Duro Felguera

El tiempo se agota, una vez más, para Duro Felguera. La firma gijonesa previsiblemente certificará en las próximas semanas su quiebra técnica, una vez presente resultados, al tener su patrimonio neto (que apenas era de 6 millones en septiembre) por debajo de cero. Una situación que le llevará inexorablemente al concurso de acreedores dada la reticencia de los acreedores, en especial de Banco Santander y seguido de Caixabank y Banco Sabadell. Una situación que no siempre fue así, de hecho, hubo un tiempo en el que las entidades prestaban alegremente a la firma que en lugar de utilizarlo para crecer lo empaquetaba y distribuía en forma de jugosos dividendos.

España, junto a sus empresas, implosionó en 2012. Un año después, las cosas tampoco parecieron mejorar. Aunque no para todas, había una pequeña firma gijonesa que sacaba tanto pecho por sus resultados en dichos periodos que podría haber parado una bala de cañón. Su nombre era Duro Felguera y el de su orgulloso presidente Ángel Antonio del Valle. Pocos se imaginaban en ese momento que años más tarde, en concreto ocho, la compañía estaría a las puertas de su segunda quiebra y que la banca (que tal dócilmente soltaba dinero para pagar dividendos) fuera el verdugo.

En aquellos dos años, mientras España se hundía más y más, había pocos hombres más gozosos que del Valle. Duro Felguera había sumado en dicho periodo unos beneficios acumulados de más de 200 millones de euros. Una cantidad suficiente para ordenar el desembolso de cientos de millones, literalmente, en forma de dividendos. Además, había que sacar pecho: “A pesar de que algunas compañías con gran peso en el mercado decidieron suspender en 2013 el pago de dividendos hasta no mejorar sus negocios y su posición financiera, DF ha continuado con su atractiva política de retribución al accionista”, señalaba en su memoria anual. Toda una declaración de intenciones.

Pese a los buenos datos en forma de beneficios la compañía presentaba un pequeño problema: sus flujos de caja libre, con el que realmente se abonan los dividendos, eran negativos. En concreto, entre 2013 y 2014 suma un flujo de efectivo de explotación en negativo de 34 millones y en el de inversión de tres millones en positivo. Así, Duro Felguera presenta un año después (cuando abona la retribución del accionista con cargo a 2013) una necesidad de capital cercano a los 150 millones, divididos entre 30 millones para su operativa y de 118,4 millones en pago de dividendos. Cómo la contabilidad es tozuda, sin efectivo libre es la deuda (y no los beneficios) la que paga la fiesta. En conclusión, su pasivo financiero pasa en dicho periodo de los 108 millones a 230 millones.

DEL VALLE SIGUE CON LA FIESTA Y DURO FELGUERA TOCA FONDO

El aumento de deuda y la constante desaceleración del negocio no amilanó a Del Valle que, todavía gozoso, volvió a sacar pecho de la política de dividendos de la firma. Así, en la Memoria de 2014 rubrica la siguiente afirmación: “Con el fin de mantener el compromiso de dar prioridad a la creación de valor, en 2014 DF fue la primera compañía en términos de rentabilidad por dividendo del Ibex Medium Cap”. Pero no acaba ahí, Duro Felguera repetía, como un año antes, como la segunda compañía de toda España que más rentabilidad por dividendo ofrecía solo por detrás de Banco Santander. A la vista de dichos datos, como para no sentirse orgulloso.

Esa sería la última vez que el presidente se pavonearía por su política (que ha resultado suicida). En 2015, las cuentas de la firma se vinieron finalmente abajo de manera drástica. El resultado del ejercicio fue una pérdida de 80 millones, pero la cosa estaba peor. Mucho peor. El flujo de efectivo de explotación se hundió hasta los 151 millones en negativo y unido al pago de dividendo ordenado un año antes, de 38,4 millones, llevó a la compañía a rogar a la banca por otros 125 millones de euros. Aunque, curiosamente, no fue suficiente para del Valle, ya que todavía ordenaría un último pago de dividendos, con beneficios negativos, de 16 millones de euros.

En el 2016, el presidente ejecutó un solo de violín, mientras el barco se hundía. En primer lugar, ordenó continuar con el pago de dividendo. En segundo lugar, se negó a tomar otras medidas más drásticas para recortar, ya que contaba con el beneplácito de la banca. El resultado no podía ser peor, de nuevo las necesidades de capital ascendieron a los 125 millones hasta el punto de que la deuda se hizo insostenible. Así, el resultado final antes de la salida de del Valle, que fue condición sine qua non para la reestructuración de 2017, es que la deuda financiera se multiplicó un 242%, de los 108 millones a los 370,6 millones, y la banca pasó de poseer algo más del 70% a prácticamente el 100%.

LA BANCA DE AMIGO A ENEMIGO

Los bancos fueron los grandes aliados de del Valle en el hundimiento de la compañía. Pero, ¿qué les llevó a actuar así? Una mezcla de avaricia, en primer lugar, seguida por el miedo al regulador y las exigencias en forma de provisiones. Más allá del cobró de dividendos que recibió la banca y sus gestoras, en un primer momento las entidades vieron un buen negocio en el cobro de intereses, que eran ya de por sí muy altos, a la empresa. Hasta el punto, de que las últimas extensiones de los créditos, a tipos nuevos, se llegaron a exigir pagos superiores al 12% pese a que los tipos ya estaban en el 0%.

Por último, y más importante (probablemente) en el juego banca del Valle, fue cómo se provisionaba el capital prestado. El punto de inflexión es el 1 de enero de 2018. Hasta ese momento, a los bancos solo se les obligaba aprovisionar, beneficios que se mantienen cómo colchón, una pequeña cantidad del dinero otorgado y solo en el caso de que dicha firma entrase en default se incrementa dicha partida. En pocas palabras, los bancos seguían prestando porque se ahorraban dinero en forma de provisiones.

Pero, en dicha fecha se cambia la regulación y las provisiones ya no obedecen a un default, sino se aportan cuando el sector empieza a dar síntomas de problemas, lo que le arrebató la baza a Duro Felguera y llevó a la intervención bancaria de 2017. De cara a poner todo en orden al comienzo de 2018. Esta nueva fórmula, implementada para no zombificar la economía, es la que ha llevado a que las entidades acreedoras ahora no quieran seguir dando avales, puesto que supondría incrementar los beneficios retenidos en un momento muy delicado en su negocio. En definitiva, la banca ha apagado la luz en cuanto les ha tocado pagar la factura.

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