticamente. Cuando no existe respeto a la ley, cuando no hay orden cualquier sociedad está abocada a la ruina.

Aún es pronto para estimar los daños, pero la espiral ha empezado a moverse: 2.300 empresas ya se han marchado. Salen cada día cerca de 100. Los hoteles de Barcelona tienen un 7% menos de ocupación. Por las Ramblas de Barcelona pasean un 7% menos de turistas. En el Puente del Pilar -12 de octubre- Cataluña fue la tercera, sí ¡la tercera!, Comunidad Autónoma que menos ocupación hotelera tenía. Las distintas organizaciones económicas ponen sobre aviso a cualquiera que quiera invertir en la región. El coste de todo lo que está ocurriendo asciende a 14.000 millones de euros y creciendo. Incluso la economía española encogerá su crecimiento desde el 0,3 hasta quizás el punto porcentual. El problema es que perder crecimiento, es perder creación de empleo –en España casi todo el crecimiento de PIB va a empleo y muy poco a productividad-.

Quizás de aquí a unos pocos años, en la reedición del magnífico libro escrito por Acemoglu y Robinson aparezca el caso de Cataluña, como el de la España en la que no se ponía el sol, la Venecia floreciente o la Inglaterra que dominó el mundo para luego caer. La región más rica del país que sucumbió al poder nacional-populista y la dejó rezagada del resto. Las instituciones exclusivas provocadas por el independentismo han comenzado a mover los engranajes de la espiral destructora, las elecciones del 21 de diciembre pueden hacer de acelerador. Es cierto que el proceso lleva tiempo, y aún se puede revertir. Pero no es menos cierto, que una vez coge masa y velocidad la espiral es cada vez más difícil detenerlo.

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